Crítica
Vuelve un Morrissey desorientado y solo ocasionalmente inspirado con su nuevo disco, 'Make-up is a lie'
La carrera de Morrissey se ha convertido en una concatenación de declaraciones indecentes, noticias frustrantes, obstáculos evitables y autosabotajes en toda regla. Por todo ello, admiradores y detractores del cantante inglés esperaban ansiosos su primer disco tras seis años en los que ha habido cambios de título, cancelación de conciertos y quejas hacia un sector discográfico que, al parecer, no valora su talento. Pues bien, Make-up is a lie, ese disco que tanto costaba publicar porque no había sello que quisiera lanzarlo, salió a la venta el viernes. Y, cómo mínimo tres de sus canciones están sonando ya en la gira europea que llegará el jueves 12 a València, el sábado 14 a Zaragoza y el lunes 16 a Sevilla.
Morrissey ha hecho del victimismo un arte y de la grandilocuencia, un oficio. Y viceversa. Make-up is a lie es grandilocuente y victimista, pero su contenido no justifica tanto victimismo ni tanta espera. Si tantas discográficas se han resistido a publicarlo, por algo sería. En él, Morrissey suena a veces fatigado, a menudo desorientado, incluso conspiranoico. También abatido, ocasionalmente inspirado y muy puntualmente pletórico. Es el disco de un artista a las puertas del ocaso, pero que se resiste a aceptarlo; como debe ser. Una vez más, Morrissey puede tener los versos y la voz, pero le faltan los compañeros de viaje adecuados para vestir las canciones. Esta ha sido una constante en las últimas dos décadas. Este disco no marca un punto y aparte, sino otro punto y seguido de un párrafo que se está haciendo demasiado largo. Y no, la portada no ayuda.
“Quiero distanciarme de quienes pasan el día mirando pantallas / Quiero hablar y no dejarme atrapar por la censura / En pos de una sabiduría más sabia que la mía / Quiero dejar que alguien me ame, si puede”. Parecen declaraciones para la prensa, pero es la primera estrofa de You’re right, it’s time. En cuatro versos apunta a la sociedad, a sus enemigos, a sí mismo y a sus fans. Quien canta es un tipo que ya no refleja nada en el espejo. “Díganme, amables doctores, ¿por qué debo morir ahora?”, pregunta. “Tiene razón, es la hora”, responde él mismo. Pero lo hace con un registro tan engolado y grave que parece Richard Butler de los Psychedelic Furs. ¿Dónde está Morrissey? ¿Habrá muerto ya?
Los últimos cartuchos
Make-up is a lie es la primera de las cuatro canciones con referencias a París. Apareció en enero como primer single y los licenciados en Morrisología llevan semanas discutiendo si este canto a la pérdida de la belleza que conlleva el envejecimiento está inspirado en Colette o Brigitte Bardot. En cualquier caso, la canción perfila uno de los ejes del disco: la inminencia del olvido. Y no, no es el tipo de canción que te empujará a negar la evidencia. Morrissey ha entrado en su etapa crepuscular. La inicial You’re right, it’s time y la final The monsters of Pig Alley delimitan el disco de alguien que parece saber que está disparando sus últimos cartuchos. Que este fuese el primer single dice poco del resto del disco. El antaño insuperable vocalista canta aquí justito de fuerzas e intención.
Notre-Dame es La Canción Controvertida Del Disco, la del verso que decía “antes de investigar dijeron: no es terrorismo” y ahora dice “antes de investigar dijeron: no hay nada que ver aquí”. Está manchada, pues, por un ejercicio de censura o autocensura que refuerza el consabido victimismo del artista y que ni siquiera suaviza la intención: sugerir que el incendio de la catedral parisina fue un atentado terrorista. Su clima levemente electrónico y gélido, resultaría propicio para amenizar la banda sonora de una película de la saga James Bond que ya nunca le encargarán. No pasaría a la historia de la música del siglo XXI aunque, con el tiempo, se llegase a demostrar que Mozztradamus tenía razón.
Morrissey ha hecho del victimismo un arte y de la grandilocuencia, un oficio. ‘Make-up is a lie’ es grandilocuente y victimista, pero su contenido no justifica tanto victimismo ni tanta espera
Del mismo modo que resulta dificilísimo versionar a The Smiths o Morrissey y salir airoso, también es complicado para él adoptar una pieza ajena y darle un toque muy propio. La prueba palmaria es Amazona, original de Roxy Music. Ocurren demasiadas cosas en esta composición: patrones rítmicos impares, regates vocales, bloques instrumentales que rompen el clima precedente… Este traje le sienta fatal y como intérprete va siempre a rebufo del guion, pedaleando por un sendero lleno de baches. Por momentos, parece que Morrissey esté huyendo de su sombra, cuando, para bien o para mal, esa sombra es su mayor tesoro. Destacarla como tercer single es la decisión más discutible de este disco.
No me gustas, no me gustas
Con Headache llega la calma. Morrissey susurra este medio tiempo fatigado como si no quisiera despertar al oyente. Tiene un ambiente de madrugada febril y un escalofrío de guitarra eléctrica final que la conecta con Last night I dreamt that somebody loved me, de The Smiths, pero no la roza ni de lejos. Versos como “lo que Dios ha unido que no lo separe un dolor de cabeza” o “en la salud y en la jaqueca” resultan inequívocos: está describiendo un matrimonio como un suplicio. Parece que en algún momento la canción despegará, pero al tercer minuto hay que asumir que eso no sucederá. De hecho, el último minuto lo pasa repitiendo un único verso: ‘No me gustas, no me gustas, no me gustas’.
El disco alcanza al ecuador bajísimo de pulsaciones con Boulevard. La canción tarda medio minuto en manifestarse; un suicidio artístico en esta era de hits de dos minutos. Es la pieza más larga y en buena parte del trayecto el único apoyo de Morrissey es un piano. Pinta mal, pero es una de las interpretaciones más solventes. Es una apesadumbrada oda a ese bulevar que solo recibe “cagadas de pájaros y escupitajos de escolares”. Siendo un disco tan parisino, es fácil pensar en los paseos que bordean el río Sena. Quien canta es un borracho relamiéndose en su infortunio. Romántica y desesperada, es de las poquísimas canciones del disco a las que quizás apetezca volver dentro de tres o seis años.
Zoom zoom little boy es juguetona y poco más. Arranca con un sonido de sitar y desemboca en un simpático estribillo que enumera todos los animalitos que quiere salvar de las garras del mundo adulto el niño protagonista: ranas, vacas, ovejas, zorros… Echar la vista atrás en busca de la inocencia y el impulso de la infancia o la adolescencia ha sido una renovadora fuente de inspiración para Morrissey. Lo fue, por ejemplo, en Rebels without applause, un fabuloso espejismo con guitarras muy Johnny Marr publicado hace tres años que invitaba a soñar en un renacimiento creativo. No es el caso. Esta es otra canción menor.
El día que murió el pop
Que nadie se avergüence si al escuchar los primeros compases de The night pop dropped en la plataforma de streaming de rigor sospecha que está sonando el enésimo anuncio invitándole a formalizar una suscripción de pago. Es el signo de los tiempos. Canciones y anuncios cada vez se diferencian menos y su funcional ritmo funk no cobrará entidad hasta que entre la voz de Morrissey. La letra, menuda paradoja, habla, desde el futuro, del día en que murió el pop. Por falta de imaginación y personalidad, cabe suponer que opina él. “Muy triste para mí, para nosotros, muy triste para el universo”, subraya. Qué duda cabe: la distancia entre la habilidad humana y las herramientas tecnológicas para crear canciones se está estrechando. La tecnología avanza, sí, pero el ingenio también se agota. A las pruebas cabe remitirse. El recado final está robado de la primera edición de Operación Triunfo: “Lo mejor que puedes hacer es ser tú mismo”.
No hay que dejarse engañar por el tibio inicio de Kerching, kerching. A partir del primer minuto, y solo dura tres, el estribillo vertebrado por la palabra titular, una suerte de onomatopeya referida al sonido de la caja registradora, sube muchos enteros. Está dirigida a un hombre consagrado a un único amor: el dinero. “Tu papá y tu mamá murieron y ni siquiera los tomaste de la mano”, le suelta en la segunda estrofa, antes de hacerle ver que para su amante nunca será suficientemente rico, suficientemente rápido, suficientemente hombre, ni suficientemente gracioso porque no consume suficiente cocaína. La estocada final es demoledora: “Y, por cierto, tu querido hermano ha muerto”. Se hace el silencio y quieres gritar: “¡Qué cabrón eres, Morrissey!”. Dicho como un cumplido, sí. Y eso es mucho tratándose de él. Llevamos décadas pensando “qué cabrón eres, Morrissey!” cada vez que abre la boca. Pero pensándolo con indignación.
Igual que sobre el incendio de Notre-Dame, Morrissey necesitaba decirnos también algo sobre el legendario crítico de rock Lester Bangs. ¿Y? Hay una gran distancia entre una idea interesante para una letra y una canción. Y aún más, entre una canción y una canción relevante. Lester Bangs es una idea para una letra que no acaba de cristalizar en canción relevante. Ni siquiera con ese sutil riff a lo Nile Rodgers que se cuela por debajo. Muy mala noticia que composiciones como esta pasaran el corte. Proyectan un futuro poco esperanzador.
Hace muchos icebergs
Como título, Many icebergs ago es memorable. Sugiere grandilocuencia y desencanto, dos de las coordenadas en las que mejor se mueve Morrissey; casi podría decirse que son su latitud y longitud. La composición, con un aire de folk británico crepuscular (mandolina incluida), destaca especialmente por la letra. Es un recorrido vital a partir de diferentes escenas en lo que parecen ser distintos pubs o tabernas: Ten Bells, Dundee Arms, Green Man, Sebright Arms, Blind Beggar, White Hart… Parca en palabras, pero altamente evocadora, su estructura circular llega a resultar hipnótica. Hasta que llega el final: la muerte.
The monsters of Pig Alley cierra el disco cuesta arriba retomando su tema favorito: el final inevitable y el balance de daños. No es You know I couldn’t last, pero esa bonita rueda de acordes de la guitarra acústica le permite moverse en zona segura, dibujando con soltura las líneas de voz, entonándolas y vocalizándolas con absoluta maestría. Alain Whyte le ha confeccionado un traje a medida. Y Morrissey no falla. Los nubarrones escampan, el pop renace y puedes caer en la tentación de creer que sí, que tal vez el próximo sea su gran disco.
Make-up is a lie no es el insuperable Vauxhall and I, pero nadie espera ya otro disco así. Tampoco es el sorprendente You are the quarry y también era difícil imaginar otro regreso de ese calibre. Pero después de tanto ir y venir, ni siquiera eleva el listón de su último álbum, el muy apañado I am not a dog on a chain. Seis años para esto. En otra época, cualquier reseña iría acompañada de recomendaciones sobre si ir corriendo a la tienda de discos a por él o no. En este caso, habría que escribir: sal a la calle, pero si, camino de la tienda, encuentras algo mejor en lo que usar tu dinero, no te sientas culpable. Gástalo, por ejemplo, en una entrada para el Madrid Popfest. Y alguien te grabará el CD.