Coque Malla canta la ópera que Alemania estrenó poco antes del nazismo: “Habla de lo que nos pasa hoy y del capitalismo más salvaje”
Coque Malla afirma que este proyecto le llegó en el momento justo. Muchos años con una rutina que dice le encanta, pero que quería romper. El joven que con 17 años sacó el primer disco de Los Ronaldos, hoy, con 56 bien peinados, protagoniza su primera obra de teatro.
Lo hace con una obra emblemática, La ópera de los tres centavos. Estrenada en 1928, cinco años antes de la subida de Adolf Hitler al poder, es una de las cotas más altas del musical, pero también una crítica feroz y marxista al capitalismo y a la Alemania de entreguerras.
Mackie Navaja, menudo personajazo…
Sí que lo es, es uno de esos villanos que está lleno de carisma, que es macarra, pero también tiene infinitas capas. Creo que si le dices a Al Pacino, Brando y Robert de Niro que elijan cinco personajes de toda la historia del teatro que quisieran interpretar, uno de ellos seguro que sería Mack the Knife.
Primera vez que protagoniza una obra de teatro, ¿qué ha sido lo más difícil?
Paradójicamente, la música. Los temas de Weill en la obra se las traen, no son nada fáciles y no estaba acostumbrado a esos registros, he tenido que trabajarlos mucho.
¿Podría explicar por qué?
Hay cambios armónicos. Las canciones en el rock normalmente son tonales, es decir, están escritas, compuestas y tocadas en un tono. En cambio, en la obra, en muchísimas de las canciones, a mitad, el tono cambia. No en Mack the Knife que justo es muy sencilla armónicamente, pero en muchas otras sí y además con melodías muy complejas. Eso sí, cuando haces clic y la interiorizas y entiendes, va perfecto.
Además, los temas hay que interpretarlos actoralmente, ¿esa faceta no ha sido tan difícil?
No tanto. Estás dentro del personaje, estás en el clima: en esa cuadra maloliente, en ese prostíbulo donde Mack tiene su vida, en la cárcel… Y no te lo planteas, cantas desde el personaje, sale de una manera natural. Pero hay una dificultad y es que todas las imperfecciones, todas las roturas de voz, las afonías y las pequeñas desafinaciones que el rock y el pop no solo permiten, sino que agradecen, aquí no funcionan tanto, hay que mantener las notas con un cierto rigor lírico.
¿Impone el registro operístico que tiene la obra?
No lo he afrontado desde ahí. Escuchando otros montajes, sobre todo los que se dieron en los años 50 en Broadway, en esa época dorada, pude ver que a Mackie Navaja siempre lo abordaban más desde el musical, desde el vodevil, sin técnica operística. Eso me permitió relajarme. Yo conecto más con ese mundo, es lo que mamé, de pequeño era acérrimo de Gene Kelly, de Fred Astaire, del Sinatra en Hollywood, de Bing Crosby… A mi hermano Miguel [director musical del montaje] le gustan más las versiones alemanas, en eso es más talibán que yo.
El equipo es de primera. Dirige Mario Vega, las luces están a cargo de Juan Gómez-Cornejo y la banda, con ocho músicos, la dirige su hermano Miguel Malla, un músico de larga trayectoria con proyectos tan potentes como Racalmuto. Y en escena lo acompañan actores como Paula Iwasaki, Andrea Guasch, Miquel Mars, Diego Molero o Camen Barrantes… ¿Qué es lo que más le gusta del montaje?
Todo el equipo es magnífico… De elegir diría que me flipa la banda. La banda que ha montado Miguel es increíble. Cuando Mario Vega me propuso el proyecto, uno de los puntos a favor fue cuando me dijo que quería que Miguel dirigiera la música. Miguel es muy buen músico, pero además es un ferviente admirador de esta ópera, la ha estudiado de arriba abajo. Y ha formado una banda que pertenece al lenguaje de la música de Weill, el jazz. Por ejemplo, Gaby (Gabriel Maruján), que es mi batería y lo conozco muy bien, es de esos baterías que parece que son malos y son los mejores, tipo Charlie Watts [Rolling Stones], músicos que vienen del jazz y no son de pegada, sino que le sacan las tripas al instrumento. Eso, mezclado con la potencia de los vientos, hace que la banda suene a lo que tiene que sonar… Creo que es lo que más me gusta del montaje.
Sus padres, Gerardo Malla y Amparo Valle, fueron dos grandes actores de teatro. Pero, aparte de El hombrecito, que dirigió su padre en 2002, esta es su primera incursión en teatro. Es un actor experimentado en cine, pero en teatro, sin embargo… Extraño teniéndolo tan cerca.
Más que cerca. Miguel y yo hemos estado dentro. Ha sido nuestra vida. Nos hemos criado en teatro, nos hemos criado de gira con dos actores con los que comíamos, cenábamos, nos acostaban, nos contaban cuentos, nos hablaban de Marlon Brando, de Bette Davis, del montaje de Hamlet… Eso es comértelo con patatas desde que te levantas hasta que te acuestas. Es decir, lo tenemos en el ADN. No tengo la sensación de “¡Uy, hostia!, estoy haciendo teatro”. Simplemente, la vida me llevó al rock’n’roll.
¿Nunca tuvo tentaciones?
Nunca ocurrió.
¿Algún consejo paterno, sin embargo, le habrá ayudado a afrontar este reto?
Nuestros padres nunca nos sentaban y nos decían: “Os vamos a dar un consejo”. Era una cosa que se respiraba. Los consejos aparecían continuamente en situaciones que veíamos. No hacía falta decir nada. Evidentemente que hay enseñanzas, pero son difícilmente aislables... Los olores, el acabar una película e ir caminando hacia casa hablando sobre ella, el verles en escena. Ha sido nuestra vida, es nuestro lenguaje. Algo que yo después también he volcado en mis espectáculos de rock.
La ópera se estrenó en 1928, cinco años antes de que Hitler subiera al poder. Hacer hoy La ópera de los tres centavos, ¿tiene una significación política especial?
Evidentemente sí, creo que hay una lectura que habla de todo lo que está pasando, del capitalismo en su aspecto más salvaje. Pero creo que la ópera va más allá, es más profunda, más compleja. En las grandes obras, a los grandes artistas, y Bertolt Brecht lo era, la política y los problemas sociales se les quedan pequeños. Los grandes artistas tienen una necesidad de hablar sobre el universo, del alma humana en toda su complejidad y profundidad. La ópera de los tres centavos habla de política, habla del explotado y del explotador, pero es un retrato cruel y salvaje del ser humano, del alma humana. No hay buenos y malos, no es Ken Loach. Es mucho más cruel. La izquierda no se puede sentar a ver esta obra y decir “qué bien, Bertolt Brecht nos defiende”. Aquí no se salva nadie, todos son unos hijos de puta. El humilde también es un hijo de puta que traiciona a su compañero por dos pesetas. Y para mí eso la hace más interesante y más universal. Por eso es un clásico.
¿Prepara nuevo disco?
Nada, hasta otoño del 27, nada. Grabaré en febrero y la gira será en otoño. Lo cual se me hace demasiado largo. He calculado mal. No fui consciente de lo que me iba a faltar tocar con la banda. En mayo, por eso del mono, aprovechando que el bajista de la banda estaba dando un concierto en Zaragoza, hicimos un bolo medio clandestino de versiones en el Rock and Blues, un garito maravilloso. Hablamos con ellos, lo anunciamos el día antes, se agotaron las entradas en una hora y nos dimos el gustazo de hacer dos horas de versiones y alguna canción mía y de Los Ronaldos. Esa ha sido la única vez… Demasiado tiempo sin tocar. Aunque ya tenemos la primera fecha de gira del año que viene que será el 22 de octubre, el día de mi cumpleaños.
Y sobre el libro de memorias que ha escrito su mujer, Macarena Cabo, Un sitio donde ser salvaje y se publica este octubre…
No puedo hablar.
¿No puede decir al menos si está contento?
Estoy contento, muy contento, pero no puedo hablar. No hemos calculado que el lanzamiento del libro iba a coincidir con el estreno de la obra en Madrid… Me han pedido, por favor, que no diga nada.
En las elecciones de 2018, Vox utilizó su tema No puedo vivir sin ti en la campaña. Con mucha ironía hizo unas declaraciones sobre cómo mucha gente relacionaba la canción con el consumo de cocaína y que quizá aquello fuera una metedura de pata…
[Sonríe]. Dije que mucha gente piensa que es sobre la cocaína, no lo confirmé.
En estos años esa versión más farmacodependiente ha ganado adeptos, pero nada que ver, ¿no?
Evidentemente, no es sobre la cocaína. La cocaína no se merece una canción. Es un coñazo.