Vudú
Bob Seger, quien por cierto está de aniversario (cincuenta años de su Live Bullet, nada más y nada menos) dijo en cierta ocasión que, yendo un día en su coche, muerto de calor, se cruzó con un tipo que iba “todo de negro”, paseando “con camisa de manga larga y botas vaqueras” a pesar de los treinta y tantos grados que hacía. El tipo en cuestión se sobresaltó cuando Seger detuvo el vehículo y lo llamó a gritos, “pensando quizá que yo era de la CIA” por “las gafas de sol” que llevaba, el “celular del coche y demás”, lo cual no impidió que aceptara su invitación a subir a bordo. Era Tom Waits y, como Seger adoraba su trabajo, se interesó por lo que estaba haciendo en ese momento. “Andar”, contestó Waits literalísimamente y, a partir de ahí, la conversación se hundió del todo en el absurdo por culpa de “las estúpidas preguntas que hice sobre sus canciones”, como reconoció el propio Seger. Al final, este le preguntó si le podía dejar en algún lado. Waits dijo que sí, que donde lo había recogido, de modo que dieron la vuelta y regresaron “exactamente” al punto de partida (Wild Years: The music and myth of Tom Waits, de Jay S. Jacobs).
La última frase que pronunció aquella vez el polifacético artista californiano fue un “seguiré andando” que, en mi opinión, resume bastante bien su vida. Compositor, cantante, poeta, actor y, en suma, magnífico zanni de la commedia dell'arte moderna, admirado por músicos tan diferentes como Keith Richards, Iggy Pop y Bob Dylan —quien lo tenía por uno de sus “héroes secretos”— y admirador por su parte de gente tan distinta como Mose Alison, Kurt Weill, Thelonious Monk y Prince, al que volveré más tarde. Sin embargo, no creo que Waits necesite de presentación alguna a estas alturas; si lo menciono hoy es por dos noticias de estos días, que han corrido una suerte dispar en nuestro país: la primera, el fallecimiento poco mencionado de Augie Meyers, antiguo colaborador de Waits y fundador de los Texas Tornados y Sir Douglas Quintet; la segunda, la ruptura de su silencio musical, que ya duraba quince años, con una feroz canción contra el autoritarismo y el militarismo cuyos beneficios irán a parar a la American Civil Liberties Union y el Immigrant Defense Project de Estados Unidos.
Al parecer, y según el comunicado que ha aparecido en medios como Rolling Stone, Massive Attack le propuso “hace muchos años” que hicieran algo juntos, y él les envió “Boots on the Ground”, que ha estado esperando hasta ahora sin que “el largo retraso” del grupo británico preocupara a Tom Waits. “El hoy, al igual que todos los ayeres de la humanidad, garantiza que ese tipo de canciones no pasen nunca de moda”, dice con sarcasmo y, por si no estuviera claro el porqué, añade sobre su otra contribución al disco: “La locura de los fracasos del hombre es un festín para las moscas. Por eso, la cara B del próximo sencillo de Massive Attack, ‘The Fly’, recoge mi aprecio por esa molesta criatura alada”. Algunos de ustedes ya habrán oído la canción y el poema de Waits cuando se publique este artículo; pero, por si acaso, permítanme que extraiga unas líneas de Boots, para que se hagan una idea de por dónde van los tiros: “Quién coño son esos cabrones del Gobierno federal?/ Escondidos en el Senado como una garrapata hinchada,/ holgazanes de mierda con aire acondicionado,/ sentados en una sala llena de carteles del ejército”.
Guerras, beneficios económicos para un puñado y más muertos de los que se puede contar. Toda una patada a lo que está ocurriendo en el mundo de un tiempo a esta parte –recuérdese que la letra no es de hace unos meses– y, como escribió Gene Santoro en “Waits, ¿heredero de Guthrie?” (The Nation, 1999), con “más de un atisbo de Brecht” en la poética (Innocent When You Dream, de Mac Montandon, publicado en España como Tom Waits. Conversaciones, entrevistas y opiniones). Ahora bien, lo que a mí me llama más la atención, lo que siempre me la llama en su caso, no es su constante y admirable compromiso político, sino su no menos asombrosa capacidad de mantenerse nuevo, al igual que el hombre al que se refirió en “20 preguntas” (Playboy, 1988) cuando Steve Oney le preguntó qué artistas de la época le gustaba escuchar. “Prince”, contestó sin dudarlo; por no pasar “por el aro”, por asumir “riesgos peligrosos”, por ser “un verdadero manantial” y, de paso, básicamente, “vudú”.
Un 21 de abril de hace diez años, aquel genio de Mineápolis que fundó el sonido que lleva el nombre de su localidad natal, fundiendo múltiples géneros y siendo al mismo tiempo un inmenso guitarrista, falleció en Chanhassen por una sobredosis de fentanilo. En apariencia, Waits no se parece nada a él; en la práctica, sus caminos no andan lejos de ese “raro, rarísimo pájaro exótico” del que también habló en su entrevista con Mark Rowland (“Tom Waits está volando bocabajo”. Musician, 1987). Y aunque no es habitual que ese tipo de creadores lleguen rápidamente a mayorías, lo cierto es que el juicio de la Historia depende mucho de lo que Seger entendió tan machadianamente en la anécdota que abre este texto: hay quien se limita a repetir –que es tanto como estar parado– y hay quien no deja de experimentar, es decir, andar. Se entenderán más o se entenderán menos; pero, en el caso de los caminantes, todos sus aniversarios son canciones a la vida.