Decenas de niños y mujeres migrantes, abandonados a las puertas de dos centros de acogida del Gobierno en Ceuta: “Nos tienen aisladas”
Una trenza a medias. Un pelo desenfadado que añora el cuidado. Una joven maquillada para ocultar la tristeza. Una madre que mira a su hija correr colina abajo y que, como madre, también la regaña. Un padre que camina todos los días de la mano de sus dos hijos para buscar un lugar donde ducharse y comer, si es que les dejan, porque esa posibilidad depende de la presencia de cordones militares en la zona, que en ocasiones impiden su salida a otras zonas de la ciudad.
Decenas de niños y mujeres, algunas embarazadas, malviven desde hace semanas en condiciones de insalubridad y sin apenas atención a las puertas de dos centros de acogida estatales en Ceuta, donde esperan desde hace 15 días un techo bajo el que dormir.
Hind, de 23 años, está tumbada sobre una montaña de mantas improvisada y bajo la lona que resguarda de posibles lluvias. Enseña sus piernas y brazos con marcas de picaduras de mosquitos. “Hace unos días vimos una serpiente, también hay escorpiones. Por las noches no dormimos del miedo”, explica a este medio. La joven cruzó a Ceuta a nado el pasado 30 de julio y, aunque es originaria de Casablanca, tenía claro que debía de salir de su ciudad, y de Marruecos, como fuera.
“Nos dijeron que podíamos entrar a dormir en el recinto que han preparado en el centro ecuestre. Muchas de las chicas lo consiguieron. Nosotras no y aquí estamos desde hace 15 días
La joven trabajaba como maquilladora y asegura que la vida se ha encarecido y que el salario que recibe no es suficiente para poder vivir. Huye del maltrato recibido por su hermano, cuenta, pero no se siente protegida: “Cuando mi hermano se enteró de que tenía novio, me pegaba todos los días”, relata. En su móvil, un álbum esconde fotografías de las agresiones, sus pesadillas, y que titula: ‘Violencia familiar’.
“Nos dijeron que podíamos entrar a dormir en el recinto que han preparado en el centro ecuestre. Muchas de estas chicas (señala a algunas que bajan del centro con un collar azul sobre sus cuellos) lo consiguieron. Nosotras no y aquí estamos desde hace 15 días. Sin noticias”, explica la joven de Casablanca.
El Ministerio de Inclusión, del que depende el centro destinado a mujeres gestionado por la ONG Sur Acoge así como el CETI, no ha respondido a las preguntas de elDiario.es sobre las razones que hacen que decenas de mujeres y menores se encuentren a las puertas de dos centros estatales sin apenas atención.
Yamilla (nombre ficticio) arrastra un carro lleno de mantas y ropa que ha ido encontrando por la calle a lo largo del último mes. Tiene 75 años y acaba de llegar a este punto de Ceuta para buscar cobijo. “¿Sabes dónde puedo encontrar cartones?”, pregunta a una de las mujeres más jóvenes que se encuentran acampadas. Le señalan que al final de la cuesta, la anciana la baja y, al poco tiempo, vuelve cargada con los cartones que serán su cama.
Su hijo se llama Mohammed y no ha vuelto a verlo ni a saber nada de él desde el pasado 30 de julio, el día que ambos cruzaron a nado hacia Ceuta. “Nos separamos , no lo he vuelto a ver y desde entonces ya no sé nada de él”, explica entre lagrimas. Yamilla no tiene teléfono móvil para contactarle y, cuando se le ha ofrecido uno, apenas recuerda el número de teléfono de su hijo. “Lo tenía anotado en un papel, pero se me mojó”, explica.
Niños, niñas y algún bebé en camino
Amina tiene cuatro años y es de Tetuán. Corre detrás de Oumar, otro niño de 6 años, alrededor de las tiendas de campaña y hogares improvisados mientras que su tía y su padre la observan. “¿Cómo puede vivir así una niña como Amina?”, dice su padre. Todos cruzaron juntos el pasado 30 de julio y los motivos no se alejan de la imagen que tienen la gran mayoría sobre su país natal. “En los últimos años, todo se ha puesto muy difícil. No hay trabajo, los salarios son bajos, las escuelas están llenas y en los hospitales no nos atienden”, explica el padre. Ahmed baja todos los días a la playa del Trampolín para coger una de las bolsas que reparten cada tarde con comida.
Amina y Oumar no son los únicos niños ni bebés. Samira, de 28 años, habla con pena de su hija, de cuatro años, que dejó en Castillejos para buscar una vida mejor para ella. También para el bebé que está en camino. “Me quedé embarazada poco antes de cruzar a Ceuta”, explica. “Si estas son las condiciones en las que voy a ser madre de un bebé, prefiero no serlo. Pensábamos que íbamos a vivir en mejores condiciones”, añade. Su pareja sigue en Marruecos y, mientras ella habla, suena su teléfono. “Es él”, dice, tímidamente, mientras se aparta del bullicio.
Si estas son las condiciones en las que voy a ser madre de un bebé, prefiero no serlo. Pensábamos que íbamos a vivir en mejores condiciones
Saida es una mujer divorciada y está sentada con Mohammed, su hijo de 14 años. Ella trabajaba como vigilante de seguridad en complejos residenciales y eventos. “Trabajaba desde las 10:00 de la noche hasta las 12:00 de la mañana y no me pagaban más de 10 euros al día. He pasado muchas noches lejos de mi hijo para luego traer a casa poco dinero”, cuenta.
Entre testimonios, varias jóvenes terminan por no soportar las condiciones en las que llevan viviendo desde hace más de un mes. Una de ellas se desmaya frente al equipo de vigilancia que trabaja en los alrededores del CETI. Ningún miembro del centro de acogida las atiende, son las periodistas presentes en la zona quienes llaman a una ambulancia. A media mañana, otra también cae desplomada en el suelo.
“Está temblando, no responde. ¡Llamad a una ambulancia!”, chilla su hermano mientras salpica agua sobre la cara de su hermana. Tras la llegada de los servicios sanitarios, que trasladan a la joven al hospital, un grupo de ellas permanecen sobre la misma acera. “Lleva días comiendo muy poco. Nos traen comida, nos falta agua, pero ella está triste y muchas veces no quiere ni levantarse para comer. Solo duerme”, cuenta una de ellas.
Anoche llegaron los militares y no nos dejan subir ni bajar. No podemos salir de aquí. Solo nos dejan bajar a la playa del Trampolín si vamos al reparto de Cruz Roja
“¿Qué va a pasar con nosotras?” es la pregunta que más se repite entre las decenas de mujeres que esperan en este punto de Ceuta. Cuando asoma un cámara de un medio de comunicación, un periodista, un trabajador de una organización humanitaria o un simple curioso, la pregunta retumba dentro de cada tienda, sobre las aceras y en sus pensamientos. Algunas siguen desde sus móviles el directo que un compañero hace a escasos metros de ellas. No quieren perderse ni un ápice de la escasa información que están recibiendo.
38 días después de la entrada masiva de personas a Ceuta, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, visitó el centro ecuestre donde están alojadas muchas de las menores que entraron en Ceuta. “A nosotras, que estamos en la puerta, esperando, ni nos miró”, explica la joven Hind, unos días después de la visita.
Desde entonces, el panorama no solo ha cambiado, sino que ha empeorado. Las mujeres siguen en los mismos puntos y bajos las mismas lonas, pero ahora viven en una cárcel a cielo abierto. “Anoche llegaron los militares y no nos dejan subir ni bajar. No podemos salir de aquí. Solo nos dejan bajar a la playa del Trampolín si vamos al reparto de Cruz Roja”, explica una de las jóvenes mientras abraza a su hijo de 14 años.