Los heridos del salto a la valla de Melilla que Marruecos alejó de la frontera

Gabriela Sánchez

Casablanca (Marruecos) —

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En los montes de la provincia de Nador, aquellos que escondieron a cientos de personas en los días previos al último salto a la valla de Melilla, apenas se encuentra rastro de la vida que albergó. A lo largo de las­ calles de su ciudad, las personas subsaharianas parecen haber desaparecido, mientras los cuerpos sin vida de sus compañeros permanecen escondidos. A 600 kilómetros de la provincia fronteriza con España, en un barrio periférico de Casablanca y tras los muros de una escuela abandonada, un centenar de refugiados y migrantes se arremolina para mostrar con impaciencia cada una de las marcas que ha dejado en su cuerpo el último intento de entrada.

Rodeados de colchones tirados por el suelo y montañas de basura, decenas de jóvenes elevan sus brazos inflamados, señalan pequeñas heridas circulares en su espalda y separan su cabello para encontrar una de las cicatrices de los golpes recibidos en la frontera española. Citan nombres y apellidos de amigos a los que dicen haber visto sin vida. Piden contar lo ocurrido en la valla melillense con la ansiedad de quien no suele ser escuchado. Hablan, pero parecen tener ganas de gritar.

Todos participaron en el salto de Melilla que acabó con la vida de al menos 23 personas -37 según el balance de las ONG-, pero las autoridades marroquíes los subieron a la fuerza, algunos heridos e inconscientes, en autobuses con destino a distintas localidades del centro y sur del país para alejarlos del límite con la ciudad autónoma. Niegan con la cabeza para narrar que nunca antes habían visto una represión igual a pesar de que muchos acumulan decenas de saltos frustrados a las vallas españolas.

Sentado en una alfombra extendida sobre el cemento desconchado de la vieja escuela en un barrio marginal de Casablanca, Mohamed Ali descansa sentado junto a varios compañeros sudaneses. Una banda blanca rodea su frente y cubre una de las señales de los golpes recibidos en la cabeza en la frontera melillense. “No me acuerdo de nada. Perdí el conocimiento y de repente estaba en Marruecos, rodeado de ‘hermanos’ tirados en el suelo”, dice el adolescente, de 17 años. Su mirada evidencia cansancio, pero insiste en hablar. “Sangraba mucho, pero nadie me llevó al hospital”.

El vendaje que cubre el brazo izquierdo de Mohamed Ali se lo colocó días después, cuenta, en una iglesia de Casablanca. “Tenían [las autoridades marroquíes] que haberme llevado al hospital, tenían que haberme hecho puntos en Nador. Sangraba. Yo se lo decía a la policía marroquí pero los agentes me dijeron que no, que me metían en el autobús”, cuenta el menor, rodeado de decenas de sudaneses que piden contar su historia. Mohamed salió de su país en agosto de 2021 y antes de alcanzar Marruecos pasó por Libia, Níger y Argelia.

Sus amigos le ayudaron a llegar hasta Casablanca, convertido en uno de los puntos de encuentro de cientos de sudaneses que intentaron saltar la alambrada de Melilla el pasado 24 de junio. Algunos no lograron sortear el entramado fronterizo y decenas de ellos aseguran haber sido devueltos a Marruecos tras pisar suelo español. 

Mientras repite que lo volverá a intentar, la pared en la que se apoya el menor también parece querer hablar por ellos: “Hasta la muerte”, rezan varias inscripciones de esta escuela abandonada donde malvive al menos un centenar de migrantes y refugiados, la mayoría sudaneses. Sin luz ni agua potable, Hamed dice que pasa “días” sin apenas comer y se queja porque “nadie” les ayuda. 

La presencia de refugiados es evidente en el centro de Casablanca. Se reúnen en grupos dispersos de jóvenes que buscan ganarse la vida con la mendicidad o trabajos esporádicos. Una vez superada la autopista que conecta con el animado paseo de la Corniche, su presencia se multiplica. Algunos, también heridos en la cabeza, descansan sobre colchones colocados sobre las aceras de este barrio periférico. La presencia policial es constante pero aquí, dicen decenas de sudaneses, la gendarmería marroquí no les “molesta”. El objetivo es concentrarles en las ciudades sureñas a cambio de que no suban al norte del país, pero la mayoría coincide: esperarán un poco, pero lo volverán a intentar.

“Me quedé inconsciente en la frontera”

De las distintas estancias que algún día fueron aulas de esta vieja escuela en ruinas, cada vez salen más jóvenes sudaneses curiosos con la presencia de la prensa. 

Ibrahim levanta la mano para explicar “lo que vio” en la frontera, aunque más bien acaba contando lo que no pudo ver. “Me quedé insconsciente en la frontera. No me acuerdo de nada. Me desperté en el pueblo donde me dejaron tirado junto a mis compañeros, a la mañana siguiente”, cuenta el hombre de 27 años. Su rostro está inflamado. Un par de algodones mal colocados tratan de proteger sus heridas, provocadas por la policía marroquí cuando intentaba dejar atrás la alambrada.

Malik Binladin apunta con su dedo una a una a las heridas de su cuerpo provocadas “por la policía marroquí”. Cabeza, rodillas, tobillos, brazo. Procede de Sudán del Sur, un país que apenas ha conocido la paz. Lleva cerca de un año en el camino y, antes del salto más mortífero de la valla de Melilla, ya había intentado sortear las alambradas españolas en varias ocasiones, después de su paso por Libia.

Por eso se puso tan nervioso cuando, a través de la ventana del autobús que lo alejaba de la frontera de Melilla tras el último salto, identificó el destino final del vehículo: la frontera con Argelia. “Cuatro de nosotros nos organizamos para saltar. No podíamos volver”, describe el sursudanés, mientras junta sus antebrazos para enseñar sus heridas. Saltó con su amigo, Alamin, procedente de Sudán. A su lado, este joven de 18 años asiente con la cabeza y, en un perfecto inglés aprendido de forma casi autodidacta, dice haber utilizado el puño de su mano para romper uno de los cristales. “Saltamos con el autobús en marcha. Cuando vimos que nos acercábamos, no pudimos consentirlo. Ya he estado en el desierto argelino, nade te ayuda y, en el estado en el que estábamos, era cuestión de suerte sobrevivir o morir”. Ya en el suelo, empezaron a correr.

Alamin pide que alguien se preocupe o pregunte por los compañeros que se quedaron en ese autobús: “No sabemos nada de ellos. No saltaron porque estaban muy heridos. Tenían brazos o piernas rotas o estaban semi inconscientes. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Cómo pueden tratarnos así a los refugiados?”, se pregunta el sudanés, huido de la inestabilidad de Darfur.

¿Lo intentarías de nuevo? Alamin sonríe sin sonreir. Sube los hombros y responde calmado: “Claro, ¿qué voy a hacer si no? Quiero un futuro y aquí no puedo encontrarlo”. No puede ir para atrás ni para adelante. En Marruecos no encuentra la protección que suelen merecer las personas de su nacionalidad (el 88% de los sudaneses que pidieron asilo en España recibió una respuesta positiva), pero él se ha creado su propio refugio con un bolígrafo y varias hojas de papel. De su bolsillo saca un pequeño cuaderno escrito en árabe.

Lo toca y lo abre con mimo. Parece tener entre sus manos su objeto más preciado. Algunas de sus páginas entrelazan pensamientos con pequeños dibujos o números de teléfono: “Es mi diario. Cuando estoy muy malhumorado, escribo. Cuando pasa algo importante, escribo. Escribo para que no se olvide todo lo que estamos pasando por ser refugiados. Por mis compañeros, pero también por mí”.

En los montes de la provincia de Nador, aquellos que escondieron a cientos de personas en los días previos al último salto a la valla de Melilla, apenas se encuentra rastro de la vida que albergó. A lo largo de las­ calles de su ciudad, las personas subsaharianas parecen haber desaparecido, mientras los cuerpos sin vida de sus compañeros permanecen escondidos. A 600 kilómetros de la provincia fronteriza con España, en un barrio periférico de Casablanca y tras los muros de una escuela abandonada, un centenar de refugiados y migrantes se arremolina para mostrar con impaciencia cada una de las marcas que ha dejado en su cuerpo el último intento de entrada.

Rodeados de colchones tirados por el suelo y montañas de basura, decenas de jóvenes elevan sus brazos inflamados, señalan pequeñas heridas circulares en su espalda y separan su cabello para encontrar una de las cicatrices de los golpes recibidos en la frontera española. Citan nombres y apellidos de amigos a los que dicen haber visto sin vida. Piden contar lo ocurrido en la valla melillense con la ansiedad de quien no suele ser escuchado. Hablan, pero parecen tener ganas de gritar.

Todos participaron en el salto de Melilla que acabó con la vida de al menos 23 personas -37 según el balance de las ONG-, pero las autoridades marroquíes los subieron a la fuerza, algunos heridos e inconscientes, en autobuses con destino a distintas localidades del centro y sur del país para alejarlos del límite con la ciudad autónoma. Niegan con la cabeza para narrar que nunca antes habían visto una represión igual a pesar de que muchos acumulan decenas de saltos frustrados a las vallas españolas.

Sentado en una alfombra extendida sobre el cemento desconchado de la vieja escuela en un barrio marginal de Casablanca, Mohamed Ali descansa sentado junto a varios compañeros sudaneses. Una banda blanca rodea su frente y cubre una de las señales de los golpes recibidos en la cabeza en la frontera melillense. “No me acuerdo de nada. Perdí el conocimiento y de repente estaba en Marruecos, rodeado de ‘hermanos’ tirados en el suelo”, dice el adolescente, de 17 años. Su mirada evidencia cansancio, pero insiste en hablar. “Sangraba mucho, pero nadie me llevó al hospital”.

El vendaje que cubre el brazo izquierdo de Mohamed Ali se lo colocó días después, cuenta, en una iglesia de Casablanca. “Tenían [las autoridades marroquíes] que haberme llevado al hospital, tenían que haberme hecho puntos en Nador. Sangraba. Yo se lo decía a la policía marroquí pero los agentes me dijeron que no, que me metían en el autobús”, cuenta el menor, rodeado de decenas de sudaneses que piden contar su historia. Mohamed salió de su país en agosto de 2021 y antes de alcanzar Marruecos pasó por Libia, Níger y Argelia.

Sus amigos le ayudaron a llegar hasta Casablanca, convertido en uno de los puntos de encuentro de cientos de sudaneses que intentaron saltar la alambrada de Melilla el pasado 24 de junio. Algunos no lograron sortear el entramado fronterizo y decenas de ellos aseguran haber sido devueltos a Marruecos tras pisar suelo español. 

Mientras repite que lo volverá a intentar, la pared en la que se apoya el menor también parece querer hablar por ellos: “Hasta la muerte”, rezan varias inscripciones de esta escuela abandonada donde malvive al menos un centenar de migrantes y refugiados, la mayoría sudaneses. Sin luz ni agua potable, Hamed dice que pasa “días” sin apenas comer y se queja porque “nadie” les ayuda. 

La presencia de refugiados es evidente en el centro de Casablanca. Se reúnen en grupos dispersos de jóvenes que buscan ganarse la vida con la mendicidad o trabajos esporádicos. Una vez superada la autopista que conecta con el animado paseo de la Corniche, su presencia se multiplica. Algunos, también heridos en la cabeza, descansan sobre colchones colocados sobre las aceras de este barrio periférico. La presencia policial es constante pero aquí, dicen decenas de sudaneses, la gendarmería marroquí no les “molesta”. El objetivo es concentrarles en las ciudades sureñas a cambio de que no suban al norte del país, pero la mayoría coincide: esperarán un poco, pero lo volverán a intentar.

“Me quedé inconsciente en la frontera”

De las distintas estancias que algún día fueron aulas de esta vieja escuela en ruinas, cada vez salen más jóvenes sudaneses curiosos con la presencia de la prensa. 

Ibrahim levanta la mano para explicar “lo que vio” en la frontera, aunque más bien acaba contando lo que no pudo ver. “Me quedé insconsciente en la frontera. No me acuerdo de nada. Me desperté en el pueblo donde me dejaron tirado junto a mis compañeros, a la mañana siguiente”, cuenta el hombre de 27 años. Su rostro está inflamado. Un par de algodones mal colocados tratan de proteger sus heridas, provocadas por la policía marroquí cuando intentaba dejar atrás la alambrada.

Malik Binladin apunta con su dedo una a una a las heridas de su cuerpo provocadas “por la policía marroquí”. Cabeza, rodillas, tobillos, brazo. Procede de Sudán del Sur, un país que apenas ha conocido la paz. Lleva cerca de un año en el camino y, antes del salto más mortífero de la valla de Melilla, ya había intentado sortear las alambradas españolas en varias ocasiones, después de su paso por Libia.

Por eso se puso tan nervioso cuando, a través de la ventana del autobús que lo alejaba de la frontera de Melilla tras el último salto, identificó el destino final del vehículo: la frontera con Argelia. “Cuatro de nosotros nos organizamos para saltar. No podíamos volver”, describe el sursudanés, mientras junta sus antebrazos para enseñar sus heridas. Saltó con su amigo, Alamin, procedente de Sudán. A su lado, este joven de 18 años asiente con la cabeza y, en un perfecto inglés aprendido de forma casi autodidacta, dice haber utilizado el puño de su mano para romper uno de los cristales. “Saltamos con el autobús en marcha. Cuando vimos que nos acercábamos, no pudimos consentirlo. Ya he estado en el desierto argelino, nade te ayuda y, en el estado en el que estábamos, era cuestión de suerte sobrevivir o morir”. Ya en el suelo, empezaron a correr.

Alamin pide que alguien se preocupe o pregunte por los compañeros que se quedaron en ese autobús: “No sabemos nada de ellos. No saltaron porque estaban muy heridos. Tenían brazos o piernas rotas o estaban semi inconscientes. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Cómo pueden tratarnos así a los refugiados?”, se pregunta el sudanés, huido de la inestabilidad de Darfur.

¿Lo intentarías de nuevo? Alamin sonríe sin sonreir. Sube los hombros y responde calmado: “Claro, ¿qué voy a hacer si no? Quiero un futuro y aquí no puedo encontrarlo”. No puede ir para atrás ni para adelante. En Marruecos no encuentra la protección que suelen merecer las personas de su nacionalidad (el 88% de los sudaneses que pidieron asilo en España recibió una respuesta positiva), pero él se ha creado su propio refugio con un bolígrafo y varias hojas de papel. De su bolsillo saca un pequeño cuaderno escrito en árabe.

Lo toca y lo abre con mimo. Parece tener entre sus manos su objeto más preciado. Algunas de sus páginas entrelazan pensamientos con pequeños dibujos o números de teléfono: “Es mi diario. Cuando estoy muy malhumorado, escribo. Cuando pasa algo importante, escribo. Escribo para que no se olvide todo lo que estamos pasando por ser refugiados. Por mis compañeros, pero también por mí”.

En los montes de la provincia de Nador, aquellos que escondieron a cientos de personas en los días previos al último salto a la valla de Melilla, apenas se encuentra rastro de la vida que albergó. A lo largo de las­ calles de su ciudad, las personas subsaharianas parecen haber desaparecido, mientras los cuerpos sin vida de sus compañeros permanecen escondidos. A 600 kilómetros de la provincia fronteriza con España, en un barrio periférico de Casablanca y tras los muros de una escuela abandonada, un centenar de refugiados y migrantes se arremolina para mostrar con impaciencia cada una de las marcas que ha dejado en su cuerpo el último intento de entrada.

Rodeados de colchones tirados por el suelo y montañas de basura, decenas de jóvenes elevan sus brazos inflamados, señalan pequeñas heridas circulares en su espalda y separan su cabello para encontrar una de las cicatrices de los golpes recibidos en la frontera española. Citan nombres y apellidos de amigos a los que dicen haber visto sin vida. Piden contar lo ocurrido en la valla melillense con la ansiedad de quien no suele ser escuchado. Hablan, pero parecen tener ganas de gritar.

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