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Elecciones en boom económico

Gráficotasa paro copia
8 de octubre de 2026 00:07 h

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En noviembre de 1992 el entonces presidente de EEUU, George Bush padre, se presentaba a su reelección con un nivel de popularidad muy alto, gracias a su victoria, un año y medio antes, en la primera Guerra del Golfo, que obligó a Irak a retirarse de Kuwait, país que había invadido a finales de 1990. Pese a ese éxito militar y político, pues EEUU lideraba una coalición internacional con apoyo de la ONU, Bush perdió las elecciones y no fue reelegido, algo que no suele ser habitual en las elecciones norteamericanas.

Uno de los asesores de su oponente, Bill Clinton, para explicar esa paradoja, acuñó una frase que se hizo famosa: “Es la economía, estúpido”. Ese estratega, James Carville, apelaba con esta frase al bolsillo de los norteamericanos, castigado en parte por las consecuencias financieras de la guerra, por encima de los argumentos políticos, que las encuestas señalaban como determinantes. Desde entonces, la macroeconomía siempre ha estado en el centro de los debates electorales en todos los países, aunque su incidencia ha sido desigual en las distintas convocatorias.

En España, tal y como recoge la siguiente tablea, ha habido 15 elecciones generales desde la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978, aunque dos de ellas han sido repeticiones, en el espacio de unos pocos meses, al no lograrse una mayoría que consiguiera la investidura de un presidente del gobierno. Y esas 13 elecciones se han celebrado en contextos macroeconómicos muy variopintos, que en la tabla sintetizo en 3 variables: el crecimiento del PIB real, la tasa de paro y la tasa de inflación. Tanto el crecimiento del PIB como el del IPC lo expreso en tasas interanuales, en el trimestre en que se celebran las elecciones. Para el IPC, al ser datos mensuales, tomo la media trimestral. El dato de la tasa de paro es de la Encuesta de Población Activa (EPA) que elabora trimestralmente el INE.



En España, se han celebrado algunas elecciones en expansión económica, reflejada por un elevado crecimiento del PIB y una tasa de paro reducida, y otras en plena crisis. Con respecto a la inflación ha habido convocatorias coincidiendo con deflación y otras con inflación elevada, aunque su correlación con el PIB no ha sido clara, pues en algunos casos se trataba de choques de oferta, que elevan la inflación a la vez que causan recesión, y otros por choques de demanda, en los que el PIB y la inflación van de la mano.

En el caso español, en general, las etapas de crisis económicas han venido asociadas a cambios de gobierno. Por el contrario, no es habitual encontrar dicha alternancia en períodos de boom económico. Hay algunas excepciones a esta regularidad empírica. Una de ellas, muy llamativa, es la de 1993, en la que el PSOE revalidó de forma inesperada su mayoría en una de las crisis económicas más intensas, tras el pinchazo de la primera burbuja inmobiliaria. En ese año, el PIB real tuvo un crecimiento negativo, algo que no se había visto desde la posguerra, y la tasa de paro alcanzó el 22% en el trimestre de las elecciones, el segundo de 1993. El temor a la llegada de la derecha, que no había gobernado el país desde la dictadura, estuvo detrás de esta resistencia electoral al cambio, pese a la complicada situación económica y el agotamiento político tras 11 años de gobierno socialista en solitario.

En 1996, finalmente se produjo el cambio, con la economía todavía en crisis (tasa de paro en el 23%), aunque ya había iniciado su recuperación. Está claro que 1993 fue un ejemplo en que la economía no fue determinante en el resultado electoral.

Otro ejemplo, en sentido contrario, fue el de 2004, en que se produjo el cambio político pese a que la economía se encontraba en una etapa de expansión económica, aunque es cierto que en dicho año se había producido un cierto “bache”, tanto en el PIB (que creció un 2,6%, pero venía de crecer un 5%) como en la tasa de paro, que había escalado casi dos puntos hasta el 12%. Pero sin duda, fue la gestión política, con las mentiras tras los atentados del 11-M, y la participación en la Guerra de Irak, en contra del sentir mayoritario de la población y de la propia ONU, las que explican la indignación que acabó con 8 años de gobierno del PP.

En 2008 tampoco se produce cambio político, pues en el primer trimestre de dicho año todavía no se sintieron los efectos de la incipiente crisis financiera internacional ni el pinchazo de la segunda burbuja inmobiliaria, que se hicieron notar con fuerza en las elecciones de 2011, propiciando la salida del PSOE del gobierno. Por tanto, en esas convocatorias sí se mantiene la correlación aparente entre el desempeño macroeconómico y el resultado electoral.

El siguiente cambio político, el de 2018, no se produce por unas elecciones, sino por una moción de censura, algo que no había ocurrido en todo el período constitucional. Pero, desde esa fecha, los datos macroeconómicos, en general positivos, han servido de apoyo para mantener el gobierno socialista, incluso en 2023, en que el resultado electoral desafió a todas las encuestas. En el trimestre en que tuvo lugar las elecciones, la tasa de paro alcanzó el 11,89%, la cifra más baja desde el primer trimestre de 2008, quince años antes. Por tanto, no podemos descartar que el entorno macroeconómico tuviera una incidencia relevante en el inesperado resultado electoral.

Del análisis de la experiencia de las 13 elecciones celebradas podemos concluir que el buen desempeño económico sí parece tener una cierta influencia en las elecciones generales. La tasa de paro parece ser la variable más significativa, mientras que la inflación apenas tiene incidencia, al contrario de lo que ocurre en otros países, en particular en EEUU. En el siguiente gráfico presento la tasa de paro de España en el período democrático.  



Los periodos electorales que han coincidido con subidas de la tasa de paro han sido más propicios a los cambios políticos, y lo contrario ocurre en los años de bajo desempleo, en los que el partido gobernante se ha mantenido. Para la convocatoria de este año sólo disponemos de los datos del segundo trimestre de 2026, tanto en el PIB, con un crecimiento más que aceptable, por encima de la media desde que estamos en el euro, como en el de la tasa de paro, que está en mínimos desde 2008. Por el contrario, para la inflación tenemos el dato del tercer trimestre, que presenta un repunte hasta el 4,3%, aunque muy inferior al de 2022.

Todas las encuestas señalan que, esta vez, el entorno macroeconómico expansivo no va a condicionar el resultado electoral, que se explicará por otras variables, políticas y sociales. Veremos si se cumplen esas encuestas o se vuelve a repetir la famosa frase de Carville, “It's the economy, ¡stupid!”.

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