No demonizar al turismo
El número de turistas internacionales (excluyendo a los “excursionistas”, es decir, los que no pernoctan) alcanzó en 2025 los 96,8 millones de personas. Para 2026 solo tenemos los datos hasta agosto, pero crecen a un ritmo de 5% en lo que va de año. Incluso suponiendo que esa tasa de crecimiento anual se modera en los últimos meses, la cifra de visitantes extranjeros fácilmente superará los 101 millones al acabar este año.
El gráfico a continuación presenta la evolución temporal de los turistas internacionales desde 1996, en que alcanzó los 36 millones, hasta 2026: casi se ha triplicado en los últimos 30 años, con una tendencia creciente salvo la crisis mundial de 2009 y los años de pandemia, en los que cayó de forma abrupta y no recuperó su tendencia hasta 2023, cuando superó los niveles de 2019 y retomó una tendencia a un ritmo incluso superior. No es de extrañar que, con este empuje del sector turístico, hayan surgido voces que le responsabilizan de prácticamente todos los males que asolan a nuestra economía.
Muchos dicen que el problema de la vivienda se debe a esta presión turística. “Con un número de visitantes extranjeros superior a la población de Alemania, 84 millones, y buena parte de ellos yendo a pisos turísticos, absorben la práctica totalidad de la escasa vivienda en alquiler disponible”: en este tipo de argumentos se deslizan varias afirmaciones que son rotundamente falsas. La propia evidencia empírica reflejada en el gráfico sería suficiente para desmontarla: el problema de la vivienda surge recientemente, mientras que el flujo de visitantes ha sido muy intenso desde 2009 en adelante. Y con el desplome del turismo en 2020-2022 no se percibieron mejoras ni en la oferta ni en el precio de los alquileres. Además de la evidencia empírica, ese tipo de afirmaciones se desmonta con argumentos teóricos difícilmente discutibles.
El primero es que los 100 millones de turistas extranjeros no pueden ejercer una presión sobre el mercado de vivienda como el que ocurriría si se moviera toda la población de Alemania a España buscando alojamiento. El motivo es que la estancia media del turista extranjero es de unos 7 días (1/52 de un año). Por tanto, 100 millones de habitantes ejercerían una presión equivalente a 1,9 millones de demandantes de alojamiento.
El segundo argumento es que cuando hablamos de “turismo”, generalmente lo asociamos a extranjeros. De hecho, las pintadas y pancartas se dirigen a ellos en inglés: “Tourists go home”. El problema es que casi la mitad de todos los turistas que circulan por España son residentes españoles. Es decir, si los turistas son los responsables de la escasez de vivienda, la mitad de esa responsabilidad recaería en nosotros mismos, no solo en los extranjeros.
El tercer argumento es que la inmensa mayoría de los turistas, tanto extranjeros como españoles, no se alojan en apartamentos turísticos, que son los que compiten con los demandantes de vivienda en alquiler, sino en otro tipo de alojamientos. En la Tabla 1 presento el resumen de las pernoctaciones de viajeros españoles y extranjeros en España en 2025, el último año con datos completos. La diferencia de estas cifras con las de visitantes del gráfico anterior, es que se excluyen aquellos que se alojan en sus propias viviendas o en casas de familiares y amigos y, por tanto, no entran en las estadísticas de “pernoctaciones”.
Tal y como señalaba antes, el 48% de los “turistas” son españoles y el 52% son extranjeros, aunque es cierto que pernoctan más días que los nacionales. Pero más del 82% de ambos grupos se hospedan en hoteles, albergues o alojamientos de turismo rural y, por tanto, no ejercen ninguna presión sobre el mercado de la vivienda.
Un 9% de los nacionales se aloja en campings, como también lo hacen el 5% de los visitantes extranjeros, y ello tampoco supone demanda sobre la vivienda. El porcentaje de usuarios de apartamentos turísticos es de un 8,5% para el caso de los residentes y algo más alto, el 11,3% para los extranjeros.
En cuarto lugar, no todos los apartamentos turísticos están en zonas tensionadas. Esos son los que deberían ser sujetos a regulación, a una imposición igual o superior al de otros alojamientos o, simplemente, a una prohibición. Pero, reconociendo el problema que causan, y que debe ser regulado, ello no justifica la demonización de todo el sector y, ni mucho menos la de los turistas extranjeros en particular.
El otro argumento que se suele utilizar contra el turismo es que es el causante de nuestra baja productividad, uno de los puntos débiles de nuestra economía y sobre el que algunos llevamos décadas alertando. Pero es falso que nuestra baja productividad se deba al turismo. Según la Cuenta Satélite del Turismo del INE, el peso del turismo en el conjunto de la economía fue el 12,6% del total del PIB en 2024. En ese mismo año el peso del empleo del sector turístico representaba el 12,3% del total del empleo. Por tanto, la productividad del sector turístico es incluso superior a la productividad media del conjunto de la economía.
Que la llegada de turistas, españoles y extranjeros, causen problemas de congestión, agotamiento de recursos o impacto sobre el precio de la vivienda, no quiere decir que el sector sea “nocivo” para nuestra economía. Nadie discute que las exportaciones de naranjas, de aceite de oliva o de jamones encarece esos productos para los consumidores españoles. Pero a nadie se le ocurriría denostar al sector exportador o, ni mucho menos, tratar de suprimirlo. Con el turismo internacional ocurre algo parecido. Es también un sector exportador (sus ingresos de contabilizan como exportaciones de servicios) y ha sido, es y será uno de los pilares de nuestro modelo de crecimiento, que hay que cuidar y preservar.
Su sostenibilidad exige la transición hacia un modelo más basado en los ingresos que en el número de turistas, algo que vengo defendiendo desde que fui ministro del ramo en 2008-2011. Ello requiere apostar por la desestacionalización, la diversificación de los países de origen, aumentar la calidad de la oferta turística y ofrecer paquetes individualizados en función de las preferencias de los potenciales clientes, buscando atraer a los visitantes que aporten más valor añadido. Y, por supuesto, corregir las externalidades negativas que puedan surgir puntualmente para preservar nuestro patrimonio histórico y natural. Pero no demonicemos al turismo. Lo vamos a seguir necesitando por mucho tiempo.
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