El “flipimundo” de la dibujante Ana Galvañ: qué pasaría si la terapia quedara en manos de la máquina
Es un hecho que cada vez pasamos más tiempo online, sumergidos en entornos virtuales. Pero ¿qué sucedería si las personas fueran proyectadas a un mundo artificial como parte de una terapia psicológica? Esto es lo que se plantea la dibujante Ana Galvañ (Murcia, 1975) en su nueva obra, Realidad Cer0 (Apa-Apa).
Con su estética de colores flúor y formas geométricas y un concepto de la ciencia ficción decididamente social y crítico, este cómic sintetiza todas las virtudes de Galvañ como narradora; una artista que se ha caracterizado por la experimentación y la evolución gráfica. Roto este silencio de seis años —en los que se ha centrado en su faceta de ilustradora— desde su anterior libro, Ana Galvañ regresa a las librerías con un trabajo redondo, que ha realizado trabajando durante dos años y con una ayuda del Ministerio de Cultura.
El cómic gira en torno a un mundo virtual en el que se mueven las dos protagonistas, a través de avatares. Creo que es un tema que ha ido apareciendo en varias de sus obras, pero aquí se desarrolla de una manera más amplia. ¿Qué tiene de atractivo este concepto para usted?

Me interesa la idea de que haya personas que mantengan una relación sin saber nada la una de la otra, ni aspecto, edad o procedencia. Porque todo eso, hoy, genera mucha presión. Creo que el capitalismo nos separa generacionalmente, incluso nos enfrenta, y quería tener a personajes que se encuentran sin saber qué hay detrás. Esto ya se ha trabajado antes en la ciencia ficción, pero quería llevarlo a mi terreno. Por otra parte, creo que a mucha gente la realidad nos está resultando bastante dura, así que me atraía la idea de escapar de ella y estar una temporada flotando en un “flipimundo”, como dice uno de los personajes, y simplemente jugar y divertirse, sin responsabilidades, retrotraerse a la infancia.
Antes ha mencionado al capitalismo, y es interesante, porque en Realidad Cer0 vemos que, de forma muy sutil, se van introduciendo sus lógicas. Por ejemplo, en este mundo virtual, existen recompensas en forma de rupis, una moneda que luego se puede usar para mejorar los avatares. El capitalismo puede retorcer lo que parece una utopía.
Claro, siempre hay trampa [risas]. Nada es gratis. Y es también una cuestión de clase: unos tienen más rupis que otros de partida. Hay un control sobre este mundo por parte de una inteligencia artificial, aunque creo que dejo claro que el problema no es esa inteligencia artificial, sino los seres humanos. Pero sí, las cosas son más oscuras de lo que parecen.
Hay algunos momentos en el cómic en los que vislumbramos la realidad que hay detrás de este mundo, que dibuja de un modo más realista y con colores más apagados. Los cuerpos reales de las protagonistas están postrados en camas.
Al principio, pensé en no sacar nada de esa realidad. Luego pensé que en este cómic quería explicar las cosas un poco más. Yo suelo dejar las cosas muy abiertas, pero me apetecía darle a la gente las pistas para que se entienda lo necesario. Pero no me gusta sobreexplicar o resultar demasiado evidente, está bien que haya un poco de juego.
Otro tema interesante es el tratamiento que le da a la terapia. Por un lado, hay un proceso terapéutico monitorizado desde esa “realidad cero”, pero dentro del mundo virtual las protagonistas van a terapia, con una inteligencia artificial. ¿Cuál era el enfoque que quería darle a esta cuestión?
Tanto yo como mi entorno hemos pasado por terapia, porque, al final, es algo que necesitamos todos, como consecuencia del contexto. Nuestros problemas están generados por él, y en el libro he intentado dejarlo claro. Muchas veces estamos mal y lo que necesitaríamos es cambiar de trabajo, de pareja o de amistades, no es tanto que tengamos un trastorno. Los problemas de ansiedad están a la orden del día; con todo lo que está pasando en el mundo, lo raro sería estar bien. Pero también me interesa la idea de hacer terapia con una IA que no tiene sesgo humano. A veces, los sesgos de una terapeuta pueden impedir que tenga una buena relación con la paciente, que no se entiendan. Hay psicólogos buenos y malos, por supuesto, pero también tienes que dar con alguien que trate específicamente lo que te pasa a ti. De lo contrario, te puede llevar a un lugar incorrecto, o hacerte daño.
Usted casi siempre ha trabajado en clave de ciencia ficción, a contracorriente del costumbrismo o el realismo. ¿Qué potencia le ve a la ciencia ficción para hablar del presente?
Como ahora estamos hipertecnificados, parece que la tendencia es ir a lo costumbrista, y yo eso lo comprendo. La ciencia ficción a veces está de moda y a veces no… Aunque creo que yo no trabajo ciencia ficción pura, me gusta mezclar y he metido elementos del terror o incluso del costumbrismo. Pero me da igual si el género es popular. En mi entorno cultural ha sido muy importante, es un contexto en el que me siento muy cómoda para contar cosas personales o existenciales, para hablar de relaciones, de vínculos o de sistemas. Me resulta muy bonita la metáfora en la ciencia ficción, porque es muy libre. Puedes asociarlo de muchas maneras visuales.
Ese universo visual que despliega es cada vez más rico. ¿Hasta qué punto se nutre de su contacto con creadoras de generaciones posteriores? Usted participó en una gran exposición en el CCCB, Constelación gráfica (2023), junto a autoras como Miriampersand, Nadia Hafid o María Medem, entre otras.
Todo lo referencial es inconsciente en mí. No sé hasta qué punto me influye lo que veo, pero creo que me he quedado un poco en el pasado. Mis colores, por ejemplo, se están quedando un poco desfasados, no se lleva tanto el flúor, sino los colores tierra… Igual miro más dentro de mí que antes. Cuando empecé me influía el entorno más. Ahora creo que sigo más mi intuición. Esas autoras que has comentado me gustan mucho, pero no me están influyendo tanto, no tengo mucho que ver ni estética ni narrativamente. Con María Medem comparto los colores…
Pero no los combinan igual.
No, los combinamos de forma diferente. Y sus mundos son naturales, mientras que los míos son artificiales. No tenemos nada que ver en la forma, ella es mucho más poética que yo. Con Miriampersand puede que tenga más que ver, pero con el resto no lo veo, creo que van por otro lado. Creo que me influían más las cosas en torno a 2010, en el primer boom de la autoedición y los fanzines. Me influyeron mucho Michael Deforge, la gente del fanzine Enfermo, Lili Carré o Alexis Nolla. Pero creo que ahora estoy más centrada en mi propio estilo.
¿Cómo ve la escena de la autoedición actualmente?
Creo que en ese boom que hubo de autoedición había más experimentación, más vanguardia, aunque es una palabra que no me termina de gustar, mientras que en la escena actual ese aspecto está más contenido. Hay una generación muy joven que puede que no mire tanto al pasado. Hace poco estuve en un festival superbonito, el Guindazine, en Madrid, y la mayoría de la gente no sabía quién era yo. Y eso es refrescante, es como empezar de nuevo.
Pero también implica que se retroalimentan de una escena más corta, y eso hace que parezcan cosas menos modernas. Pero igual es el momento de hacer cosas menos modernas. También hay algo muy positivo en esta escena. En general, son gente con las ideas más claras, gente politizada en términos de género e identidad, todo muy trabajado. Tienen valores y se apoyan mucho entre sí. Eso me parece muy bonito. También sucede que hay gente que se siente cómoda manteniendo siempre el mismo estilo, pero yo soy más de cambiar. Si no, me aburro. De hecho, para mi próximo cómic, en el que ya estoy pensando, habrá cambios, será menos tecnológico y con elementos fantásticos.
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