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Carlota Juncosa investiga en un cómic la escena grafitera de los 2000: “Si eras chica y ponías demasiado rosa, estaba mal visto”

Carlota Juncosa, autora de 'Malas ideas'

Gerardo Vilches

25 de marzo de 2026 22:07 h

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Carlota Juncosa (Barcelona, 1984) no es una autora que se caracterice por tomar el camino fácil. Fanzinera, licenciada en Filosofía y profesora de diseño, en su primera obra larga se embarcó en un libro atípico, Carmen de Mairena. Una biografía (Blackie Books, 2017). En él narraba su encuentro con Carmen de Mairena y su entorno, sin filtros y sin condescendencia con el personaje. Con un estilo inmediato, alejado de lo académico, y un trazo sintético con el que comunica de forma directa, Juncosa llamó la atención de un mercado que ya entonces estaba empezando a acostumbrarse demasiado a ciertas fórmulas más cómodas.

Nueve años después, Carlota Juncosa ha vuelto a publicar un cómic (en 2024 publicó el ensayo El motor creativo en la editorial Temas de Hoy). Como en aquella primera obra, vuelve a ponerse a sí misma en el centro. Porque Malas ideas (Reservoir Books) puede considerarse una obra documental sobre la escena del grafiti en Barcelona a principios de los 2000, pero es también un ejercicio de autobiografía: el reencuentro emocional de la dibujante con su adolescencia, a través de varias entrevistas con grafiteros de su época que, en muchos casos, son sus antiguas amistades, que la conocieron como Lua.

Tal y como cuenta Juncosa en conversación con este medio, no ha sido fácil. “Ha sido un proceso largo, nueve años en total, ya que empecé con las entrevistas después de publicar Carmen de Mairena. Llegué a tener material para trescientas páginas, pero el libro ha acabado teniendo unas 180; tuve que quitar muchas cosas. Algunas las sacaré pronto en un fanzine para desquitarme”, revela la autora.

Pese a todo, Carlota Juncosa califica el proceso como “divertido”, y gracias al libro ha podido reevaluar una etapa de su vida de la que se había desconectado. Cuando comenzó con las entrevistas, ya no tenía contacto con esa escena: “Me había desvinculado completamente. Fue como invocar a fantasmas. Es como cuando ves a una expareja de hace millones de años” explica entre risas. Así, más allá de unas primeras páginas en las que Juncosa evoca las inseguridades y los descubrimientos propios de la primera adolescencia desfilan en sucesivos capítulos viejas amistades: Isis, quien fue su mejor amiga, Vodoo, Slim o El Burto. Gracias a ellos Juncosa explica las claves de diferentes modalidades: pintar metros, street art, tags (la firma de cada escritor). Pero hay un matiz: “Lo que más me sorprendió fue cómo cada uno de ellos se había especializado en una práctica muy concreta, según su carácter, aunque en los primeros años todos hacíamos un poco de todo”, explica la autora.

En Malas ideas, además, Juncosa expone algunas experiencias desagradables, incluso traumáticas, que tienen mucho que ver con su decisión de realizar la obra. “No supe por qué empecé este libro hasta que lo terminé”, confiesa la dibujante. “Creo que empecé las entrevistas para saber por qué ellos hacían grafitis, pero también para encontrarme a mí. De hecho, la escritura se demoró porque tuve que procesar cosas a nivel emocional que había dado por zanjadas, pero que si no incluía, y esto también supuso un dilema, no habría encontrado el sentido del libro para mí”, dice.

Dos página del cómic 'Malas ideas' de Carlota Juncosa

El machismo está muy presente en esas experiencias, aunque Juncosa matiza que no había más en la escena grafitera que en el conjunto de la sociedad. “Hoy hay más presencia femenina, porque hay gente que se ha educado con unos valores distintos”, afirma. Pero entonces, en los primeros 2000, “había cosas que eran peyorativas. Si eras una chica y ponías demasiado rosa o pintabas las letras con formas más redondeadas, estaba mal visto, pero no se decía directamente, se decía a las espaldas [risas]”.

En ocasiones, las mujeres eran señaladas por empezar a pintar porque su novio lo hacía, o perdían su red cuando cortaban con una pareja en cuyo grupo pintaban, tal y como explica la autora. “El machismo deriva en ciertos abusos, que tienen unas implicaciones psicológicas fuertes. Y lo que pasa emocionalmente se transmite a nivel artístico. Así que claro que yo necesitaba hacer ciertas cosas y ser temeraria. No estaba muy zen en ese momento, y tenía mis razones”, dice.

¿Vandalismo o arte?

Para buena parte de la sociedad, el grafiti no es más que una forma de vandalismo. “A veces el grafiti es destructivo, es feo y molesta —afirma—. Pero no todos los dibujos son bonitos o tienen que gustar a todo el mundo. Hay algo que dice Santiago Figueroa, que tiene un doctorado sobre grafitis, algo así como que decir que todos los grafitis no son válidos es lo mismo que decir que toda la pintura barroca no lo es. Hay que entender que hay una escala de calidad dentro de eso”.

En sus orígenes, el grafiti fue combatido por las autoridades, a pesar de que cuando empezó a actuar el pionero del medio, el estadounidense Taki 183, “la prensa lo ensalzó como algo curioso”, señala Juncosa. “Pero enseguida el papel de los periodistas cambió, con el objetivo de controlar la narrativa. Por eso es importante poder explicar las cosas desde otro lugar, para tener una visión que nos saque del discurso único, limitado e interesado”.

Dos página del cómic 'Malas ideas' de Carlota Juncosa

La autora relaciona la persecución del grafiti con la necesidad de control: “En la época de la Guerra Fría, cuando los grafiteros empezaron a pintar metros, lo primero que hicieron fue reprimirlos con agresividad. Pero también hubo un intento, que acabó rápido, de crear una división de la policía especializada en grafiteros, que negociaban con ellos y se ganaron su respeto”, señala. Incluso pueden encontrarse ejemplos de integración del grafiti con aceptación social, como el caso de Panamá que relata Juncosa: “Estados Unidos cedió unos autobuses, que fueron pintados por artistas del grafiti. A la gente le encantó y se convirtieron en algo emblemático, hasta el punto de que cuando los retiraron se pidió que no los destruyeran y los reconvirtieron en bares”.

En su época, nos cuenta, las cosas no eran tan complicadas como hoy, con las calles llenas de cámaras. “Había restricciones, porque era la época del eslogan ‘Barcelona, ponte guapa’, y se perseguía mucho pintar las fachadas. Pero no recuerdo que fuera especialmente difícil. Sabías los muros que había, dónde podías pintar”, explica. Y existía incluso un espacio emblemático, el muro del MACBA: “Todo el mundo lo conocía, venía gente de todas partes… Era muy divertido”, recuerda. Pese a ello, el libro muestra los choques con la policía y el trato denigrante que muchos grafiteros sufrían en sus manos. “Te dabas cuenta de que podían ser todo lo abusadores que quisieran, y eso era brutal”, explica la autora, quien llegó a entrevistarse con varios policías para un capítulo que finalmente no está en el libro. “Me decían que ellos solo querían un trabajo seguro, y que cuando hacían esas cosas se ponían ‘las gafas de madera’. Es decir, que miraban para otro lado. Fue muy revelador”, desarrolla Juncosa.

Los años del Fotolog e IRC

Para la dibujante, una de las cosas más importantes de la cultura del grafiti es cómo pone en cuestión una serie de valores que damos por sentados. “Cuando algo se sale de la norma y ataca los espacios públicos es donde tenemos el problema —señala—. Pero hay que pararse a pensar para darse cuenta de qué es legítimo hacer y qué no en un espacio público”. Tal y como afirma, eso no deja de ser un constructo, una ficción: “La sociedad nos vende la promesa de que vivimos en un espacio seguro donde todo funciona. Pero eso no es así: cada grafiti que ocupa un espacio donde no debería estar es un recordatorio de que no hay seguridad ni control”.

Así, se criminaliza el grafiti para evitar hablar de otras cosas, “como la falta de derechos, o las cuestiones raciales, que en Estados Unidos ni siquiera hoy se han resuelto”. Para Juncosa, hay algo rompedor en estas prácticas. “En una época en la que estamos bastante encorsetados, el grafiti es un reducto de la espontaneidad. Y eso es una necesidad humana”, afirma.

“El grafiti vivió una transformación con los smartphones y las redes sociales”, explica la autora cuando se le pregunta por la escena de hoy. “En aquella época, cuando hacíamos un grafiti lo subíamos al Fotolog, y nos comunicábamos por IRC. Ahora se entra en la lógica de las redes, estás mucho más conectado”, afirma Juncosa, que añade: “Internet ha generado una internacionalización de las prácticas”. También ha puesto mucha información a disposición de los jóvenes. “Ahora puedes encontrar como hacer las cosas para dummies, y hay más material, rotuladores más grandes… Pero no veo mi época con nostalgia, para nada. Cada momento es distinto”, afirma. “Yo ahora debo de estar superdesfasada con lo que se está haciendo —confiesa—. Pero hay algo, ese espíritu de querer hacértelo tú, que creo que se mantiene. Darte un lugar. Eso es imperecedero y está en cualquier momento de la historia. Cómo se expresa y qué contingencias atraviesa es lo que cambia”.

Reglas a los chavales

Determinado arte urbano parece haber sufrido un proceso de legitimización, que ha llevado a Banksy a los museos o que hace que muchos ayuntamientos paguen a artistas por decorar fachadas. Juncosa opina que “hay que pensar por qué uno se integra en lo oficial desde el grafiti, qué papel cumple”. Y advierte: “El grafiti, cuando tira al street art, puede acabar teniendo relación con la gentrificación, como sucedió en Berlín, que era una ciudad muy barata que apostó por el arte urbano y las casas okupas y hoy es carísima”.

Sin embargo, Juncosa no es partidaria de idealizar a la vieja guardia o marcarle el camino a la gente joven. “Hay grafiteros que se quejan de los chavales, de que lo tienen más fácil, pero es absurdo. El grafiti en sí mismo consiste en que no hay reglas, ¿por qué le impones unas reglas a los chavales?”, se pregunta.

Cuando se le pregunta a Juncosa qué es lo más importante que le ha aportado su experiencia en los grafitis, se toma unos instantes en silencio para contestar. “El grafiti me ha permitido desterrar la ficción de identificarme con algo que es estático. Las tradiciones nos aportan seguridad, y nuestro cerebro necesita eso”, reflexiona. La autora cree que la popularidad de determinadas creencias no es casual. “Estamos en un momento de auge de la astrología, por ejemplo, que indica que algo nos está faltando, algo que antes nos aportaban las religiones. Y el grafiti tiene un poco de eso: es una comunidad, como lo es una religión, hay unas normas, una rutina… Yo buscaba todo eso en el grafiti, pero con el tiempo me di cuenta de que no es así. Ese es el aprendizaje que me llevo: estoy bien dentro de la inestabilidad”, concluye.

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