Abascal y Orriols: la patria era lo de menos
«Hoy hay que aplicar un 155 al califato islámico». Con esta contundencia, Santiago Abascal ha diseñado su nueva estrategia en Catalunya para perforar el techo electoral de los dos diputados obtenidos en 2019 y 2023. La maniobra es tan hábil como cínica: instrumentalizar la identidad catalana frente al fenómeno migratorio y desplazar el tradicional eje del debate del plano nacionalista al identitario. Un terreno donde las fronteras ideológicas se diluyen, permitiendo una insólita sintonía con Aliança Catalana.
La paradoja no roza el esperpento: se instala cómodamente en él. Por un lado, Vox aboga de forma sistemática por la ilegalización de las fuerzas independentistas; por el otro, la alcaldesa de Ripoll tiene como meta declarada la secesión de Catalunya. A pesar de eso —y es mucho pesar—, Orriols no ha tenido reparos en allanar el camino hacia las generales del 29N, sugiriendo el voto a favor de los de Abascal. Es el rocambolesco espectáculo de una independentista validando las papeletas de quienes aplaudían el despliegue policial del «A por ellos».
Es evidente que no solo Feijóo: Abascal también ha aprendido de los errores garrafales de 2023. Si en aquellas elecciones abogó por someter a Catalunya a un 155 «permanente» —porque el del PP era «de chiste»—, ahora el enemigo es el inmigrante, sobre todo magrebí, en una sociedad todavía traumatizada por el atentado de Las Ramblas ideado desde Ripoll, localidad de la que Sílvia Orriols es alcaldesa y donde emergió esta nueva variante trumpista del independentismo.
Lo más delirante de todo es que fue precisamente el combate frontal al soberanismo catalán el combustible electoral que propulsó la expansión nacional de Vox. Los datos históricos son inapelables: en las encuestas de 2024, casi el 60% de sus electores defendía la recentralización o la supresión total de las autonomías y la inmensa mayoría rechazaba de plano cualquier concesión a Catalunya. El acercamiento actual a Orriols no pretende reconciliar proyectos incompatibles de país, sino algo mucho más simple, descarado y descarnado: sumar votos. Cuando la inmigración se convierte en la prioridad absoluta, incluso los principios más sagrados de la unidad territorial pueden relegarse a un segundo plano.
Lo cierto es que hay una coincidencia de fondo entre ambos electorados. La inmigración es el principal problema para el 39% de los votantes de Vox y para el 25% de los de Aliança, frente al 11% del conjunto de la población catalana, que tiene a la vivienda como principal preocupación (30%). Mientras buena parte de la ciudadanía prioriza los problemas materiales, el votante extremista sitúa la inmigración en el centro del debate. Entre otras cosas, porque le han dicho que la solución de los primeros pasa por la erradicación de la segunda.
Solo la aritmética electoral puede explicar las razones de esta tregua táctica. En las generales de 2023, el PP capitalizó el voto conservador en Catalunya con más de 460.000 papeletas y seis escaños, dejando a Vox en una posición subalterna con solo dos. Pero ahora el barómetro de octubre del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO) apunta a otro escenario: los populares obtendrían entre seis y siete diputados y Vox podría alcanzar entre cinco y seis, recortando considerablemente las distancias. La decisión de Orriols de no concurrir a las elecciones generales deja el camino libre para que Vox lo consiga: la transferencia de voto indica que una quinta parte de los simpatizantes de Orriols ve con buenos ojos la papeleta verde para el Congreso.
Pero el Partido Popular no pretende ceder ni alegre ni gratuitamente esa mina electoral a los de Abascal, así que ha vuelto a situar en primera línea a Xavier García Albiol, que en 2015 —con un Vox irrelevante— ya popularizó la promesa de «limpiar Badalona», vinculando abiertamente inmigración y criminalidad. Ahora ha trasladado esa política a las redes sociales. El 25 de octubre difundió el vídeo de un desalojo en el que llamaba a un hombre «mafioso de mierda» y «miserable». La escena tiene algo —o mucho— de matonismo político: un alcalde que abandona el papel institucional para protagonizar una demostración de fuerza ante la cámara. Todo con tal de que la bochornosa secuencia se convierta en propaganda viral.
Porque la competencia entre nuestras derechas consiste en ver quién exhibe más dureza o promete leyes más draconianas. Es la nueva política de la crueldad. Albiol lleva años construyéndose ese perfil de alcalde sin contemplaciones y Vox ha hecho de las declaraciones políticamente incorrectas su principal seña de identidad frente a esa «derechita cobarde» que no se atreve a llamar a las cosas por su nombre. Pero intentar frenar a tu rival con sus mismas armas puede acabar legitimando su discurso y alimentando su crecimiento electoral.
La campaña electoral que se avecina, sin duda, será una pelea «a cara de perro» por situar en el centro de la atención a Maricarmen o a «Morocarmen», como escribió el líder de Vox en un calambur que delata su verdadera estatura moral. O Ceuta o vivienda. Por eso Abascal y Orriols no necesitan compartir bandera para entenderse: les basta con coincidir en quién debe quedar fuera de las respectivas comunidades —hasta ahora excluyentes— que cada uno asegura defender a capa y espada. Mientras eso dé votos, la patria puede esperar.
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