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La izquierda de la izquierda: sumas que restan, restos que quedan en nada

La líder de Podemos, Ione Belarra, conversa con el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, durante la primera reunión de la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados, este viernes.
17 de octubre de 2026 22:11 h

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La disputa electoral del próximo 29N promete emociones fuertes en el frente —menos amplio de lo que se pretendía— de la izquierda de la izquierda, un espacio político que parece haber sustituido la lucha de clases por la aritmética recreativa. La gran paradoja de esta legislatura que agoniza es que la plataforma nacida bajo el verbo Sumar ha terminado conjugando el verbo contrario. Su lideresa, Yolanda Díaz, tras un expediente impecable en el Ministerio de Trabajo, parece haber emulado a Manuela Carmena: ha cogido el portante, cansada de gestionar un parvulario de egos e inmadurez política. Lo más fascinante —y doloroso— del asunto es que este festival de la escisión se produce compartiendo el 95% del programa electoral. Se matan por las listas mientras coinciden en los diagnósticos: vivienda, impuestos, servicios públicos, desigualdad económica o impuestos a la banca. Algo que, sin duda, derecha y extrema derecha contemplan y disfrutan frotándose las manos.

Todo parece indicar que durante las negociaciones no ha habido debate ideológico, sino cálculo de tahúr de casino. Podemos ha intentado territorializar los acuerdos allí donde aún le queda algo de tracción electoral para no ser engullido por el Frente Amplio. Por otro lado, Gabriel Rufián también ha jugado sus propias bazas, aprovechando su innegable tirada mediática para asegurarse un puesto de salida de ensueño sin el engorroso trámite de salir a buscar 400 avales, como se ve obligado a hacer todo hijo de vecino en ERC, ni pagar 155 monedas de plata. Y, como golpe de efecto final, el retorno de Ada Colau, la alcaldesa inopinada de los tiempos prometeicos del “Sí se puede”. Su mística original se fraguó con los desahucios de la crisis financiera del 2007, esos mismos dramas habitacionales que, curiosamente, siguen ejecutándose hoy en día. Lo que demuestra, lamentablemente, que los gobiernos de izquierda —una rara avis ya en la Europa actual— han sido incapaces de deshacer el nudo gordiano de la ortodoxia neoliberal, ese que considera la vivienda una mercancía más y la maximización de beneficios el único mandamiento: las claves de bóveda del problema de la vivienda que ha acabado estallando socialmente y llevándose por delante una legislatura ya de por sí convulsa.

Esta propensión al fraccionamiento de la izquierda no es nueva, es el ADN de la casa. Ya en los tiempos fundadores de Marx y Engels las divisiones entre reformistas socialdemócratas y revolucionarios eran legendarias. También ahora unos y otros se culparán del fracaso a la hora de conformar una candidatura conjunta, aunque fuera por motivos puramente electorales con el único fin —no lo olvidemos— de intentar desviar la borrasca extremista que domina el clima político español. El desafío era y es formidable. La respuesta, decepcionante —si no mezquina—, no ha estado ni mucho menos a la altura.

En mitad de este patio de vecindarios mal avenidos, Pedro Sánchez observa el tablero con la tranquilidad de quien conoce las debilidades del rival. Al PSOE nunca le ha temblado el pulso a la hora de practicar el canibalismo electoral: ya en 2008 dejó a Izquierda Unida tiritando en el Congreso, con apenas dos escaños, gracias a la implacable guadaña del voto útil. La gran incógnita es si Sánchez realmente cree que puede reeditar la aritmética mágica de 2023 —una carambola que hoy parece inviable con esta macedonia incomprensible de siglas— o si, en un alarde de ese pragmatismo maquiavélico que le achacan sus enemigos, ha convocado el adelanto electoral para dejar a su partido en la oposición, pero en unas condiciones más ventajosas de lo que el curso de la legislatura permitía imaginar. 

El verdadero drama para la izquierda no se jugará en los platós de televisión, sino en la fría contabilidad electoral de las circunscripciones pequeñas y medianas, esas que reparten 219 de los 350 escaños. En 2023, la candidatura unitaria de Sumar y Podemos ya sufrió la penalización de un sistema que no entiende de purezas inmaculadas: mientras en las grandes capitales el voto resultó eficiente, en las provincias de menos de seis escaños se convirtió en humo. Más allá del 5% oficial, el umbral real para rascar un diputado en provincias pequeñas como Ávila, Cuenca o Teruel oscila entre un prohibitivo 12% y 18%. En las medianas, como Jaén o Zaragoza, la barrera real se sitúa entre el 8% y el 12%. Presentarse por separado aboca a ambas listas a quedarse en un letal 5% o 7%: un porcentaje muy digno para el orgullo de partido, pero equivalente a un cero absoluto en escaños. Lo trágico es que el 57% de los votantes progresistas pedía a gritos esta unidad para frenar un gobierno de PP y Vox. 

El filósofo Ernst Bloch afirmaba que la izquierda se caracteriza por mantener siempre encendido el principio de la esperanza, que ahora se ve seriamente amenazada por la implacable lógica de la Ley D'Hondt. Para una izquierda alternativa que, en su gran mayoría, se declara agnóstica o directamente atea, creer en los milagros electorales no deja de ser un contrasentido. Creer, además, que el milagro de 2023 se va a repetir con papeletas divididas es casi tanto como creer en la segunda venida de Cristo. Pero, ante el frío veredicto de los datos y las artimañas de los tahures, solo nos queda ese viejo vicio de no perder la esperanza.

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