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Rubén Díaz, el ángel guardián que ayuda a quien “ha perdido todo”: “Vemos a alguien en la calle y torcemos la cabeza”

Foco
Rubén Díaz y Belén Simón, integrantes del proyecto Alma, dedicado a ayudar a las personas sin hogar en Palma.

A. Lliteras

Mallorca —
27 de octubre de 2026 22:30 h

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Rubén Díaz (Palma, 1979) es fotógrafo, pero desde hace años dedica buena parte de su vida a acercarse a quienes viven en la calle y a movilizar a otras personas para ayudarlos. Su proyecto, Alma, no es una asociación ni una fundación, sino un movimiento cívico nacido de una convicción personal: nadie debería ser invisible cuando atraviesa una situación de vulnerabilidad. Con la colaboración de una comunidad de miles de personas, ya ha contribuido a que 26 personas salgan de la calle en Palma.

Su compromiso está ligado a su propia historia. Procede de una familia humilde, nunca ha tenido una vivienda en propiedad, ha vivido desahucios, lo echaron de casa cuando era niño y ha pasado por nueve hogares. Conoce la inseguridad de no disponer de un lugar propio y defiende que tener un techo es el primer paso para reconstruir una vida. “Quieren que trabajemos, que seamos productivos, etcétera, pero lo primero es tener una vivienda digna”, sostiene. Atribuye su sensibilidad a la educación que recibió de sus padres, basada en la compasión, el amor, el perdón y la justicia social. Cuando empezó a pararse a hablar con personas que dormían en la calle, se hizo una pregunta que acabaría marcando su camino: “Rubén, acércate a ellos; a ver qué puedes hacer para mejorar su situación”. Para él, esta forma de mirar a los demás constituye “la herencia más bonita” que tiene.

Al principio, Rubén actuaba solo. Deambulaba por las calles de la ciudad, escuchaba historias y las compartía con las personas más cercanas. Después comprendió que las redes sociales podían multiplicar el alcance de su iniciativa. “¿Por qué no visibilizar todo esto en las redes sociales?”, se preguntó, consciente del poder de estas plataformas. Allí dio a conocer un proyecto que empezó a tomar impulso durante la pandemia de la COVID-19, cuando decidió aprovechar aquel momento de cambio para despertar conciencias y conectar a personas dispuestas a ayudar.

El proyecto Alma nació cuando Rubén decidió dejar de pasar de largo ante quienes dormían en la calle.

Dejar de mirar hacia otro lado

Rubén centra su atención en quienes lo han perdido todo y viven en la calle, pero también quiere desmontar los prejuicios que los rodean. Rechaza que se los identifique automáticamente con las adicciones y recuerda que, detrás de la pérdida de una vivienda, puede haber problemas de salud mental, rupturas sentimentales, depresiones, duelos y otras circunstancias capaces de desestabilizar una vida. “He conocido y atendido a gente en la calle que lo tenía todo y que, por algún motivo, lo ha perdido todo”, explica.

Cuando se acerca a alguien que duerme en la intemperie, intenta imaginarlo de niño, antes de que las circunstancias lo condujeran a esa situación. No ve únicamente a alguien que necesita comida o alojamiento, sino a una persona con una historia que merece ser escuchada. “Han sido inocentes y han tenido una vida muy dura, pero no se merecen seguir siendo invisibles”, señala.

Han sido inocentes y han tenido una vida muy dura, pero no se merecen seguir siendo invisibles

Rubén Díaz — Responsable del proyecto Alma

Lo que más le indigna es la indiferencia con la que se ha normalizado el sufrimiento en el espacio público. “Hemos normalizado ver a alguien totalmente destruido en la calle y torcer la cabeza”, denuncia. Considera esa actitud “absolutamente inhumana” y recuerda que nadie está a salvo de atravesar una situación semejante: “Te puede pasar a ti y, cuando te pase, querrás que alguien te ayude”, sentencia, y de ahí reclama recuperar la empatía y la solidaridad. “Humanicemos de nuevo, recuperemos los valores, la empatía y la solidaridad que unen al pueblo”, sostiene.

Te puede pasar a ti y, cuando te pase, querrás que alguien te ayude. Humanicemos de nuevo, recuperemos los valores, la empatía y la solidaridad que unen al pueblo

Rubén Díaz — Responsable del proyecto Alma

Alma también responde a su desconfianza hacia las estructuras tradicionales. Rubén decidió no constituir una entidad formal para evitar los trámites, la burocracia y las obligaciones que, a su juicio, pueden complicar una iniciativa ciudadana. “Lo hice a propósito porque, cuando creas algo legal, tienes que rendir cuentas, hacer papeles y lidiar con la burocracia; es un lío”, explica. Y se pregunta: “¿Por qué tenemos que entrar siempre en el sistema?”, al considerar que cualquier ciudadano puede ayudar a los demás sin necesidad de crear una organización.

Modelo actual

Su crítica alcanza al modelo de sociedad actual, marcado, en su opinión, por el consumismo, las empresas que destruyen el planeta y el miedo como herramienta de control. Se define como apolítico y no se identifica con ninguna religión, aunque mantiene una profunda fe en las personas. También cuestiona el racismo y la xenofobia, que considera mecanismos para dividir a la población. “Son las personas las que son buenas o malas, no el color de su piel ni su lugar de procedencia”, afirma.

Rubén recuerda la época de sus abuelos como un tiempo en el que había más contacto entre vecinos, más vida familiar y más disposición a escuchar. Frente a aquella convivencia, lamenta que las pantallas, el miedo y el egoísmo hayan debilitado los vínculos comunitarios. También cuestiona la manera en que se percibe a las personas migrantes, a menudo presentadas como una amenaza, mientras que los españoles que emigraron a Sudamérica en otras épocas podían ser vistos como exploradores. Gracias a su pasión por el baloncesto, y rompiendo la imagen que acaso llene parte del imaginario colectivo, Rubén Díaz señala que ha conocido a numerosos sudamericanos que han llegado a Balears y han creado empresas que han dado trabajo a mallorquines y a otros españoles.

Viajar más hacia dentro

Para Rubén, recuperar la solidaridad exige también un ejercicio de introspección. Propone conocerse mejor, reconocer la parte oscura de cada uno y aprender a aceptarla, en lugar de proyectar las propias contradicciones sobre los demás. Solo así, sostiene, podemos reconocer las capacidades y posibilidades de quienes tenemos delante, sin reducirlos a sus errores o a las circunstancias que atraviesan. 

Esa mirada está presente en su manera de acompañar a las personas que encuentra en la calle. Uno de los casos que mejor ilustra su buen hacer es el de José, un joven que le pidió ayuda para abandonar su adicción al alcohol y a las drogas. Trabajaba en la construcción, pero gastaba todo el sueldo en consumir, hasta que terminó perdiendo su hogar. Rubén recuerda su historia como un ejemplo de la dificultad de reconocer a tiempo que algo debe cambiar. “Parece ser que hasta que no tocamos fondo no nos damos cuenta de las cosas”, reflexiona, mientras apostilla: “Todos tenemos esa parte de aprendizaje; lo bonito de la vida es aprender”.

José pasó dos años en un centro de desintoxicación, durante los cuales Rubén fue su persona de acompañamiento. Después se marchó a Andalucía y, otros dos años más tarde, ambos se reencontraron por casualidad en Palma. José había rehecho su vida: caminaba junto a su mujer y su hijo. El niño tenía un nombre que convirtió aquel encuentro en algo especialmente emotivo: Rubén, en agradecimiento a la persona que le había ayudado a salir de la calle.

Rubén ayudó a José, que le pidió ayuda para abandonar su adicción al alcohol y a las drogas. Tras pasar dos años en un centro de desintoxicación, se fue a Andalucía y, dos años más tarde, se reencontró con él en Palma. Había rehecho su vida: caminaba junto a su mujer y su hijo, a quien puso de nombre Rubén

El mallorquín considera que las adicciones pueden estar vinculadas a traumas no superados y a la dificultad de afrontar determinadas experiencias. Para romper los patrones de consumo, explica, es necesario construir una vida más atractiva que aquella en la que la adicción ocupa el centro. Eso puede implicar cambiar de amistades, modificar rutinas o pasar el día en otro barrio y regresar al lugar de origen únicamente para dormir, evitando así el entorno asociado al consumo. Para ello, destaca la importancia de la naturaleza, el deporte, la alimentación, el cuidado personal y la capacidad de pedir perdón a quienes estuvieron al lado de uno y no se supo valorar.

Belén: de la calle a ayudar a otras personas

En la entrevista participa también Belén Simón, la primera persona a la que Rubén ayudó a salir de la calle. Él la considera “su hermana mayor” y asegura que son familia. Hoy tiene trabajo y casa, y colabora en Alma acompañando a otras personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad. Su historia, sin embargo, está marcada por los malos tratos, la exclusión residencial y una grave adicción a la heroína.

Belén y Rubén se conocieron en noviembre de 2019, en el mercado del Olivar de Palma, cuando ella vivía en la calle con sus dos perros. “En ese momento nos reconocimos”, recuerda él, como si estuvieran predestinados a conocerse ese mes de otoño. Rubén creyó que podía ayudarla y ambos encajaron desde el principio. Antes de aquel encuentro, Belén había vivido una situación de extrema vulnerabilidad. En la pandemia, fue desalojada de una vivienda en la zona de Pere Garau tras una estafa relacionada con el alquiler. Según relata, había entregado una cantidad de dinero como reserva, pero no llegó a firmar un contrato. Días después, el arrendador denunció ante la policía que dos personas –ella y su pareja– habían ocupado su casa y les cortó la luz y el agua. Intentaba expulsarlos en plena pandemia, una dura experiencia a la que se sumaba la violencia machista que Belén sufría, una “auténtica pesadilla”.

Ella terminó en la calle con sus dos perros y se instaló en la zona del Olivar, donde convivió con personas que bebían y que, en aquellas circunstancias, constituían la mejor protección que encontraba. Allí, en la estacada, conoció a Rubén, su “ángel guardián”. En la calle, sin vivienda, sin apoyo familiar y sin una red de afectos que la sostuviera. A pesar de ello, su recuperación es especialmente significativa porque comenzó cuando todavía vivía con todo ese peso y dificultad. 

La adicción de Belén había alcanzado un punto devastador tras la muerte de su tío Juan, a quien quería mucho. Acabó en el poblado de Son Banya y pasó una semana fumando heroína sin parar. Lo hizo con una promesa: si sobrevivía, abandonaría aquel mundo. Una ambulancia tuvo que recogerla y trasladarla al hospital. Pesaba 22 kilos y era “un auténtico cadáver”, recuerda al evocar aquella etapa. Sin embargo, y por fin, “a mí, Dios me salvó de las cenizas”, afirma hoy.

Belén Simón, que un día necesitó esa mano tendida, ahora la ofrece a quienes atraviesan situaciones complicadas.

Incluso viviendo en la calle, Belén buscaba la manera de trabajar. Cobraba cuarenta euros por ir a limpiar y, en esas, destinaba veinte a pagar a una chica que cuidara de sus perros. Con el tiempo, la ayuda de Rubén y su propia voluntad le permitieron dejar atrás la adicción, encontrar trabajo y conseguir una vivienda. Ahora, esta mujer de cincuenta y tres años forma parte del grupo de seis mujeres que colaboran en Alma y utiliza la experiencia vivida para orientar a Rubén sobre las personas que encuentra en las calles de Palma.

a desarrollado, explica, una capacidad para reconocer las circunstancias de cada caso y detectar quién puede estar preparado para iniciar un proceso de recuperación. “Yo recibí el bien y ahora es lo que intento transmitir”, afirma quien ha comprobado el efecto de ese acompañamiento con una persona que llevaba más de 25 años bebiendo alcohol y que, gracias al cariño y la atención recibidos, ha decidido entrar en un programa para abandonar la bebida. “A veces es cuestión de hablar unos minutos con alguien que está peor que tú y devolverle la dignidad que le corresponde”, explica.

Rubén también ayudó a Belén, quien terminó en la calle con sus dos perros tras una historia marcada por la violencia machista, la pérdida de su casa y una adicción a la heroína. Ahora ha encontrado una casa y un trabajo y ayuda a Rubén: 'Yo recibí el bien y ahora es lo que intento transmitir'

Agacharse a la altura del vulnerable

Rubén Díaz pide a quienes sientan miedo o incomodidad ante las personas que viven en la calle que se acerquen a ellas con humildad. Propone agacharse, físicamente, darles la mano y empezar con una frase sencilla: “Aquí estoy, te escucho”. Acaso quienes han pasado años siendo invisibles pueden haber perdido la confianza en los demás; por eso, que alguien se detenga y escuche puede romper una barrera, expresa. Y es que “en ese momento surge la magia”, afirma el fotógrafo, que cada día recibe mensajes en las redes sociales de personas que necesitan ayuda. Prioriza los casos más urgentes, tanto de quienes ya viven en la calle como de quienes están a punto de perder su vivienda. La respuesta puede consistir en ropa de abrigo, una tienda de campaña o una habitación temporal. “Somos un grupo que ofrecemos ayuda en el momento; no damos cita”; cuenta.

Cada día, Rubén recibe mensajes en las redes sociales de personas que necesitan ayuda. Prioriza los casos más urgentes, tanto de quienes ya viven en la calle como de quienes están a punto de perder su vivienda

Antes de compartir una historia con su comunidad de miles de seguidores, comprueba que la situación sea real y pide permiso a la persona afectada para extender su caso. Después expone sus necesidades y coordina, junto con su equipo, los ofrecimientos que llegan: alojamiento, empleo, ropa, dinero u otros recursos. Las microdonaciones permiten pagar habitaciones y cubrir necesidades básicas mientras se busca trabajo y se intenta que cada persona pueda recuperar su autonomía. 

Alma no es una asociación ni una fundación, sino un movimiento cívico nacido de una convicción personal: nadie debería ser invisible cuando atraviesa una situación de vulnerabilidad.

Ocurrió en uno de los casos. Una mujer alemana que le escribió un lunes porque el jueves iba a ser desahuciada junto a sus cinco gatos. Había acumulado una deuda, no encontraba trabajo pese a tener formación en marketing y dirección de empresas y había acudido a varias ONG y a los servicios sociales sin conseguir una solución. El fundador de Alma se reunió con ella y, en dos días, encontró una habitación en una casa de campo ofrecida por una seguidora. Reunió los 500 euros necesarios para pagarla y consiguió que un amigo se encargara de la mudanza.

Con el tiempo, encontró trabajo y comenzó una relación sentimental con ese mismo amigo de Rubén que había tendido su mano. “Cuando estás en una vibración alta, cuando te entregas a los demás, ocurren cosas muy bonitas”, añade quien durante la entrevista recurre a la leyenda de los dos lobos de los pueblos cheroquis para explicar que la actitud con la que afrontamos la vida influye en nuestras decisiones. No plantea negar las dificultades, sino encontrar fuerzas y apoyos para no quedar atrapados en ellas.

Otra de las beneficiarias ha sido una mujer alemana sin casa que, en dos días, encontró una habitación en una casa de campo ofrecida por una seguidora de Rubén en redes sociales

Vivienda, salarios y respuesta pública

La labor de Alma pone de manifiesto las carencias de una respuesta social que, según Rubén, debe abordar tanto las urgencias como las causas de la exclusión. En Palma, asegura, hay pisos vacíos cuyos propietarios no quieren alquilarlos por miedo a que los ocupen. Es por ello que defiende la regulación de los precios y la creación de vivienda social para facilitar el acceso a un hogar. Apoya las manifestaciones ciudadanas, pero pide que las reivindicaciones no se radicalicen ni queden subordinadas a las banderas y voluntades de los partidos políticos. “Si quieres gobernar y te olvidas del pueblo, no existe el sentido”, sostiene. Reclama, además, una relación más equilibrada entre el índice de precios de consumo (IPC) y los salarios. “La gente no da para más”, afirma al describir a personas que necesitan dos trabajos para alimentar a sus hijos y que terminan agotadas, deteriorando su salud. Desde su perspectiva, no se puede exigir productividad sin garantizar antes unas condiciones de vida dignas.

El trabajo de Alma ha despertado el interés de responsables públicos de Palma. Rubén explica que la directora de Asuntos Sociales y la teniente de alcalde del consistorio le han pedido ayuda para estructurar un plan de actuación. Entre las cuestiones abordadas, está la necesidad de contar con más agentes de campo, capaces de salir de sus oficinas y hablar en un cara-a-cara con quienes necesitan ayuda. De esas conversaciones podría surgir un voluntariado destinado inicialmente a ofrecer apoyo emocional y psicológico a personas que viven en la calle, en caravanas, tiendas de campaña o asentamientos varios, y después acompañarlas hacia una vida mejor. Rubén reclama además una mayor coordinación entre los servicios sociales de la comunidad y más plazas en albergues que reduzcan las listas de espera. 

Dejar de juzgar para empezar a ayudar

Belén y Rubén rechazan que la situación de una persona pueda juzgarse desde fuera sin conocer su historia. “Las personas que más critican a los demás, que menos ven el sufrimiento ajeno, son las que más podridas están por dentro”, sentencia él. Su mensaje invita a revisar la propia conducta y a recordar que nadie está completamente a salvo de perder su hogar, su estabilidad o sus apoyos. Por eso insiste en que ayudar a los demás también transforma a quien ayuda. En amar al prójimo como a uno mismo y permitir que suenen las campanas de la solidaridad que hacen vibrar a las personas y permiten construir una vida más plena.

Con todo, Alma nació cuando Rubén decidió dejar de pasar de largo ante quienes dormían en la calle. Por su parte, Belén, que un día necesitó esa mano tendida, ahora la ofrece a quienes atraviesan situaciones similares. Y José demuestra que reconstruir una vida requiere voluntad, oportunidades y una red de apoyo. Todo en una misma receta: dejar de juzgar, volver a mirar a los demás a los ojos y reconocer que, detrás de cada persona que vive en la calle, hay una historia que merece ser escuchada.

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