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Opinión - 'Líderes y modos del nuevo Régimen', por Rosa María Artal

'God debt America'

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La celebración, el pasado 4 de julio, del 250 aniversario de la declaración de independencia y, por tanto, del nacimiento de EEUU como nación, ha generado abundante análisis sobre su relativamente breve pero intensa historia en este cuarto de milenio. Sus valores democráticos, el auge de su economía, su carácter innovador y de atracción de talento, su rol en las guerras mundiales y su posterior papel como líder mundial en los últimos 80 años, etc. Y también sobre cómo ello parece desmoronarse en estos momentos.

Pero se ha hablado poco de la calidad de sus estadísticas, sobre todo económicas. Un país que nace en 1776 y a finales de ese siglo ya tiene estadísticas fiables sobre su PIB, empleo, paro, precios o deuda pública. En el caso español, por poner un ejemplo, no tuvimos datos oficiales de contabilidad nacional hasta 1964. Es lógico que, con esta disponibilidad estadística, la economía de EEUU haya sido la más estudiada del mundo. Un ejemplo es la serie histórica de Deuda Pública en términos de PIB desde 1791, que puede encontrarse en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y cuyo gráfico se presenta a continuación.

La historia de la deuda pública americana es, en cierto modo, la del pensamiento económico de los dos últimos siglos y medio. Desde su nacimiento como nación hasta 1929, el perfil de su deuda pública (en términos de su PIB) siguió un patrón razonable. Se disparaba en los períodos de guerra y se corregía posteriormente de forma completa cuando llegaba la paz. Así, la Guerra de la Independencia (1775-1783) situó la ratio de deuda pública en el 40%, y se tardó casi 50 años en volverla a llevar por debajo del 1% en 1833. Posteriormente, la Guerra de Secesión (“Civil War”), de 1861 a 1865, disparó el endeudamiento público hasta el 30% del PIB en 1866 y, de nuevo hasta 50 años después, en 1916, no se corrigió por debajo del 3%. La Primera Guerra Mundial (1914-1918), provocó un nuevo salto en la deuda pública, otra vez hasta el 33% en 1919. Siguiendo la pauta habitual, el armisticio supuso el inicio del endeudamiento. Pero con la Gran Depresión de 1929, se frena su reducción al alcanzar el 16% del PIB. Y ya no volvería a bajar de ese nivel nunca más.

El motivo es que el pensamiento keynesiano defendía el endeudamiento público no solo como vía para financiar las guerras, sino como herramienta de política fiscal anticíclica. Es decir, contrarrestar desde el sector público las recesiones causadas por las fluctuaciones del sector privado. Es bien sabido que no hay muchas resistencias sociales al endeudamiento en los momentos bajos del ciclo, pero sí las hay a desendeudarse en los períodos de bonanza, recortando gasto o elevando impuestos. Y eso hace que la deuda se acumule en los períodos de crisis y no se reduzca en los de expansión, provocando un movimiento en “escalón” en la ratio de endeudamiento público.

Así, la deuda pública americana crece durante el New Deal de Roosevelt hasta el 40% en 1941. Y ahí llega la Segunda Guerra Mundial y, volviendo al pensamiento original, su financiación vía deuda, que se dispara hasta el 121% del PIB en 1946. Lo que se consideró, hasta hace poco “un récord histórico irrepetible”. Con la llegada de la paz se produce el ajuste del endeudamiento, que fue rápido, pese a las guerras de Corea y de Vietnam. Pero no es un ajuste completo. Su nuevo suelo se alcanza a los 30 años, en 1978, en el 34% del PIB. Y de ahí ya no vuelve a bajar nunca más. Lo que en el primer siglo y medio de historia de EEUU había sido el “techo” de la deuda pública en períodos de guerra, en 1978 se había convertido en el nuevo “suelo”. Los escalones a los que me refería antes.

Y entonces llega Ronald Reagan, con sus promesas de desregular, reducir el peso del sector público y el endeudamiento. Pero éste se dispara a partir de 1980. Sin guerras y sin recesiones. Simplemente por el “reaganomics”, que se basaba en la idea de Laffer de que una reducción de los tipos impositivos aumentaría la recaudación. Algo que resultó ser falso. La combinación de esta política con el aumento del gasto militar asociado a la intensificación de la guerra fría con la agonizante Unión Soviética hizo disparar la deuda pública hasta el 62% en 1988: nada menos que 25 puntos en los dos mandatos de Reagan. Escalada que continuó con Bush padre, en parte por la primera guerra del Golfo tras la invasión de Kuwait por Irak. Bush deja el endeudamiento en el 70% del PIB en 1992. En esa época, la Unión Europea ya consideraba una ratio del 60% como “deseable” y se convirtió en uno de los objetivos de Maastricht.

Y tiene que ser un presidente demócrata, Clinton, el que aborda la reducción del endeudamiento acumulado por los “libertarios” republicanos. Y lo consigue, en parte, pero solo hasta el 53% en 2001, que se convierte en el nuevo suelo de la deuda pública americana. Y, a partir de ahí, viene el desmadre fiscal. Toda la sucesión de presidentes, republicanos y demócratas, han aumentado el endeudamiento, sin ninguna intención de reducirlo hacia ningún nuevo “suelo” de ningún tipo. El “irrepetible” dato del 121% de 1946, tras la Segunda Guerra Mundial fue superado en 2020 durante la pandemia, alcanzándose el 132%. Con Biden, de nuevo los demócratas, hubo un intento de reducción hasta el 120%, que parece que es el nuevo “suelo”, pues con el segundo mandato de Trump ha vuelto a retomar la senda alcista y podría cerrar 2026 en el 126%. Las proyecciones del FMI llevan esta ratio al 142% en 2031.

Muchos se preguntan cómo es posible que los mercados permitan este endeudamiento público en EEUU, cuando buena parte de sus títulos son comprados por residentes de otros países. La clave está en que el dólar siga siendo la moneda de reserva mundial y EEUU mantenga la capacidad de imprimir dólares sin afectar a su tipo de cambio. Pero esto no es eterno. Durará mientras EEUU mantenga el liderazgo de la economía mundial. Cuando se termine, se acabará el “God debt America”. Y pasaremos al “God bless America”…