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ANÁLISIS

La independencia militar europea vale un arsenal: 800.000 millones de dólares adicionales cada año

11 de julio de 2026 21:52 h

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Hasta el retorno de Donald Trump al Despacho Oval, la creación de un ejército europeo parecía instalado en el limbo narrativo de Bruselas, aunque se reactivase con la invasión rusa de Ucrania. Ahora, el objetivo de independencia militar que Washington ha inculcado a sus socios europeos de la OTAN ha intensificado un debate de especial efervescencia para que los aliados atlánticos suscriban el cheque del 5% del PIB en gastos armamentísticos acordado el verano pasado. Justo en medio de otro periodo de displicencia presupuestaria, con la economía del euro al ralentí y el fantasma de la inflación arreciando. Incluso con un dinamismo productivo a medio gas y unas deudas soberanas desbocadas. Tanto de los socios comunitarios como —y sobre todo—, de EEUU.

La versión Trump 2.0 ha encendido de nuevo la mecha del debate. Desde el retorno de Trump a la presidencia estadounidense, los informes geoestratégicos europeos se han cargado de unas recurrentes apelaciones a la “autonomía defensiva” del Viejo Continente. Pese a que la totalidad de los miembros de su club pertenecen a la Alianza Atlántica.

Uno de los más entusiastas defensores del artificioso objetivo de gasto del 5% del PIB que exige EEUU a sus socios atlantistas es su secretario general, Mark Rutte, ex primer ministro holandés especialmente crítico con la propensión al gasto de los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) en la crisis de la deuda de 2012 como adalid de los contribuyentes netos de la UE. Rutte se opuso a distribuir a los socios del sur los 750.000 millones de euros de los fondos Next Generation que auparon el ciclo de negocios post-Covid, aunque se mostrara complaciente con los déficits fiscales del eje franco-alemán al frente del ejecutivo de Países Bajos y escenifique sin rubor esos mismos halagos hacia Trump como máximo dirigente de la OTAN.

El 5% del PIB no solo parece una cota puesta al azar. Es un límite surgido al antojo del líder MAGA sin consultar a ningún aliado. Sin embargo, en su empeño ha logrado transformar una aspiración política en un examen de contabilidad estratégica. Porque, ¿hasta qué cantidad debería ascender la factura europea que sufragaría la independencia militar de EEUU? Casi todos los cálculos giran en torno a los 800.000 millones de euros.

El cheque de los fondos Next Generation

Es, de hecho, casi el cheque que valoró Bloomberg Intelligence hace un año, cuando Trump subió por primera vez su órdago del 2% al 5% del PIB a los socios de la OTAN. En concreto, sus expertos lo situaron en 720.000 millones de euros, cantidad que guarda una relación casi mimética con los 723.000 millones iniciales de los fondos Next Generation, destinados a la reconstrucción de la economía europea tras la gran pandemia. Y con la cifra que deslizó Mario Draghi en su informe sobre competitividad de hace casi dos años para superar la brecha competitiva de la UE respecto a EEUU y China.

En concreto, Draghi habló de entre 750.000 y 800.000 millones de euros. Desembolsos similares a los PIB de Bélgica, Irlanda o Taiwán, y dirigidos a rivalizar con sus las dos superpotencias en una alocada carrera por la hegemonía de la IA, la seguridad económica, las tensiones geopolíticas y la reconversión industrial. El exjefe del BCE englobó el gasto militar en dotaciones específicas, dentro de este arsenal de recursos, para reconfigurar las cadenas de valor armamentísticas.

Ahora, con la cota del 5% encima de la mesa, esta cifra se ha convertido en una aportación anual. Es decir, ha dejado de ser un cheque inicial, conformado a partir de los gastos del 2%, para poder configurar el pilar esencial sobre el que edificar el Ejército europeo. De modo que Europa se ha visto inmersa, con los primeros desembolsos registrados en el último bienio, en el mayor ciclo de inversión militar desde la Segunda Guerra Mundial, con profundos efectos en sus finanzas y sus políticas industriales.

Así lo atestigua el Kiel Institute for the World Economy. Sus investigadores calculan que, si todos los socios europeos de la OTAN cumplen los requerimientos de Trump hasta 2035, el esfuerzo adicional alcanzará los 831.000 millones de euros anuales, casi un billón de dólares. En el Kiel se subraya, sin embargo, que el principal obstáculo no será acumular el dinero, “sino gastarlo con eficiencia”. Porque Europa ostenta una industria militar muy fragmentada, con una decena de sistemas armamentísticos incompatibles, programas nacionales duplicados y cadenas de valor y de suministro dispersas que limitan las economías de escala.

Para más inri, Fabrice Pothier, estratega de asuntos internacionales en Rasmussen Global, pone varias contradicciones geoestratégicas e interrogantes sin resolver en el club comunitario: ¿Qué hará Europa en materia nuclear? ¿El comandante en jefe del Ejército empleará armas atómicas francesas en misiones exteriores? ¿Es posible un proyecto militar con retos de mantenimiento de la paz en tiempos de tan alta incertidumbre, cuando su aliado tradicional, EEUU, se desmarca de esta doctrina y China, Rusia o Irán han pasado a desarrollar políticas exteriores ofensivas?

¿Son necesarios tantos recursos?

El debate trasciende, pues, del mero aumento presupuestario. Pero, como apuntan Guntram Wolff, analista del Instituto Bruegel, de perfil paneuropeo, y Alexander Burilkov, su colega en el think tank Kiel, la cuestión que subyace de fondo es monetaria y trata de concretar el coste para Europa de sostener por sí sola la defensa convencional del continente si EEUU reduce sus tropas y sus compromisos de defensa conjunta. Sus cálculos rebajan este esfuerzo financiero hasta los 250.000 millones de euros adicionales al año, lo que induce a pensar que las partidas del 5% son descomunales. Si bien, al mismo tiempo, admiten que la factura “podría dispararse” si se ponen en liza “una serie de transformaciones sin precedentes”.

Por ejemplo, programas nucleares conjuntos. Pero también planes exigidos desde la OTAN como el despliegue de 300.000 soldados adicionales, la creación de nuevas brigadas o la incorporación de 1.400 carros de combate, de miles de vehículos blindados o centenares de piezas de artillería y capacidades de ataque de largo alcance más potentes. O retos complejos como la unificación de sus agencias de inteligencia, vigilancia, transporte estratégico o de las cúpulas de mando que en la actualidad dependen sobremanera de Washington. Todo ello, conllevaría nuevas recursos y capitales.

Otros estudios apuntan en la misma dirección. Un informe de Bruegel estima que elevar el gasto europeo hasta el 3,7% del PIB —cuota planteada recientemente en la OTAN— exigiría 275.000 millones de euros adicionales cada año. El diagnóstico del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo (EPRS) sitúa este umbral en los 254.000 millones con desembolsos del 3,5%.

Aunque las cifras difieren según el escenario analizado, todas confluyen en la idea de que el salto al 5% supone un cambio de escala en el esfuerzo financiero europeo y la estrategia de la Alianza. Rutte se ha afanado en presentar decenas de miles de millones de dólares en contratos teñidos de industriales; desde aviones de vigilancia GlobalEye hasta drones estratégicos MQ-4C Triton o programas de misiles de precisión. Sin reparar en que el sacrosanto principio del 3% del déficit que se instauró en Maastricht y se aplica en el Pacto de Estabilidad surgió de una charla informal entre François Mitterrand y su director de presupuestos Pierre Bilger, allá por 1981, para acotar la propensión al gasto de varios de los ministros de su gabinete.

Riesgo de quiebras presupuestarias

En este contexto, no faltan voces críticas con el uso de unos recursos que mermarán las partidas de pensiones y servicios sociales, en el plano económico, y que alertan contra una ruptura de los lazos transatlánticos, desde la órbita diplomática.

Para muestra de las secuelas que dejaría este rearme sin parangón en las cuentas europeas, las de las tres grandes economías del continente.

Reino Unido aborda una senda fiscal insostenible, admite el nuevo líder laborista Andy Burnham, que se instalará en el 10 de Downing Street con un margen presupuestario muy ajustado. De hecho, la Office for Budget Responsibility (OBR) alerta de que, con las políticas actuales, la deuda remontará de forma desaforada por la presión demográfica y al aumento del gasto en sanidad, dependencia y pensiones. Para frenar el endeudamiento —que se ha triplicado desde 2005— en torno al 95% del PIB a partir de 2030, serán preciso ajustes que excedan de los 100.000 millones de libras anuales, con recortes de gasto y aumentos de impuestos.

Paul Johnson, que dirige el prestigioso Institute for Fiscal Studies cree que “Reino Unido no tiene un problema de déficit coyuntural, sino de presión permanente de gasto por el envejecimiento. Sin reformas de calado, cada presupuesto será más difícil que el anterior”.

Francia, la otra potencia nuclear europea, mantiene sin despejar la incógnita de cómo corregir su déficit sin ahogar el escaso dinamismo de su economía, reconocen en Fitch Rating, con unas previsiones oficiales del PIB a la baja y, por ende, una menor recaudación tributaria, que obliga al Palacio de Matignon a lanzar correctivos fiscales desde hace un lustro. Christopher Dembik, analista de Saxo Bank, dice que la segunda economía del euro “está bajo vigilancia constante de los mercados y que cualquier desviación presupuestaria puede traducirse en mayores costes de financiación”.

Pero, quizás, el ejemplo de mayor enjundia sea el alemán. El canciller Friedrich Merz ha puesto en marcha el mayor giro fiscal de la historia reciente del país que inculcó el austericidio fiscal de 2012 al financiar a costa de unas emisiones de bonos superiores a los 800.000 millones de euros hasta 2030. Justo el coste de crear el ejército europeo. Y entre las prerrogativas de esta agenda reformista se encuentra un ambicioso programa de rearme. Inaudito desde la Segunda Guerra mundial. Merz rompe así con décadas de ortodoxia presupuestaria y con la tradicional doctrina del Schwarze Null (déficit cero). A través de una reforma constitucional que permite excluir el gasto en defensa de los límites fiscales. La partida para Defensa alcanzará los 109.000 millones de euros en 2027 y los 183.600 millones en 2030. Sin contar con el apoyo militar a Ucrania.

Grégoire Roos, director en Chatham House, afirma que el rearme germano es “una redefinición en toda regla del papel geoestratégico y económico de Alemania en la UE”. Apunte que suscribe Nathalie Tocci, su homóloga en el Istituto Affari Internazionali (IAI), desde una óptica geopolítica. “La alianza transatlántica ha entrado en una fase de quiebra histórica e irreversible, más allá del mandato de Trump”, afirma. Porque EEUU ya no actúa como garante del sistema liberal, sino como potencia que cuestiona las reglas que creó. Pese a lo cual, Washington seguirá exigiendo —avisa Carlyle—, un cheque de 14 billones de euros el próximo bienio a la OTAN. Tanto, como el PIB conjunto de las cuatro mayores economías del Viejo Continente: Alemania, Reino Unido, Francia e Italia.