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El intercambio de casas crece como alternativa al turismo tradicional: “He podido viajar más de lo que puedo pagar”

Lucía Llargués

24 de marzo de 2026 21:59 h

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En la película 'The Holiday', dos mujeres que no se conocen deciden intercambiar sus casas durante las vacaciones para empezar de cero. Lo que parecía una fantasía romántica protagonizada por Kate Winslet y Cameron Diaz se ha convertido, casi veinte años después, en una práctica cada vez más extendida entre quienes buscan viajar sin pagar alojamiento.

En España, el intercambio de viviendas, a través de plataformas como HomeExchange, Behomm o Homelink, entre otras, gana terreno en un contexto marcado por el encarecimiento de hoteles y apartamentos turísticos, un 8% en 2025 respecto a un año antes, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). En el caso de HomeExchange, líder del sector, superan ya los 41.500 usuarios en el país —un 370% más que en 2021— y registraron más de 120.000 intercambios en 2025.

“En los últimos cinco años ha habido un punto de inflexión tras la pandemia”, explica Pilar Manrique, portavoz de la compañía. “El aumento de precios ha traído a muchas personas, pero lo que les engancha es la forma de viajar: más local, más tranquila y más conectada con el destino”.

Viajar sin pagar alojamiento (pero no gratis)

El funcionamiento es simple: los usuarios pagan una cuota anual —en torno a 175 euros— y pueden intercambiar su vivienda con otros miembros sin transacciones económicas directas. A cambio, la plataforma incluye verificación de perfiles, valoraciones tras cada intercambio y garantías frente a cancelaciones o daños.

Según la compañía, este sistema permite ahorrar entre un 35-40% del presupuesto total del viaje. Aunque, como matiza Manrique, “la motivación no sólo es económica, es emocional”. “Quieres descubrir otros lugares o hacerlo en familia y llegas a una casa donde tienes todo: desde recomendaciones hasta, en algunos casos, juguetes o bicicletas” explica.

El sistema se sostiene sobre una premisa básica: la confianza. A ese valor se suman el respeto —cuidar la vivienda ajena como propia— y la comunicación constante entre anfitriones e invitados.

Además, la mitad de los intercambios en España son domésticos y permiten descubrir barrios y destinos alejados de los circuitos habituales. “No solo viajas, intercambias vidas”, resume Manrique.

“Es un favorazo dejar tu casa a desconocidos”

María Pla, usuaria desde hace ocho años, ha realizado 78 intercambios. Empezó por una cuestión práctica: “Mi casa iba a estar vacía semanas alternas y pensé que podía aprovecharlo. A cambio podía viajar sin gastos de alojamiento”.

Su balance es claro: “La gente es muy respetuosa. Es un favorazo dejar tu casa a desconocidos, pero funciona”. Aunque reconoce algún incidente puntual, lo considera excepcional y resume el atractivo principal: “Me ha permitido viajar más de lo que puedo pagar”.

Francesc Puértolas, que empezó en 2023 y ya suma 94 intercambios, coincide: “Es una forma de viajar mucho más económica y más agradable. Estás en una casa con todos los servicios y con recomendaciones locales, no en el anonimato de un hotel”. En su caso, destaca la importancia de la comunicación entre usuarios.

Gemma Ramilians, con experiencia desde 2009, pone el acento en el componente social: “Este sistema se basa en la confianza. En algunos casos hemos acabado haciendo amigos. Incluso una familia con la que intercambiamos en Bali ha terminado comprando un apartamento en Girona”.

¿Economía colaborativa o modelo híbrido?

El intercambio de casas suele presentarse como un ejemplo de economía colaborativa, pero ese relato convive con una lectura más crítica. “El modelo es distinto al de Airbnb, pero no deja de ser un híbrido: la plataforma monetiza a través de suscripciones y sigue habiendo intermediación, lo que lo acerca a dinámicas de mercado”, explica Samer Hassan, profesor en la Universidad Complutense e investigador en Harvard.

Más allá de las grandes plataformas, también emergen comunidades más selectivas como Behomm, centrada en perfiles creativos y viviendas con un fuerte componente estético. Sus fundadores, Eva Caduch y Agustí Juste, defienden un modelo basado en comunidad cerrada: el acceso es por invitación o aprobación directa, lo que, aseguran, “evita registros anónimos y refuerza la confianza”.

Desde Behomm, reivindican el componente comunitario frente al económico: “Alquilar es ganar dinero; intercambiar es compartir y conocer gente”, señalan sus fundadores, que insisten en que el alquiler entre miembros está prohibido dentro de la plataforma.

Menos impacto… pero con matices

Aun así, el experto reconoce diferencias importantes respecto las plataformas tradicionales: su menor impacto sobre el mercado de la vivienda. “La lógica del alquiler turístico aquí se rompe bastante”, señala Samer Hassan, al no incentivar que los propietarios retiren viviendas del mercado residencial. Desde Behomm lo vinculan también con la sostenibilidad, al aprovechar viviendas ya existentes en lugar de generar nueva infraestructura turística.

Sin embargo, el experto introduce cautela: el perfil de usuario ya marca límites. En plataformas como HomeExchange, predominan las familias (40%) y las personas mayores de 46 años (61%), lo que apunta a cierta estabilidad residencial. En comunidades más selectivas como Behomm, ese perfil se mantiene —con un 55% de familias—, pero convive con estancias más largas, incluso de varios meses, ligadas al teletrabajo o a formas de vida más flexibles.

“Esto no es accesible para todo el mundo” advierte Hassan. “Requiere tener una vivienda —y preferiblemente en una zona atractiva—, lo que introduce un sesgo hacia clases medias y medias-altas”. A ello se suma el papel del algoritmo: “El ‘match’ no es tan neutral como parece; la plataforma decide qué casas ves” o que la mayoría de intercambios se produzcan en zonas tensionadas.

Una alternativa en construcción

El intercambio de casas crece, pero aún está lejos de sustituir al turismo tradicional. Para las plataformas, la clave está en la comunidad; para los usuarios, en el ahorro y la experiencia; y para los expertos, en su evolución futura. “Si se orienta a descentralizar el turismo y a salir de los centros urbanos, puede ser positivo. Pero si reproduce las lógicas del mercado, será más de lo mismo”, apunta Hassan.

Mientras tanto, en plena escalada de precios, cada vez más viajeros optan por una fórmula que, al menos por ahora, combina ahorro, comunidad y una forma distinta de entender el viaje. “Puede ser una alternativa interesante si mantiene esa lógica menos extractiva”, concluye.