Alexander Harton, psicólogo: “La carga mental no es solo hacer cosas sino pensar constantemente en lo que hay que hacer”

Acabamos el día cansados, la paciencia se ha agotado y la energía está por los suelos. Sin embargo, si echamos un vistazo al día que acaba de pasar, no hay horas en el gimnasio, ni un esfuerzo físico extenuante que explique este cansancio. Muchas veces, esta debilidad progresiva no tiene que ver con la cantidad de cosas que hacemos, sino que se asocia más a lo que pensamos, planificamos, recordamos, decidimos y gestionamos. 

Esta tensión invisible tiene un nombre. Hablamos de carga mental, es decir, el trabajo invisible que mantiene la vida en marcha: recordar, anticipar, organizar, resolver problemas, además de llevar una jornada laboral, una interminable e invisible lista de tareas pendientes que vive en nuestra cabeza.

No solo cansa hacer las cosas, sino también pensarlas

El agotamiento mental surge al tener que gestionar múltiples tareas que rara vez aparecen en la lista de cosas pendientes. La responsabilidad implícita es recordar fechas límite, planificar comidas, controlar las emociones y tomar un sinfín de pequeñas decisiones antes del mediodía. Es una sobrecarga cognitiva disfrazada, y es por ello que sentimos la necesidad de un descanso, incluso cuando sentimos que no hemos hecho gran cosa. 

Alexander Hartong, psicólogo de Álava Reyes, explica que la carga mental “es el conjunto de procesos cognitivos y emocionales implicados en organizar, anticipar, recordar y gestionar tareas, especialmente aquellas relacionadas con la vida cotidiana”.

Hablamos de acordarse y de supervisar tareas simples que van sumando: las tareas de nuestros hijos para el colegio, las cenas, comidas, compras, citas médicas y un largo etcétera. “Es invisible porque no siempre se traduce en acciones visibles, pero sí en un esfuerzo mental continuo que, a la larga, puede llevar al agotamiento”, matiza Hartong.

Una carga fundamentalmente invisible

La fatiga mental se cuela sigilosamente, acumulándose en cada recordatorio, cada tarea pendiente, cada esfuerzo invisible que mantiene la vida en marcha. Es como si nuestro cerebro fuera un navegador de ordenador lleno de pestañas abiertas, algunas relacionadas con el trabajo y otras más personales, como acordarnos de comprar la cena o pedir cita con el médico. 

Y, justo cuando cerramos una de estas pestañas, aparece otra. Es como un procesamiento mental constante que mantenemos en segundo plano y que, si se mantiene en el tiempo, “puede llevar a una ansiedad constante o sensación de estar desbordado que, paradójicamente, se suele acompañar de olvidos, cambios de humor e irritabilidad”, advierte Hartong. Porque incluso las decisiones más sencillas pueden resultar agotadoras, y ninguna cantidad de sueño parece ser suficiente para recargarnos por completo.

En la mayoría de los casos, estos pensamientos “van acompañados de sensaciones de nerviosismo o ansiedad y estrés porque no es solo ‘hacer cosas’ sino pensar constantemente en todo lo que hay que hacer, planificarlo y responsabilizarse de que ocurra esto”, advierte Hartong. 

Esta sobrecarga psicológica mantiene la mente en constante actividad, incluso cuando intentamos relajarnos, por lo que “es posible que influya en la calidad del descanso, más aún si continuamos repasando mentalmente los quehaceres”, reconoce Hartong.

Cómo lidiar con la carga mental

Muchas veces, y con la mejor de las intenciones, alguien, en un intento de ayudar, pregunta qué puede hacer. Esta pregunta, por muy inocente que parezca, no ayuda a rebajar la carga mental. Al contrario, la fomenta. Porque obliga al otro a dar instrucciones de nuevo, a pensar qué es lo que se debe hacer y qué es prioritario o no, y la otra persona simplemente sigue las instrucciones cuando se le pide, lo que genera de nuevo un desequilibrio claro. Lo que realmente ayuda es que otra persona se fije en las cosas y tome la iniciativa.

“Una forma de lidiar con todo ellos es hacer visible lo invisible, externalizando los quehaceres, con listas, calendarios o apps. También ayuda a priorizar o simplificar las tareas”, dice Hartong. Para el psicólogo, la comunicación es clave y, “desde la asertividad, es importante establecer los límites y clarificar las necesidades, sin dar por sentado que ‘debería saberlo’ o sin esperar a un punto en el que ‘no se puede más’ y explote”.

La comunicación, por tanto, requiere conversaciones sinceras, abiertas y claras, en las que se busque comprender las perspectivas y preferencias de cada uno, crear acuerdos claros y consensuados, ponerlos a prueba y ajustarlos cuando sea necesario.

Otra forma de amortiguar esta carga mental es el descanso, “pero no estar sentado viendo una serie cualquiera en Netflix, sino algo que ayude a apartar la cabeza de la rutina”, afirma Hartong. La actividad dependerá de cada persona, de sus gustos y preferencias. “A algunas personas les sirve el deporte, a otras ver amigos y tomar algo, hacer algo diferente en pareja o practicar midnfulness [atención plena], que ayuda a salir de ese estado de alerta constante con el que muchas personas conviven”, explica Hartong.

Incorporar este tipo de actividades en la rutina ayudará, pero teniendo en cuenta que “la carga mental tenderá a seguir apareciendo incluso en momentos de desconexión, aunque tenderá a la baja si se normalizan esos momentos”, afirma Hartong.

Por qué nos cuesta tanto delegar tareas

Reducir la carga mental no significa descuidar las responsabilidades ni volverse egoísta. Significa reconocer que somos humanos, que tenemos una energía limitada y que podemos compartir las tareas con otras personas. “A veces delegar resulta complicado por ciertas creencias, por los roles de género, la necesidad de control o miedos a no cumplir con lo esperado”, admite Hartong. 

Al principio puede aparecer la “falta de confianza en que la otra persona se pueda ocupar o gestionar esas tareas mentalmente. Aquí es importante revisar esas creencias o expectativas, y asumir que el cambio es un proceso, más que algo que se vaya a dar después de una única conversación”, afirma Hartong. Cambiar unos roles establecidos puede ser difícil, “tanto para la persona que quiere delegar como para la que quiere asumir más responsabilidades”, reconoce Harton. 

Y delegar no significa continuar siendo el operador de vuelo que todo lo controla y decide, sino que en lugar de pedir a alguien que compre leche, que la otra persona se dé cuenta de cuándo hace falta comprar y se encargue de reponerla. “Delegar en sí implica, más que soltar la ejecución de la tarea, destrabar la planificación y la responsabilidad de la misma”, concluye Hartong.