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¿Quién maneja el termostato?

Guerra fría en el trabajo: cómo ponerse de acuerdo con la temperatura del aire acondicionado

Chaquetas en agosto, compañeros que se recluyen en salas de reuniones, trabajadoras constipadas, aires acondicionados que no se apagan ni por la noche y comentarios impregnados de un mal rollo demasiado sibilino como para pasar desapercibidos. El calor en los centros de trabajo no siempre se sortea a base de consenso y entendimiento. Hacerse fuerte y defender que hay que subir o bajar la temperatura del termostato, en ocasiones, conlleva batallas que no todo el mundo quiere librar. Aquí van algunas de ellas.

Ana Suárez abre el ventanal que tiene detrás de ella todas las mañanas cuando llega a su puesto de trabajo. Así airea el espacio y aprovecha el poco fresco que ofrecen las primeras horas del día en estas jornadas de agosto. A medida que pasan las horas, el ambiente se empieza a caldear, literal y metafóricamente. “Hay días que llegamos a los 29 °C y el aire sin poner. Ahí, alguien dice que ya está bien, que al menos pongamos el modo ventilador, y yo no entiendo cómo alguien puede tener frío a esa temperatura”, relata esta empleada de una empresa de electromedicina en Algete.

Las chaquetas en algunas de sus compañeras no tardan en aparecer cuando la temperatura se reduce hasta los 26 °C. Poco a poco, se ha creado una dinámica en la que durante la jornada se van haciendo comentarios medio en broma unos a otros, a veces un tanto sibilinos. Suárez ya se ha cansado. Un día, pasadas las 13 horas y con una temperatura de 28°C, con las ventanas abiertas, pusieron el aire a 25 °C con la mínima potencia.

Hay días que llegamos a los 29 °C y el aire sin poner (...) Yo no entiendo cómo alguien puede tener frío a esa temperatura

“Veía que la temperatura no bajaba, así que subí la potencia. Pues al rato, un compañero se levantó a bajarla. Luego me he enterado que hay una especie de acuerdo no escrito de que tiene que ser con la mínima potencia, pero es algo que no nos han dicho a los nuevos. No lo entiendo. Decidnos el acuerdo y dejad de crear mal rollo”, se queja. En realidad, la normativa marca los 26 °C como temperatura media óptima a la que trabajar. Así lo explica María Díez Arnaiz, directora de Recursos Humanos en SDi, una empresa tecnológica. “La Ley de Prevención de Riesgos Laborales también marca que hay que adaptar los puestos de trabajo para personas con condiciones especiales”, agrega la experta.

Las disputas que abre el aire acondicionado en estos espacios pillan a Jaime de observador. “Hay otra gente con mucha más sensibilidad al frío y al calor que yo, y eso parece la guerra”, afirma este trabajador de una empresa de ingeniería en San Sebastián de los Reyes. En su oficina, con mesas abiertas, lo que hacen es tapar algunas salidas del aire. “El que es muy caluroso quiere estar a 22 °C y el que es muy friolero a 24. Aquí no hay tanto consenso, sino que va por turnos. Quien se da cuenta de que tiene calor, lo baja, y quien se da cuenta de que tiene frío, lo sube”, establece.

Lo más curioso que pasa en su oficina tiene que ver con un compañero extremadamente caluroso: “No está a gusto si no está a una temperatura por debajo de los 22 °C, así que se va a trabajar a una sala de reuniones él solo para poder controlar el aire”, comenta el ingeniero.

La realidad que vive Estíbaliz Arruabarrena está más ligada con el frío que con el calor. “Lo paso muy mal porque hay gente que pone el aire a 19 °C, se les va de las manos”, dice esta investigadora en un instituto de salud. Ella es de esas personas que decide ponerse una chaqueta para sortear los envites del frío. “Aquí no te mueves, estás delante del ordenador, y te quedas pajarito. Menos mal que la gente en mi planta somos bastante comprensibles y tenemos en cuenta a los demás”, añade.

La normativa marca los 26 °C como temperatura media óptima a la que trabajar: 'La Ley de Prevención de Riesgos Laborales también marca que hay que adaptar los puestos de trabajo para personas con condiciones especiales'

Para que las posibles disputas no vayan a más entre compañeros, Díez Arnaiz apuesta porque el aire acondicionado de un centro de trabajo se gestione desde el despacho de recursos humanos o prevención de riesgos laborales, encargados de aplicar la normativa. Como eso no siempre es posible, esta especialista tiene soluciones algo más creativas: recordatorios en el termostato de no subir o bajar la temperatura, dispositivos conectados a internet que alertan de cambios de temperatura o tener un responsable neutral del aire acondicionado. “Esta persona pondría un poco de cabeza dentro del espacio y se evitarían los posibles enfados”, señala la directora de Recursos Humanos.

Un constipado en agosto

Más allá de las batallitas que deja tras de sí la lucha por controlar el termostato de tu lugar de trabajo, estar de forma continuada bajo el flujo directo del aire puede acarrear ponerse enfermo. “Reseca mucho las mucosas y favorece los resfriados”, sostiene Arruabarrena.

Eso es lo que le ocurrió a Sara, administrativa en la Universidad de Alcalá. Todavía con la voz un poco ronca, esta empleada pública recalca que lo único que pueden hacer es regular la fuerza del aire acondicionado, pero no la temperatura, que está capada. “No sé cuántos °C serán, pero es frío. Me he tenido que llevar hasta un fular al despacho”, apunta.

Quien es difícil que se resfríe en su trabajo es Teresa Garai, por todo lo que se mueve como camarera en una cafetería de Bilbao. “Es de los pocos sitios en los que he trabajado y que noto que cuidan antes al trabajador que al cliente”, destaca. Lo primero que hace nada más entrar a currar, sobre las 10.30 horas, es encender el aire. “Empieza en unos 26 °C y luego ya va bajando. La mayor parte de los clientes viene a la terraza, así que mejor para las empleadas”, expone.

De la consultoría a evitar “el chorro”

Las disputas llegan a la Torre Picasso, en Madrid capital, donde Marival Fernández trabaja en una consultoría. “Hay un aire acondicionado general que no puedes controlar, así que ahí toca aguantarse. No es muy agradable, porque funciona hasta en febrero”, se queja. Al igual que Arruabarrena, ella se decanta por ponerse una chaqueta cuando trabaja en su escritorio para no pasar demasiado frío. “Lo suelen poner entre los 21 y 23 °C, cuando yo lo pondría a unos 25 o 26”, ilustra.

Recordatorios en el termostato de no subir o bajar la temperatura, dispositivos conectados a internet que alertan de cambios o tener un responsable neutral del aire acondicionado, entre las propuestas de conciliación de los expertos

En una consultoría también trabaja Matías Fajardo, experto en ciberseguridad, aunque nunca ha presenciado discusión alguna por el control del aire acondicionado. “Yo creo que como que cada uno da un poco su opinión y en base a eso se pone. Suele estar en unos 22 o 23 °C y yo trabajo bien así”, comenta. De todas formas, aquel que está debajo del aparato sí suele aparecer más abrigado. Por otra parte, todos los entrevistados coinciden al decir que el género y los estándares de vestimenta asociados no juegan un papel relevante en la disputa por el aire acondicionado.

En la oficina del departamento de pasarelas de Barajas, sin embargo, se las traen. “Nos han puesto una temperatura fija y en unos sitios hace frío y en otros, calor. Aquí hay gente con 300 ventiladores encima de la mesa y otros con chaqueta”, precisa Ester Hernández. Los empleados no pueden hacer nada. Además, su vestimenta laboral apenas transpira. “Yo me traigo una chaqueta para el frío que hace por las noches, y por el día intento sobrevivir al calor”, reconoce.

La cuestión de dónde cae “el chorro” de aire es algo crucial en la oficina de Sara García, ubicada en el barrio Hispanoamérica de Madrid. “Yo soy la que manda un poco, que tengo al lado el termostato”, cuenta esta publicista mientras se ríe. En realidad, intentan todo el rato colmar las apetencias de los demás, que suelen estar en los 21 o 22 °C. “A veces nos cambiamos el sitio entre compañeros porque se nota mucho la diferencia, aunque estemos a un metro de distancia”, finaliza.

Aquí hay gente con 300 ventiladores encima de la mesa y otros con chaqueta

La solución: rangos que sean política de empresa

A decir verdad, no existe una temperatura correcta universal para todo el mundo. Eso es lo que defiende Galdric Muntané, director de Seguridad y Salud en Montaner, una compañía especializada en recursos humanos donde han establecido rangos. La temperatura en su oficina fluctúa entre los 20 a los 24 °C en invierno y de los 23 a los 26 en verano. “Así evitamos esa pequeña guerra de quién tiene el mando del aire acondicionado”, precisa. Por otra parte, fijan recomendaciones como vestir acorde a la época del año y los empleados tiene total libertad para cambiar de sitio, pues la temperatura no es igual en todos los espacios de la oficina.

Este experto subraya que las batallitas en torno al aire acondicionado son algo recurrente en los centros de trabajo. “Yo pienso que es difícil acabar con ellas cuando hay diferentes factores que impactan en el confort térmico, como el metabolismo de una persona o la humedad de un lugar”, agrega. Desde su punto de vista, lo ideal es fijar unos rangos de temperatura que sean tomados como política de empresa. “La temperatura en la oficina es un pequeño ejercicio de convivencia en el que hay que negociar y ceder hasta llegar a un punto intermedio en el que la mayoría de compañeros sientan ese confort óptimo”, concluye Muntané.