La portada de mañana
Acceder
EEUU e Irán se preparan para negociar con Pakistán tratando de salvar la tregua
Viaje al "Palacio de Versalles" secreto de los Orbán y su aldea natal
Opinión - 'Entre la vacuidad y la pirotecnia, la subordinación', por Esther Palomera

Hacerte amiga de tu psicólogo o compartirlo con tu entorno: ¿dónde están los límites en la relación con tu terapeuta?

Entras a la consulta de tu psicóloga. Le cuentas algunos de tus secretos más íntimos. Habláis de tus problemas, probablemente lloras con ella. Puede ser una de las personas que mejor te conocen. Pero sales del despacho una hora después y, hasta la siguiente cita, es alguien que no está en tu vida. No te vas de cañas con ella, no te llama para contarte lo que ha hecho el fin de semana. No es tu amiga.

La relación entre una persona y su terapeuta puede llegar a ser muy estrecha dentro de la consulta, pero suele estar lejos de la amistad. Hay un porqué. “Los límites son importantes en la relación terapéutica”, afirma Paula, psicóloga especializada en perspectiva feminista y diversidad sexual y de género. “No puede haber una relación personal entre terapeuta y consultante porque interfiere en el proceso terapéutico. Parte de por qué funciona tiene que ver con que ese espacio es ajeno al resto de ámbitos de la vida de la persona”, explica esta profesional que trabaja en Madrid.

En su experiencia, es habitual que los pacientes lleguen a consulta con cierta vergüenza, y esta emoción “se mueve mucho a lo largo de todo el proceso, porque en él vamos desvelando una parte de la persona que está oculta para sí”. Por eso, “poder en ese espacio hablar de lo más íntimo requiere de ese anonimato, de crear un espacio ajeno al resto de la vida en el que la persona puede quitarse la máscara”. No solo considera que no se pueden dar relaciones de amistad: dice que incluso coincidir con tu terapeuta en entornos sociales, como por ejemplo tomar algo en un bar porque tenéis un conocido en común, puede ser negativo para el proceso terapéutico. “Ni espacios informales, ni de ocio, ni personales, ni mucho menos relaciones sexoafectivas”, defiende esta psicóloga, aunque matiza: “Hay personas que necesitan más distancia y personas que pueden manejar sin mucho malestar y sin que interfiera mucho en el proceso terapéutico una mayor cercanía, pero hablo de coincidir en un espacio o tener una persona en común, nunca de relaciones personales como tal”.

Maitane Llanos, psicóloga en Bilbao, tiene una visión similar. Sitúa el vínculo entre terapeuta y paciente en lo que en la profesión denominan “encuadre”, que define como “todo aquello que se va a mantener dentro de la terapia y no va a salir de ahí”. Incluye en él los roles que mantienen una persona y la otra, pero también el espacio físico y el objetivo de la consulta: “Tú vas a tratar ciertos temas personales y, si empiezas a hablar de otros que no tienen que ver, se diluye esa relación”, explica. Para ella, ni siquiera después de que haya acabado un proceso terapéutico es buena idea desarrollar una amistad con un antiguo paciente porque sería una relación desigual: “Una vez terminadas las sesiones, te lo puedes encontrar en la calle y hablar cinco minutos, pero mantener una amistad no lo veo posible. Como terapeuta tienes que gestionar muchas situaciones muy delicadas para la otra persona, y eso te pone en una posición de poder frente a la de la paciente, que es de vulnerabilidad”.

Aunque se evite generar una relación personal, a veces pueden surgir encuentros inesperados entre psicólogo y paciente. ¿Qué se puede hacer en esos casos? “Si coincido fuera del espacio terapéutico, en un entorno social, hay veces que me voy. Entiendo que soy yo la que tiene que retirarse porque como profesional tengo una responsabilidad de salvaguardar esa relación”, cuenta Paula. Pero añade que depende del contexto: en espacios más grandes en los que no tiene por qué haber interacción entre las dos personas, como una manifestación o la presentación de un libro, sí pueden coincidir. Para ella, en cualquier caso, cuando se dan ese tipo de contactos también es importante hablarlo después en consulta “para que, si se le ha movido algo a la persona, se pueda traer al espacio terapéutico y limpiar el vínculo”.

Si coincido fuera del espacio terapéutico, en un entorno social, hay veces que me voy. Entiendo que soy yo la que tiene que retirarse porque como profesional tengo una responsabilidad de salvaguardar esa relación

Maitane Llanos explica que, cuando se encuentra con un paciente en un entorno social, espera a que sea él quien decida si quiere saludarla o no, ya que “no sabes si esa persona quiere que se sepa que va a terapia o no”. “Si decide no hacerlo, sigues con lo tuyo y no pasa nada. Y si se acerca y se pone a hablar contigo como si fuera una sesión de terapia, es importante decirle: ‘oye, podemos hablar esto el próximo día’. La gente lo suele entender bastante bien”, asegura.

Ella ha llegado a abandonar una discoteca por coincidir con un paciente: “Entendí que el espacio de fiesta igual no es el adecuado para que te vean a ti siendo la psicóloga”. En otra ocasión, se encontró en una cena a una persona teniendo una discusión con su pareja: “En ese momento decidí no saludar, irme directamente y luego comprobar si en la siguiente sesión quiso contarme esa situación o no”. Aunque se ha marchado de espacios por este motivo, esta psicóloga de Bizkaia también reflexiona sobre el derecho de los profesionales a estar en determinados espacios en su tiempo de ocio personal: “Si has pagado por estar en una piscina porque te gusta entrenar y te encuentras a un paciente, tampoco es justo para ti tener que irte de ese espacio”, ejemplifica. Señala que “te mueves en una línea muy delicada que es muy fácil traspasar, pero en todo momento tienes que tener en cuenta qué ocurre si te quedas, qué ocurre si te vas y en qué momento dejas de ser psicóloga y empiezas a ser persona”.

Cuando el psicólogo se convierte en tu amigo

En ocasiones, aunque alguien sea consciente de que la distancia con su psicóloga es necesaria, en algunos momentos puede echar en falta más cercanía fuera de la consulta. Marta, de 34 años, estuvo cuatro en terapia con una profesional a la que describe como “muy cercana y cariñosa” dentro del despacho. Tiempo después de recibir el alta, se acordó de ella y decidió escribirle un email para felicitarle las navidades, agradecerle su trabajo y transmitirle buenos deseos. La profesional nunca le contestó. “Puede ser que no me respondiera porque no lo viera, pero yo lo interpreté como su manera de marcar distancia”, recuerda.

“A veces es difícil ubicar cómo alguien que para ti es tan importante, que sabe tanto de ti, incluso cosas sobre las que no te abres con nadie, no es una persona que forme parte de tu vida más allá de las sesiones. Cuesta procesarlo”, reflexiona Marta. Pero también concede que “tal vez sea lo mejor para no generar confusiones ni abrir una conversación que no sabes dónde te va a llevar”.

A veces es difícil ubicar cómo alguien que para ti es tan importante, que sabe tanto de ti, incluso cosas sobre las que no te abres con nadie, no es una persona que forme parte de tu vida más allá de las sesiones

También hay quienes directamente mantienen una relación menos ortodoxa con sus terapeutas. Lola tiene 38 años y ha pasado por diferentes profesionales de la psicología en distintos momentos de su vida. Con el actual, que la atiende desde hace cuatro años, ha desarrollado una amistad. “Desde el principio me gustó mucho que era una relación muy distinta a la que yo había tenido con los otros psicólogos, era mucho más cercano. Es de mi edad y por eso había muchas cosas que no le tenía que explicar. Teníamos mucho colegueo, dentro de que las sesiones eran bastante profesionales”, relata. Ella es artista y en un momento dado decidió invitar a su terapeuta a una exposición para la que él le había apoyado. Desde entonces han seguido viéndose fuera de la consulta de vez en cuando.

Lola sostiene que ese vínculo no es un obstáculo para su proceso terapéutico, sino que incluso lo favorece: “A la hora de abrirme y contar ciertas cosas, saber que tengo delante a la persona que tengo me lo facilita. Es como si, con mi mejor amigo, de repente sé que los consejos que me da son buenos porque me los está dando mi psicólogo”. También valora que, con la confianza que tienen, aunque le esté contando un suceso traumático lo puede hacer “casi de risas”. “No es como ir a terapia y que la propia terapia sea un drama: es un momento superagradable con un colega”, comparte.

Entre ellos hablan de la peculiaridad de su relación. “Su opinión es que cada persona necesita un tipo de terapia distinta. A algunas les viene mejor un trato más aséptico y otras, como yo, necesitamos un entorno seguro de cariño y comprensión y saber que es una persona muy compatible contigo”, traslada Lola. Dice que también bromean sobre su relación y con la posibilidad de irse de cañas juntos tranquilamente en el futuro.

Desde el principio me gustó mucho que era una relación muy distinta a la que yo había tenido con los otros psicólogos, era mucho más cercano. Es de mi edad y por eso había muchas cosas que no le tenía que explicar. Teníamos mucho colegueo, dentro de que las sesiones eran bastante profesionales

Este tipo de vínculos desafían los límites de la ética profesional. Francisco Conesa, miembro de la Comisión Deontológica del Colegio Oficial de Psicología de la Comunitat Valenciana, explica: “Todos los psicólogos y psicólogas estamos sujetos a unas normas de conducta profesional, que marca el código deontológico. Hay muchos matices, pero en líneas generales viene a decir que no nos tenemos que prestar a situaciones o roles que puedan confundir al paciente. Ahí es donde podría caber el establecimiento de algún tipo de relación personal más allá de la terapéutica”. Entre los motivos está la “relación asimétrica” que se da entre las dos personas: “Como terapeutas partimos de una situación de superioridad, porque una persona busca nuestros conocimientos, busca un experto. No es una relación de igual a igual”, como deberían ser las amistades o las relaciones de pareja o sexuales, precisa.

Conesa añade que los profesionales cuentan con información que han recibido en terapia que podrían utilizar después en el contexto personal. Apunta que, cuando el psicólogo permite que se desarrolle una amistad, “antepone una especie de necesidad personal suya a los intereses de la relación terapéutica”, aunque reconoce que “a veces es muy difusa la línea entre lo que es estrictamente terapéutico y lo que puede ir más allá”. Según explica, es el profesional quien tiene la responsabilidad de detectar las señales de alerta de que la relación se está saliendo del marco terapéutico y poner límites: “Aclarar cuál es el papel del terapeuta, en qué consiste la relación y en qué contexto y espacio se da, o bien dar por finalizadas las sesiones y dar traslado a otro profesional porque ya se ha contaminado la relación terapéutica”.

Tener una amiga en común con tu terapeuta

Aunque no se desarrolle una amistad, hay otras situaciones que también pueden desafiar los límites de la relación terapéutica. Alba, de 33 años, ha pasado por terapia en diferentes momentos de su vida. La última vez que lo necesitó, le pidió a una de sus mejores amigas, que es psicóloga, que le recomendase a alguien. Ella le dio el nombre de otra profesional con la que ha trabajado y Alba se puso en sus manos. Pero saber que tienen una tercera persona en común le cohíbe a veces a la hora de hablar en consulta. “Aunque soy muy consciente de que las dos son muy profesionales y de que lo que yo diga jamás va a salir de terapia, y aunque no suelo hablar mucho de mi amiga, cuando alguna vez ha salido, inconscientemente soy más comedida. Me sale un: ‘uy, que estás hablando de ella, un poco de alerta’”, reconoce. Cree que, si tuviera que hablar más de ella en terapia, le afectaría.

Para la psicóloga Paula, que haya una persona conocida en común entre terapeuta y paciente puede ser un problema o no según el caso. “Depende de la relación terapéutica y de lo que se le mueva a la persona consultante. Hay quienes te pueden decir ‘yo estoy bien con esto’ y hay a quienes les cuesta más la confianza. También depende del momento del proceso terapéutico: no es lo mismo cuando se está iniciando y el vínculo todavía no está construido que cuando llevas ya un proceso largo y hay un vínculo fuerte”, reflexiona. Pone en valor la importancia de asegurar la confidencialidad para que la persona tenga la tranquilidad de que el espacio terapéutico es seguro para ella. Y cuando no lo sea, recomienda derivarla a otro profesional.

Como terapeutas partimos de una situación de superioridad, porque una persona busca nuestros conocimientos, busca un experto. No es una relación de igual a igual

Otro límite que se da en la relación terapéutica tiene que ver con cuánto revelan los psicólogos sobre sí mismos. Carlos, un joven de 32 años que ha pasado por dos terapias diferentes a lo largo de su vida, experimentó en la primera de ellas las implicaciones que puede tener esa frontera. Cree que, durante los primeros años, la profesional que le atendió le ayudó mucho a trabajar su ansiedad. Pero, a medida que cogieron confianza, la psicóloga empezó a introducir en la terapia ejemplos sobre su propia vida e incluso a manifestar sus posiciones ideológicas: “Me hablaba de que ella era católica. O a lo mejor yo mencionaba el poliamor o alguna otra cosa y me decía que ella era monógama y heterosexual”.

Ese tipo de manifestaciones le generaron distancia con su terapeuta. “Me llevaban a pensar que podría tener una ideología concreta, aunque no tiene por qué, y me hicieron no conectar tanto con ella”, recuerda. Y explica el motivo: “A mí me ha hecho muchísimo daño la religión católica: la culpa cristiana me la he llevado yo a todas partes y me ha metido mucha mierda en la cabeza. Entonces es algo que me chirría y me duele”. Acabó cambiando de psicóloga para optar por una especializada en personas LGTBI y con “una mirada más abierta hacia las relaciones”. “Noté un montón el cambio, he mejorado muchísimo con ella”, valora sobre una profesional que le ha contado “muy pocas cosas personales, en comparación con la anterior”.

Paula, como psicóloga, solo ve sentido a las revelaciones que puedan hacer las profesionales sobre sí mismas si tienen un fin terapéutico: “Si estoy trabajando con una persona la lesbofobia o la bifobia interiorizada y tiene sentido en ese contexto que yo me nombre como una persona bibollera, lo voy a hacer”. Pero alerta del riesgo de ponerse demasiado “en el centro de un espacio que es fundamentalmente para la otra persona”. También advierte de la autoridad e influencia que el terapeuta tiene sobre su paciente, por lo que “por responsabilidad es importante no desvelar opiniones políticas”. “Tenemos opiniones, pero cuanto menos de lo nuestro esté en el vínculo, más limpio va a ser”, defiende.

Más allá de las particularidades de cada situación y de las necesidades de cada paciente, los tres profesionales que participan en este reportaje coinciden en la importancia de mantener la relación terapéutica dentro de unos límites. Facilitan que las sesiones cumplan con su objetivo: ayudar a la persona.

*Los nombres de Marta, Lola, Alba y Carlos son ficticios porque prefieren no revelar su identidad real.