Entrevista
Matthew Remski, autor de ‘Conspiritualidad’: “La espiritualidad se ha convertido en una puerta de entrada para la extrema derecha”
Durante la extraña primavera de 2020, se detectó una tendencia inesperada en redes sociales: cuentas dedicadas al yoga, la meditación o la alimentación detox empezaron a compartir contenido antivacunas.
En cuestión de semanas, comunidades que hasta entonces estaban centradas en la salud holística y los batidos verdes comenzaron a hablar sin parar sobre supuestas terapias naturales que acababan con la COVID-19, implantes secretos de microchips y élites secretas, o a postear enlaces a Fox News y 4chan. La desesperación de la gente ante la nueva amenaza vírica hizo el resto: las visualizaciones se contaban por millones.
No parecía que todo aquello fuera una casualidad. ¿Se habían puesto de acuerdo? ¿Qué mecanismos habían activado este viraje tan desconcertante? Y, sobre todo, ¿cómo casaba la búsqueda de la calma interior con la propaganda del miedo colectivo?
Este llamativo hecho es el punto de partida de Conspiritualidad. Cómo las teorías conspirativas de la new age se convirtieron en una amenaza para la salud pública (Capitán Swing, 2026), un ensayo escrito a seis manos por Derek Beres, Matthew Remski y Julian Walker que analiza la convergencia entre espiritualidad alternativa, negocio digital y cultura de la conspiración. Un cortocircuito cultural donde la búsqueda del sentido de la vida y la desconfianza hacia la autoridad competente terminaron reforzándose mutuamente hasta generar un nuevo ecosistema de influencia que todavía dura.
El libro, editado en inglés en 2023, no es un ensayo escrito desde la distancia académica, sino desde dentro del propio ecosistema que analiza. Sus tres autores comparten una larga trayectoria en el mundo del yoga y el wellness, primero como practicantes y profesores, y después como observadores críticos de sus derivas reaccionarias. Remski, por ejemplo, es periodista y novelista, pero pasó seis años atrapado en sectas antes de iniciar un proceso de recuperación que lo llevó a especializarse en las dinámicas coercitivas.
Derek Beres, por su parte, había trabajado como reportero en temas de salud, ciencia y cultura, además de impartir clases de fitness durante años. Y Julian Walker lleva años escribiendo sobre las falacias cognitivas de la vida espiritual y religiosa, y sobre las tensiones entre psicología, neurociencia y prácticas contemplativas.
Conspiritualidad nace de esa convergencia. Primero fue un podcast, impulsado por el cambio que detectaron al inicio de la pandemia. En él los autores comenzaron a cartografiar en tiempo real lo que veían emerger: la fusión entre influencers del bienestar, discursos antivacunas y retóricas de extrema derecha.
Esa doble condición (haber formado parte del sector y haberlo cuestionado desde dentro) atraviesa todo el ensayo. Remski, Beres y Walker conocen el atractivo que puede llegar a tener la industria espiritual y sus promesas de transformación, pero también sus zonas oscuras. Y desde esa experiencia sostienen que la espiritualidad no es el problema en sí, sino la apropiación que han hecho de ella las lógicas de mercado, los algoritmos y las dinámicas sectarias, que pueden convertir la búsqueda de sentido en una herramienta de desinformación y riesgo para la salud pública.
Es un movimiento social, sobre todo online, en el que las teorías de la conspiración y la espiritualidad (especialmente la de tipo new age) se mezclan en un cóctel explosivo de sectas, pseudociencia y extremismo de derechas
Paranoia y “despertar”
“La conspiritualidad es un movimiento social, sobre todo online, en el que las teorías de la conspiración y la espiritualidad (especialmente la de tipo new age) se mezclan en un cóctel explosivo de sectas, pseudociencia y extremismo de derechas”, explica Remski vía correo electrónico.
El autor califica a la conspiritualidad como un fenómeno lleno de paradojas: “Por un lado, en la vertiente conspirativa, prevalece una desconfianza radical hacia el mundo. A la vez, en la espiritual, existe una pronoia, la convicción de que todo conspira para bien y nos conduce hacia el paraíso”, señala. Esa tensión, explica, se traduce en una doble creencia: “Están ocurriendo cosas terribles, perpetradas por élites malvadas, y tomar conciencia de esa corrupción forma parte de un despertar espiritual que acabará sanando al mundo”.
Una vez asumida esa lógica, el activismo tradicional pierde peso. “Quienes creen en la conspiritualidad sienten que pueden acelerar el proceso revolucionario no a través del activismo político tradicional, sino mediante la meditación, el consumo de suplementos alimenticios, el rechazo a las vacunas o escuchando a médiums espirituales”, afirma.
Todo este movimiento, añade, tiende a escorarse hacia posiciones reaccionarias porque parte de la premisa de que “todas las instituciones humanas: gobiernos, educación, medicina, periodismo, no están ‘iluminadas’ y bloquean el verdadero crecimiento espiritual”. En ese proceso, concluye, “la espiritualidad se ha convertido en una puerta de entrada para la extrema derecha”.
En lugar de los valores tradicionales, ellos se aferran a otros como “la intuición por encima de la investigación científica, la comida orgánica como causa y garante de toda la salud y la pureza corporal o la idea de que la enfermedad es signo de debilidad moral”.
Es inevitable ver la relación de estas ideas con movimientos como QAnon, la teoría conspirativa nacida en foros de Internet que sostiene que el mundo está controlado por una élite secreta y malvada formada por políticos, empresarios y celebridades y que un grupo oculto dentro del poder lucha para derrotar. “Esta relación no es casual: QAnon es una forma concentrada de los impulsos más oscuros de la conspiritualidad”, sostiene Remski.
Además, el autor señala que, desde la publicación original del libro, ha detectado que este tipo de movimientos suponen una distracción política que le viene muy bien al capitalismo. “Y eso tiene un potencial enorme para drenar la energía cognitiva y la capacidad de esperanza que tanta falta hacen entre los movimientos de izquierdas que deberían estar pensando en cómo frenar el fascismo”, apunta.
Sienten que pueden acelerar el proceso revolucionario no a través del activismo político tradicional, sino mediante la meditación, el consumo de suplementos alimenticios, el rechazo a las vacunas o escuchando a médiums espirituales
Un movimiento que no surge de la nada
A pesar de que, como hemos dicho, la pandemia actuó como catalizador del fenómeno de la conspiritualidad en nuestra época, no es precisamente algo nuevo. Los autores dedican una buena parte de su libro a rastrear sus orígenes históricos.
“A los nazis les encantaban el yoga y el wellness por razones muy parecidas a las de los conspiritualistas actuales: desconfiaban de la medicina moderna y del periodismo convencional, convencidos de que ambos estaban corrompidos por fuerzas seculares (en su caso los judíos)”, asegura Remski. “Odiaban a los intelectuales y a los académicos, y se inquietaban mucho ante cualquier expresión artística que pudiera considerarse ‘degenerada’. Eran extremadamente heteronormativos y anhelaban una antigua edad de oro en la que la salud era perfecta, lejos de todo lo que consideran impuro o contaminado del mundo moderno”. Todas estas ideas, encajan perfectamente con las de los conspiritualistas de hoy en día.
Esta vez, el proceso de ascenso de la conspiritualidad en nuestros días siguió, según Remski, el esquema siguiente: “Cuando la COVID obligó a cerrar negocios en la primavera de 2020, también cerraron estudios de yoga, consultas de masajes, clínicas quiroprácticas, etcétera”, recuerda.
El vuelco hacia lo digital fue inmediato. “Miles de profesionales de la salud alternativa se vieron forzados a volcarse de lleno en lo digital y a competir por la atención del público en redes”, explica. En ese contexto, el virus se convirtió también en una oportunidad de negocio: clases online, coaching individual, venta de productos con supuestas capacidades curativas…
Así se sembró la duda: ¿y si el problema no era tanto la COVID-19 sino nuestro sistema inmunitario o nuestra actitud ante la vida? Tranquilos, ellos te vendían prácticas, hierbas, aceites, suplementos o lecturas astrológicas que nos mantendrían a salvo. “Para mucha gente del mundo del bienestar alternativo, la urgencia de una crisis de salud pública fue el momento perfecto para poner realmente a prueba sus pócimas”, apunta Remski.
Pero claro, la competencia por la atención se volvió feroz, con lo que fue necesario subir la apuesta. “Hacía falta escalar el delirio todavía: el virus no era real, las vacunas eran veneno, George Soros quería matarnos para robarnos la sangre, las personas trans venían a por nuestros hijos…”.
Una “religión digital” sin comunidad real
Esta nueva “religión digital” tenía solo dos dogmas fundamentales: el mundo está gobernado por fuerzas malignas y solo unas pocas personas saben la verdad. Pero, ¿por qué esos dos lemas resultan tan atractivos a tantas personas? “Ofrecen claridad y certeza”, defiende el autor, “pero, a la vez, muy pocas vías reales de acción. De modo que la tensión se queda siempre en el plano del discurso”, apunta Remski.
A su juicio, el movimiento funciona como una versión desactivada de análisis políticos más estructurados: “Tiene toda la capacidad de diagnóstico de un análisis marxista de la historia, pero no su capacidad terapéutica”. Si el diagnóstico es que el mundo está dominado por fuerzas malignas, habría que organizarse. Sin embargo, la conspiritualidad opta por canalizar la energía hacia el consumo de contenidos en Internet y la autoafirmación.
Remski recurre a una metáfora para ilustrarlo: es como la diferencia entre construir un barco real y fabricar uno dentro de una botella. En Internet, explica, parece fácil reunirse y compartir la indignación. Pero si el proyecto político no sale de la red, “lo que el grupo acaba teniendo es un barco dentro de una botella”. Y la botella tiene dueño: la plataforma. “Si el barco es un proyecto político, se quedará ahí, dentro de una botella, sobre la mesa de Elon Musk o Mark Zuckerberg, como un entretenimiento. Incluso cualquiera de ellos puede desenchufarlo, estrangularlo en el algoritmo y hacerlo desaparecer”.
Ejércitos de personas fueron entrenadas para creer que el “activismo de clic” era participación cívica. “Pero no lo es, y no solo deprime la participación en la vida real, sino que probablemente con el tiempo erosiona nuestras habilidades para ella”, afirma Remski.
No es casual, señala, que QAnon y la conspiritualidad hayan prosperado tanto en Estados Unidos y no en países con una sanidad pública robusta o redes de seguridad social más amplias
¿Hay salida para la espiritualidad?
La pregunta final es inevitable: ¿puede existir una cultura del bienestar que no derive hacia la manipulación o hacia el delirio? Remski reconoce que entre los tres autores hay diferencias de opinión. “Julian tiene una teoría sólida sobre cómo el pensamiento crítico y un profundo respeto por la ciencia pueden permitir una espiritualidad no tóxica, y yo estoy de acuerdo con eso”, afirma.
Pero introduce una cautela materialista: “Como marxista, también creo que toda religión es un producto de las condiciones materiales, y que una espiritualidad que ha evolucionado para expresar y gestionar la paranoia fascista solo puede desvanecerse cuando deja de cumplir una función social y económica”. No es casual, añade, que QAnon y la conspiritualidad hayan prosperado tanto en los Estados Unidos y no en países con una sanidad pública robusta o redes de seguridad social más amplias.
A su juicio, las religiones que surgen como respuesta a amenazas percibidas “son frágiles”. Frente a ellas, propone mirar hacia tradiciones como la Teología de la Liberación o el budismo Navayana, y hacia comunidades religiosas que hoy “están poniendo el cuerpo para defender a sus vecinos en Estados Unidos frente a los desmanes del ICE”. Es decir, espiritualidades ancladas en lo real, no en el algoritmo.
Tras hablar con Remski, da la impresión de que el problema no es tanto la existencia de bulos o gurús oportunistas como el vacío que estos han venido a ocupar. Ante los complejísimos desafíos del presente (y los que se intuyen en el futuro), la conspiritualidad ofrece respuestas simples y la sensación de pertenecer a un pequeño grupo que ya ha despertado. En este contexto, parece urgente que, desde sectores de la izquierda, se impulsen propuestas, medidas y acuerdos para devolver la esperanza en el futuro y el sentido a la mayoría. Y, en especial, a los más jóvenes.