Por qué hay personas que siempre llegan tarde, según una psicóloga: “Hay quien se hace esperar para sentirse más especial”

Una cita perdida, el tren que se va o hacer acto de presencia en una reunión que hace rato que ha empezado. Todos tenemos aquel conocido o amigo que siempre llega tarde, sea la hora que sea. Y no hablamos de algo aislado, porque todos podemos llegar tarde en algún momento y disculparnos por ello, sino de un hábito y ritual que se repite día tras día, personas que acostumbran a llegar siempre sin aliento, aunque sea solo diez o quince minutos. Su impuntualidad crónica define a estas personas por completo y, lo peor de todo, puede exasperar a quienes las rodean. 

¿Qué hay detrás de este patrón de impuntualidad? ¿Es simple desorganización o hay algo más profundo en esta batalla contra el reloj? Nuestra relación con el tiempo es un aspecto muy personal. No solo se trata de añadir minutos al reloj, sino que muchas veces tenemos que hablar de aspectos que van un poco más allá. Aunque llegar tarde no tiene porqué encasillarnos siempre en algo concreto, sí insinúa una tendencia y podemos pensar en ello como un mapa en nuestra agenda que dibuja de forma discreta nuestro día a día.

Una mala gestión del tiempo y desorganización

Como nos explica María Arias Iglesias, psicóloga de MA Psicólogos, “la desorganización es la primera evidencia y el primer disparador para no ser puntual”, porque detrás de la impuntualidad hay alguien que “no planifica correctamente, por procrastinación o por mala gestión del tiempo”, afirma Arias. 

En este sentido, a menudo hay una gran distancia entre lo que marca el reloj y lo que percibe nuestro cerebro, lo que nos lleva a subestimar de manera sistemática el tiempo necesario para completar una tarea. 

Solemos idealizar situaciones y, por tanto, no calculamos bien el tiempo que tardaremos en hacer algo. De acuerdo con este estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology, incluso las personas conscientes de sus repetidas impuntualidades continúan anticipando plazos futuros con un optimismo excesivo. Es más, otras investigaciones como este estudio han descubierto que tendemos a subestimar el tiempo que nos llevará atravesar una distancia física que nos resulta muy familiar. 

En promedio, las personas pueden llegar a subestimar en un 40% el tiempo que les llevará completar una tarea. Se trata de algo que se manifiesta en todos los ámbitos, incluso en la planificación diaria, en los que se deja muy poco margen para los imprevistos.

Pero es que, además, a este problema de gestión del tiempo se le suma otro factor determinante: la personalidad. Hablamos aquí de aspectos como “un exceso de optimismo, o de confianza, porque creen que llegarán puntuales; o la baja autoestima ya que el que llega tarde intenta alimentar su autoestima marcando el ritmo y el horario, se hace esperar y rompe las reglas para sentirse así más especial o importante”, admite Arias. 

Es como si, quien siempre llega tarde, aprecie la atención que recibe, una forma de poner a prueba a la otra persona y la fuerza de su afecto, protegiendo de manera inconsciente sus sentimientos a pesar de sus errores. En cuanto a los optimistas, su visión les hace creer que pueden con todo en su apretada agenda, pero claro, si intentan hacer demasiadas cosas a la vez, siempre llegarán tarde. 

La impuntualidad crónica, explica Arias, puede relacionarse en ocasiones “con patologías como la ansiedad social —llegar tarde para evitar la confrontación que supone esa cita que genera ansiedad— o una personalidad narcisista, es decir, alguien que no empatiza con los que esperan”, reconoce Arias. Muchas veces, quienes llegan tarde constantemente pueden simplemente mostrar indiferencia a las consecuencias que tiene su impuntualidad en los demás, un síntoma de egocentrismo más generalizado. 

Qué hacer para gestionar mejor el tiempo y aprender a ser puntual

Romper con el hábito de llegar tarde requiere estrategias prácticas y un cambio de mentalidad. No es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana, pero es posible. Para Arias, “la primera medida y más efectiva para simplificar es la planificación”. Organizar y crear rutinas puede ayudar. Si nos fijamos en cómo actúan las personas puntuales nos daremos cuenta que son organizadas, cautelosas y realistas cuando planifican. 

En la mayoría de los casos, las personas puntuales crean rutinas en secuencias, no pierden el tiempo decidiendo qué hacer y sus rutinas se vuelven automáticas. Por ejemplo, por la mañana se despiertan, se lavan la cara, van a la cocina, hacen un café, se duchan… todo esto sin tener que pararse a pensar “¿qué hago ahora?”.

La planificación nos ayuda a anticiparnos y a pensar en la logística para llegar a un destino y, además, nos permite estimar mejor cuánto tiempo nos llevará cada tarea y distribuir el tiempo en consecuencia. “Pararse a pensar antes de quedar o confirmar la hora y analizar qué tengo que hacer ese día e intentar organizarme antes de comprometerme con un horario conlleva no ser impulsivo y tener hábitos, rutinas y organización de base en nuestro día a día”, matiza Arias.

Como afirma la especialista, “se puede aprender a tener una buena gestión del tiempo y a generar estrategias para mejorar la autoestima, la empatía, la ansiedad social o los hábitos”. Incorporar estos pequeños cambios puede suponer una gran diferencia con nuestra relación con el tiempo. Se trata de reeducar al cerebro para gestionar el tiempo y las tareas de forma más sana y equilibrada. Por tanto, superar la impuntualidad es posible, pero requiere paciencia y la voluntad de comprender los componentes psicológicos más profundos que intervienen.