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El 60% de los españoles pasa de “la fiesta”

Antonio Córdoba

Ya se sabe que desde que los ingleses dejaron de ir a las peleas entre osos y perros a finales del siglo XVII (se ataba a un oso a un pilar con una larga cadena y se le echaban encima unos cuantos perros muertos de hambre, a ver quién ganaba) nada ha sido lo mismo en Londres y no ha habido un nuevo Shakespeare ni obra de teatro alguna equivalente a Hamlet. Y el mundo entero pudo oír el crack que hizo... bueno, todo, cuando se prohibió la esclavitud en España en 1880 y de un plumazo se abolieron milenios y más milenios de tradición cultural y económica europea. Sic transit gloria mundi, y al final todo se vuelve una cosa medio boba y sin gracia en la que las mayores emociones sólo se viven yendo a Ikea un primer sábado de mes.

En esta ola de desespañolización que nos acosa hay que destacar que tres quintos de los encuestados pasan de “la fiesta”. Quien esto escribe no conoce a nadie, absolutamente a nadie, que vaya a los toros, ni siquiera en Sevilla, tierra de los éxtasis de Antonio Burgos ante tanda y media de verónicas de Curro Romero en el silencio sepulcral de la Maestranza. Es cosa marginal incluso allí, de frikis que no saben que lo son, de miembros de la España oficial que se creen la España real y no son más representativos que un club de adoradores de Pikachu.

Ese 60% solamente puede crecer conforme avance el número de decesos de los Antonio Burgos de este mundo. Eso es indudable. La cuestión es saber ahora si, mientras pega coletazos en su agonía, el sector logra que crezcan las subvenciones y se enquisten con la excusa de mantener un rasgo fundamental de la identidad de “todos”. Hasta que la cosa madure para extender la prohibición, recortar (o impedir el aumento) del dinero público dedicado a la tauromaquia parece el próximo objetivo. Aunque los nacional-liberales lo llamen “tauricidio”.

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Claro que el dinero público también se puede dedicar a subvencionar la cría del toro bravo para el consumo regular de carne, si el gobierno decide que hay que calmar las conciencias de los taurófilos y evitar, con la prohibición, la extinción del toro bravo de lidia.