Los belicistas de Irak se tornan pacifistas en Libia y pierden la memoria
Juan Carlos Escudier
Quienes por convencimiento propio -los menos- o por salvar la cara de nuestro más famoso estadista con bigote -los más- apoyaron la invasión de Irak se han empeñado ahora en equiparar esa tropelía con la intervención militar en Libia, como si con ello pudieran redimirse o, alternativamente, revelar la supuesta hipocresía de Zapatero y de aquellos que entonces se opusieron a esa guerra ilegal e inmoral y hoy defienden el empleo de la fuerza contra Gadafi. Nada hay de parecido entre ambas acciones y la comparación es tan absurda como las que acostumbraba a hacer la concejala Ana Botella con peras y manzanas.
Sirva como primera constatación que en Irak fueron Estados Unidos y sus aliados, entre ellos la España de Aznar, los que iniciaron una guerra en la que han muerto decenas de miles de víctimas inocentes, mientras que en Libia la guerra ya existía, y lo que hace justificable la intervención es precisamente tratar de impedir que el dictador libio pase a degüello a la población civil que simpatiza con los rebeldes. No se actúa con la coartada de una mentira burda, como era la ficticia existencia de armas de destrucción masiva, sino bajo el paraguas de la legalidad internacional y al amparo de una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En definitiva, una actuación fue ilegal y la otra no lo es.