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Quién cocina la reforma laboral

Palabrita de Juan Jiménez Aguilar, ex secretario general de la CEOE: “Las reformas laborales no crearán empleo directamente”. Sabe de lo que habla. El que fuera número dos de la patronal en los tiempos de José María Cuevas perdió su trabajo con la llegada de Díaz Ferrán. El coste de su despido no fue un problema: la patronal le pagó 1,9 millones de euros de indemnización.

“Si abaratar el despido sirviese para reducir el paro, lo haríamos sin dudarlo, pero no es así”, decía en privado el presidente hace unos años. Mantuvo ese discurso hasta que todo cambió: hasta el terrible mes de mayo. “Se creará empleo si la economía crece, pero la economía sólo va a crecer si hay confianza; y la confianza pasa, entre otras cosas, por la reforma laboral”, dicen ahora desde el Gobierno, que quiere romper así “el círculo vicioso que nos lleva por el desagüe”. Es una reforma a punta de pistola: son los mercados de deuda pública los que amenazan con disparar. Es una nueva derrota de la soberanía nacional frente al mercado financiero global.

Pero también es preocupante la manera de cocinar esta reforma laboral huérfana, nacida sin el acuerdo social. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, no sabe cómo será. Tampoco está en el ajo la vicepresidenta Elena Salgado, que ha sido apartada. Zapatero prepara el decreto de la reforma laboral en secreto, con casi la única ayuda del director de su gabinete, el tan desconocido como poderoso José Enrique Serrano: el jefe del ala oeste de La Moncloa, que antes ocupó ese mismo puesto con Felipe González, y que ya se sienta en la mesa de negociación con patronal y sindicatos.

Serrano, en cada crisis de Gobierno, suena siempre como ministrable. No le deseo ese mal. El día que lo nombren ministro, será que le acaban de degradar.