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Conexión Habana

Santiago Botello

Llevar una cámara oculta en una reunión de narcotraficantes es una experiencia excitante. Un subidón de adrenalina parecido a saltar en paracaídas o lanzarse desde un puente con una bomba de relojería encima. El símil no es casual. Una cámara oculta abulta más o menos lo que un explosivo con temporizador. Todo el mecanismo va cableado y unido entre sí. Mientras tratas de mantener la cabeza fría entre hombres armados, tienes que intentar no hacer ningún movimiento brusco que ponga en peligro el funcionamiento de tu equipo de grabación. Si cualquiera de esos frágiles cables que llevas pegados al cuerpo se desconecta o se rompe, la cinta se va a negro. De nada sirve estar allí si no tienes la imagen: si no lo grabas no ha pasado. Además, el grabador es como un reloj de cuenta atrás: tiene cintas de 45 minutos y una batería con autonomía de poco más de hora y media. Es decir, para asegurar y no apurar, cada media hora hay que levantarse a cambiar de cinta y una de cada dos veces, además de cambiar la cinta, hay que cambiar de batería. Si sobre el papel parece complicado, en el terreno de juego es diabólico.

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En esas condiciones, y gracias a mi compañero Mauricio Angulo, nos infiltramos en los clanes mafiosos del narcotráfico cubano. Realizábamos una investigación para Telecinco sobre las presuntas implicaciones del gobierno de Castro con el narcotráfico. Después de un año de indagaciones en España, viajamos a La Habana avalados por el jefe de una familia de narcos españoles, nos ganamos la confianza de una organización criminal de La Habana, convivimos con ellos, los grabamos y salimos. Nos esforzamos en borrar cualquier huella que pudiera ayudar a la policía a relacionarnos con nadie. Pero en algo nos equivocamos. Las cosas nunca acaban cuando uno se marcha y mucho menos si ese uno es un periodista infiltrado. Cuando terminamos nuestra investigación en Cuba, el temporizador de la bomba de relojería que llevábamos encima se detuvo y las consecuencias fueron catastróficas.

Al poco de salir de la isla llevándonos con nosotros grabaciones que cuestionaban la financiación de La Revolución, el gobierno de Castro (nunca de manera oficial, naturalmente) nos iba haciendo llegar la lista de los caídos. Primero fue nuestro conductor, un policía jubilado a quien todos llamaban “El Latas”, luego Dun-Dun, un trompetista bravucón y más tarde Onliyú, una mulata que conocí en la cola de una heladería de La Habana. Pensaban que éramos turistas de paseo por Cuba. Su relación con nosotros fue casi de amigos. Eran ajenos al mundo del narcotráfico. Ninguno sabía que éramos periodistas, ni qué estábamos investigando, ni había visto un gramo de cocaína en su vida. Pero eso no importaba. El buen nombre de Cuba había sido manchado y hacía falta un escarmiento para limpiarlo. Daba igual lo que Fidel Castro supiera o no supiera del narcotráfico en su isla, o si alguno de los narcos cubanos trabajaba para su gobierno -como presumieron ante nosotros- o no. Oficialmente, los detenidos de esta historia están acusados de narcotráfico. Todos ellos, cuando fueron arrestados, estaban en La Habana. Todos seguían viviendo en su misma casa, haciendo la misma vida que llevaban haciendo los últimos veinte años. Fueron encausados por circunstancias tan fortuitas como haber sido denunciados por un vecino que les vio paseando con nosotros o haberse comprado una trompeta de contrabando. Ninguno ofreció resistencia mientras un ejército de policías arrogantes entraron en sus casas desgarrando, rompiendo y sacándolo todo de cajones y armarios. Durante los registros no hay nada sagrado. Cuando arrestaron a “El Latas” estaba velando el cuerpo de su hijo que había fallecido aquella misma tarde. Los funcionarios cubanos, mientras realizaba el registro, arrojaron al niño de su ataúd para comprobar que en él tampoco estaba lo que buscaban.

Después, llegó la “tortura blanca”, que consiste en encender en la celda del detenido unos poderosos focos de luz cada vez que el preso intenta dormirse. El insomnio (unido a la luz cegadora, al calor, a la sed y al miedo) es un gran medio de tormento y no deja ninguna huella visible, pero duele y mucho. El alto voltaje de la luz se estrella contra los ojos, seca las membranas oculares y produce una sensación similar a la de un hierro al rojo vivo atravesándote las pupilas. La lengua se hincha por la falta de agua y pincha con mil púas, como un erizo, cada vez que intentas moverla para tragar saliva. Así, mientras los espasmos de glotis te rajan la garganta, hace falta ser muy duro para no terminar firmando lo que haga falta con tal de que alguien apague la luz de esa maldita lámpara.

Sin embargo, por alguna extraña razón, la policía revolucionaria no pudo dar con “El Anillos”, el protagonista de nuestra investigación. El jefe de una organización criminal que ofrecía una escala segura en la cocaína procedente de Venezuela o Colombia y con la que estuvimos conviviendo durante más de un mes. Un poderoso narcotraficante que manejaba grandes cantidades de cocaína de una pureza del 98% y con el que pactamos envíos regulares a España de más de 30 kilos cada mes, más de mil millones de pesetas una vez puesta en las calles de Madrid. “Y por la seguridad, olvídate de eso, que yo pago aquí por la seguridad -presumía-. Yo sólo me debo a uno, que es el Gobierno”. Pero la policía de Castro no puede o no quiere encontrarle, a pesar de que nos vieron cenando con él, a pesar de que nos exhibió por La Habana Vieja como un trofeo y que mantuvimos numerosas reuniones en un entorno vigilado por policías. Parece raro que los hilos de los que tiraron las autoridades castristas les le llevaran hasta un viejo conductor jubilado, a un trompetista bravucón y una inocente estudiante de historia, pero no pudieran conducirles hasta el jefe de uno de los clanes de narcotráfico que operan en La Habana.

Esta falta de coherencia en las detenciones parece avalar la teoría de que el gobierno de Fidel Castro podría estar detrás de las operaciones de narcotráfico internacional que se cierran en su isla. Un país sometido a una intensísima vigilancia. El Comandante está al corriente de todo lo que pasa en Cuba. “El Latas”, en uno de nuestros paseos, me desveló uno de los secretos mejor guardados de La Habana: “¿Ves aquella bolita negra que está colgada de aquella esquina?–señalaba una esfera de unos treinta centímetros de diámetro suspendida de la fachada de un edificio de la plaza de la Catedral, a unos cinco metros del suelo -Eso que está ahí es una cámara de circuito cerrado”. La Habana está sembrada de ellas. Las vi camufladas en las fachadas, junto a las farolas, en las esquinas, en el interior de restaurantes para turistas y en las puertas de los hoteles. Y por si todos estos medios fallasen, el gobierno cuenta, además, con civiles que trabajan como informadores para el Comité de Defensa de la Revolución (CDR).

“En mi cuadra –me explica El Latas- está doña Elvirita, que es la encargada del CDR.

Los Comités de Defensa de la Revolución son organizaciones populares de vigilancia. Nacieron cuando el desembarco de la CIA en Playa Girón para defender a la Revolución. Desde entonces, oficialmente, se encargan de supervisar el cumplimiento de las tareas socialistas como el reciclado o las campañas de vacunación, y organizan las patrullas nocturnas para evitar actos terroristas.

Pero Doña Elvirita es, sobre todo, la que dice si trabajas o no trabajas, si tú esto o tú lo otro. Lleva un registro de los habitantes de su jurisdicción. Nadie puede vivir en ella, ni siquiera temporalmente, sin estar controlado. Y está especialmente contra los antisociales aquellos que no trabajan, que timan o roban. Si ve algo sospechoso, informa a la policía, que se presenta en su casa y le avisa. Le vigila.

Cuba no es una isla cualquiera. Es el último reducto del comunismo. El último sueño de La Revolución. Una tierra que despierta amores y odios. Castro tiene el récord Guiness de intentos de asesinato. Acabar con el gobierno revolucionario ha sido objetivo prioritario de diversos servicios de inteligencia. Es sabido que la CIA norteamericana hizo planes para asesinar a Fidel Castro en decenas de ocasiones. Esto puede explicar las extraordinarias medidas de seguridad con las que el régimen intenta proteger a su Comandante en Jefe. Cuentan que el servicio de seguridad de Castro llegó a descubrir que una de las operaciones en marcha estaba concebida en relación con la ropa que vestía Fidel. Al parecer, los servicios secretos detectaron productos químicos en alguno de sus uniformes, con el fin de inocularle determinados virus. A partir de entonces, se establecieron tales medidas de seguridad, que toda la ropa se pasa por rayos X antes de ser utilizada por Fidel. Puede tratarse de una manía, una obsesión absoluta por su seguridad, en la que él mismo participa impartiendo órdenes directas a su jefe de escolta, pero al parecer, la obsesión ha llegado a tales extremos que nunca se pone dos veces la misma ropa interior: según se la quita, se incinera.

Esa paranoia por la seguridad del Comandante está presente en toda la isla: en los aeropuertos, en las estaciones, en los hoteles, en la calle... En ese ambiente claustrofóbico íbamos a tener que movernos con nuestros equipos de grabación oculta, buscando pruebas de un supuesto narcotráfico en el que podría estar involucrado el gobierno de Castro. Un gobierno que condena con la pena de muerte los delitos de espionaje y narcotráfico (entre otros) y que no repara en gastos a la hora de invertir en medidas de seguridad y contravigilancia. Esa misma policía que protegía a Castro iba a intentar que nosotros no realizáramos nuestro trabajo. Los mismos servicios de inteligencia encargados de la seguridad de su líder nos consideraron durante una época “objetivo prioritario” y nos sometieron a un marcaje estrecho en la Isla. Nos hicieron fotos, registraron nuestras habitaciones, inspeccionaron el disco duro de nuestros ordenadores, controlaron nuestras conversaciones telefónicas y nuestra correspondencia vía Internet. Ahora sabemos que cometimos, al menos, un error. De esa ratonera que es La Habana, Mauricio y yo nos marchamos creyendo que dejábamos todas las puertas bien cerradas. Pero, de alguna manera, debimos dejarnos una ventana abierta que daba a un rincón anecdótico de nuestra vida en La Habana en el que estaban Dun-Dun, Onliyú y El Latas, tres personas inocentes que llevan más de tres años sufriendo prisión y torturas por haber cruzado sus vidas con dos malditos periodistas españoles. Mientras, La organización de narcotraficantes con la que convivimos y su cabecilla siguen operando en Cuba, ofreciendo un puerto seguro en la ruta de la droga hacia Europa.

Estamos seguros de que el Ministerio del Interior Cubano sabe a ciencia cierta cuál es el verdadero nombre del narcotraficante que quisimos esconder bajo el pseudónimo de El Anillos. Un hombre de complexión fuerte y manos impresionantes, repletas de sortijas, capaces de mover con seguridad grandes cantidades de droga a través de Cuba y sus vigiladas aduanas. Pero ya han pasado tres años “El Anillos” y su organización siguen en libertad, cerrando negocios en La Habana Vieja, una ciudad controlada por cámaras ocultas en las fachadas de los edificios, en los pasillos de los hoteles y en las farolas de unas calles controladas por cientos y cientos de policías de uniforme. Quizá eso avale la teoría de que Fidel Castro está detrás de las operaciones de narcotráfico que cerramos en su isla.

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Santiago Botello acaba de publicar, junto con Mauricio Angulo, el libro “Conexión Habana: Una peligrosa infiltración en las mafias cubanas”. El primer capítulo está en la web de la Casa del Libro.