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La corrupción daña el tiroides

Matías Vallés

En los tres años transcurridos desde que el bicondenado Eugenio Hidalgo salió esposado del ayuntamiento de Andratx, la historia de Mallorca recomienza cada semana. Con su presidencia más hundida que resquebrajada, Rosa Estarás ha disfrazado de capítulo de House la ceremonia de su autodestitución. En un alarde sin precedentes en la política española, su fuga adquirió ribetes melodramáticos de parte médico habitual, con lo cual frustraba su voluntad de adoptar una última decisión orgullosa y noble. No es una víctima, es una aprovechada con un blindaje de acero bruselense.

En un hallazgo que tendrá ocupados a los investigadores médicos, ayer se reveló que la corrupción desatada en el seno de un partido provoca arritmias y desórdenes en el tiroides de sus dirigentes. Rajoy deberá sumar, a las acusaciones rutinarias de tortura, el deterioro que policías y fiscales están causando en la salud de sus huestes. De ahí a una sospecha de envenenamiento a cargo de Rubalcaba sólo va un paso, a falta de saber si las cortinas de humo ocultarán que el PP balear ha conseguido que sea imputado penalmente hasta su jefe de prensa.

Estarás se marcha en el momento en que ha logrado odiar a sus compañeros de partido tanto como ellos la odian. A la hora de redimirse de sí misma con un desenlace inevitable, ha transformado su intempestiva dejación de responsabilidades presidenciales en un nuevo escándalo. Todos los males del PP balear son autoinfligidos, empezando con el extraño vértigo por apoderarse de los dineros públicos que incubó esa formación entre 2003 y 2007.

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