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¿Quién diseña nuestras ciudades?

Marta Peirano

Es habitual que los vecinos de un área de entretenimiento -léase zona de bares y terrazas- saquen a la calle pancartas y protestas contra el ruido que no les deja dormir. Lo he visto en Malasaña, en Chueca, en Lavapies y en el barrio del Raval durante los dias de Sonar. El ruido publicitario, sin embargo, es como el olor a gas: hace falta salir del epicentro de la contaminación para percatarse de que existe. Nadie lo nota, nadie protesta. Pero las calles, carreteras, estaciones de metro, paradas de autobus, edificios, plazas y otros soportes publicitarios no nos dejan pensar.

Cuando vemos la tele, escuchamos la radio o leemos un diario gratuito, entendemos que los anuncios es el precio que tenemos que pagar por seguir disfrutando del servicio. Hay quien se abona a la televisión de pago para no tener que ver anuncios. Numerosos medios online ofrecen suscripciones sin banners y hay quien da wifi gratis a cambio de publicidad. Quien no quiere pagar ese precio se busca un servicio de pago que le ahorre la publicidad pero ¿quién decide por nosotros en nuestra propia calle? Vayamos a donde vayamos nos persiguen mujeres semidesnudas, teléfonos de última generación, instantáneas de familias viajando en coches de lujo. ¿Qué es exáctamente lo que estoy pagando? Y, sobre todo, ¿no lo estaba pagando ya?

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