España es redonda
Circula por Internet una curiosa movilización: que aquellos a los que el fútbol ni fu ni fa aprovechen el domingo por la tarde, a las 8:30, para salir de sus casas, cámara en mano, y retratar el inquietante vacío urbano que dejará la final del Mundial. Será una oportunidad histórica, un eclipse extremadamente inusual; tal vez el mejor momento para fotografiar el alma de esas ciudades donde la soledad sólo es una sensación anónima dentro de la multitud. Este domingo será distinto, muy pocos pasearán. Las previsiones esperan 15 millones de personas frente a la televisión; la mayor audiencia de nunca jamás. Media España, una España transversal donde hay la mitad de todo y que nadie se puede apropiar, contendrá al mismo tiempo la respiración y, tal vez, con suerte y una de pulpo, pueda gritar otro gol. Aún puedo escuchar en el patio el eco del último, el de Puyol ¡Quién hubiese dicho que esas tres letras concentrasen la esencia de la única y verdadera voz colectiva!
Suerte a los que saquen fotos, no les pienso acompañar. Lo confieso, yo soy un nuevo creyente, o tal vez un infectado; aún no sé si tiene cura ni cuánto me va a durar. Yo era de esos apolíticos a los que el fútbol les da más bien igual. De niño era tan malo con el balón que técnicamente se me podía calificar como ambizurdo: tan torpe con una pierna como con la otra. Nunca me gustó la práctica, aún menos la teoría; tampoco soy sospechoso de españolista radical. Racionalmente sigo siendo crítico, sospecho del pan y circo, de la manada, de lo visceral. Emocionalmente, lo racional me da igual. Acabamos de pasar el peor trimestre del peor año de una crisis infernal que el lunes, cuando despertemos, todavía estará allí. Soy consciente, es sólo una ilusión bastante boba, una inútil evasión. Pero por unos días no quiero saber del paro, de la corrupción, del recorte de salarios, de la crisis mundial. Al menos hasta el domingo, España es redonda y yo quiero soñar.