Una operación con anestesia
Al menos son sinceros. “Claro que la reforma laboral va a implicar una rebaja de derechos”, dijo el martes uno de los vicepresidentes de la CEOE, Severino García Vigón. “Si lo que quieren algunos es aumentarlos, es una pura ilusión”, remachó el lenguaraz representante de una patronal que hace tiempo que dejó atrás los eufemismos; ya para qué. El calendario está claro: no habrá acuerdo entre patronal y sindicatos porque para ambas partes es más cómodo que el desgaste se lo lleve Zapatero, y así unos podrán decir que la reforma se quedó corta; y los otros, que se pasó. Todos ganan. ¿Todos? No.
El comportamiento del paro en España durante esta crisis –hemos sido, de largo, el país europeo que más empleo ha destruido, y más aún si se relaciona con la caída del PIB– demuestra que nuestro mercado laboral está enfermo, sí. Pero el principal problema no es el coste del despido o esos derechos de los trabajadores que tanto molestan a la patronal. Su enfermedad nace del abuso de la temporalidad, ese tipo de contratos que se dan en España en un porcentaje muchísimo mayor al de nuestros vecinos. Despedir fue baratísimo, salía gratis: bastaba con no renovar.
Los buenos datos de empleo en mayo demuestran dos cosas. La primera, que la recuperación no estaba tan lejos hasta que se tropezó con la especulación contra el euro. La segunda, que, aún así, la expectativa es ahora muchísimo peor. La confianza de los consumidores se ha hundido tras el mayo terrible. Con todo, puede que la crisis se acabe pronto, si el tijeretazo que han exigido los insaciables mercados, que ahora piden los recortes laborales, no ahoga la recuperación. Pero aun así, el miedo de la sociedad es mayor que nunca. Para algunos, es el momento ideal (de la muerte) para la reforma laboral.