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¡Pobre Federico!

Juan Carlos Escudier

(...) La costumbre de callar sobre lo hallado bajo las alfombras ha sido siempre la norma. Mantener discretamente ocultas las miserias de los antecesores se ha considerado paradójicamente parte del juego limpio en la alternancia, salvo que la publicidad fuera necesaria para contrarrestar otros ataques. Siguiendo esta lógica, hubo que esperar a que el PP se ensañara con el despacho oficial de la ministra Trujillo, equivalente a más de dos casas para jóvenes de 30 metros cuadrados, para enterarnos de que la factura en cortinas de Rodrigo Rato sobrepasaba lo políticamente correcto. Así son las cosas: los ciudadanos no tenemos derecho a conocer cuánto pagamos a Gastón y Daniela para alegrar la vista del entonces vicepresidente o cuánto nos costó dar un toque mediterráneo al despacho de Eduardo Zaplana en Trabajo, salvo que lo aconsejen causas de fuerza mayor.

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