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Porno infantil y estado policial

Tras el horrendo descubrimiento de la red de pederastas que violaban bebés –al tal nanysex que ejercía de productor de este siniestro negocio todavía se le puede leer en la caché de Google– vuelven los gritos de siempre. “Que Internet deje de ser anónimo” –dicen algunos tertulianos, escandalizados con la vergonzosa noticia. Pero, ¿la culpa es de la Red? ¿Hay que cerrarla para crear otra en la que cada ordenador tenga un policía?

En el mundo real estamos curados de estos espantos. Si alguien propusiese terminar con el anonimato de las calles para evitar el crimen, los mismos columnlistos que hoy, en su ignorancia, piden una Internet “más segura” se llevarían las manos a la cabeza. No hay duda: si cada ciudadano llevase un microchip que rastrease cada uno de sus movimientos, el mundo sería un lugar más seguro. Un policía en cada esquina, una cámara de seguridad en cada calle, patada en la puerta, patrullas ciudadanas y mano dura. Y la vieja frase de todo estado totalitario: “Los buenos ciudadanos no tendrían de qué preocuparse”.

En el mundo real ya sabemos cómo acaba el cuento. No se puede cambiar la libertad por la seguridad porque se pierden ambas.

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Nadie culpó a los teléfonos móviles de los atentados del 11M. Nadie demonizó a los aviones por el 11S. Cuando el porno infantil se movía por correo postal, o cuando se inventaron los paquetes bomba, a nadie se le ocurrió plantear que cambiase la ley para acabar con la privacidad de las comunicaciones y la inviolabilidad de la correspondencia.

Internet, como los móviles, como los aviones, como las cartas, sigue siendo sólo un medio.