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Rosa Aguilar se deja ir

Javier Ortiz

Ha sido como una de esas películas policíacas en las que director y guionista se han puesto de acuerdo en que el espectador esté perfectamente enterado de quién es el asesino desde el mismo comienzo del filme, convencidos de que eso no quita fuerza a la trama.

Supongo que para nadie era un secreto que la recién dimitida alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, se movía ya mucho más a gusto en las cercanías del PSOE que en las de Izquierda Unida.

La cuestión no era entonces saber cómo acabaría, sino qué clase de recorrido le valdría para llegar hasta Zapatero sin ser tildada por ello de tránsfuga. Para lo uno, le ha bastado con alegar que no hay puesto más glorioso que el de alcalde (o alcaldesa) de tu ciudad. Para lo otro, con cambiar la alcaldía por una consejería de primer rango. El resultado es el mismo, pero como más vistoso.

Más en El dedo en la llaga

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Transfuguismo de altura

Ramón Cotarelo

La decisión personal de Rosa Aguilar, que sus compañeros de formación dicen respetar pero critican acerbamente pone de relieve un problema de fondo en la segunda fuerza de la izquierda española que alguna vez tendrá que afrontar. Se trata de su supervivencia en un sistema de partidos con fuerte tendencia al bipartidismo (excluidos los subsistemas de algunas comunidades autónomas), basado en una fórmula electoral tan desproporcional que ahoga todo intento de articular terceras fuerzas políticas de ámbito estatal.

La decisión –en realidad un acto de transfuguismo en mitad de un mandato–, jurídicamente irreprochable y políticamente no tanto, señala un problema de la izquierda que esta no ha sabido resolver todavía. Izquierda Unida suele presentarse como la izquierda transformadora, pero en democracia sólo cabe transformar la realidad ganando elecciones, legislando con una mayoría parlamentaria y gobernando con apoyo en dicha mayoría. Lo que no sea eso es testimonial.

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