San Umbral el Estilita
Rafael Reig
Las oraciones de los hombres justos se elevan al cielo como columnas que sostienen el firmamento para aplastar la justa ira divina. Según la doctrina de la comunión de los santos, la salvación es hasta cierto punto una empresa colectiva, nadie se salva solo: los padres del yermo rezan por todos nosotros. Los estilitas decidieron hacer realidad esta metáfora en su propio cuerpo. Se subían a una columna, en mitad del desierto, y allí vivían rezando y alimentándose de alfalfa y yerba. Dicen que sus deyecciones, casi líquidas, a causa de la dieta, caían enroscándose por la columna, igual que resbala la cera por un cirio. Umbral, el columnista, hizo realidad en su vida el temblor de la literatura: el fue sólo literatura, sujetó la bóveda celeste con un armazón de palabras, se convirtió en un anacoreta, el hombre-pluma que soñaba Flaubert, con su ametralladora Olivetti, el que escribe por la salvación de todos los demás, los pecadores que caemos en la tentación de un adjetivo mal puesto o un gerundio donde no corresponde.
Francisco Umbral solía decir que hay dos clases de escritores: aquellos que escriben cuando se les ha ocurrido una idea y los que escriben para que se les ocurra una idea. Él era de los segundos: escribía para pensar, pero también escribía para lograr una identidad, una vida, un sentido. Fue, por encima de todo, escritura: una esbelta columna de violencia y belleza verbal.
Sus deyecciones, como las de los padres del yermo, aumentaron a medida que se iba consumiendo la vela, adheridas a la columna, enrolladas hacia abajo: la chulería, el machismo, las marquesas, la rebatiña por premios y honores, las mezquinas venganzas y las genuflexiones vergonzantes ante el poder.
La llama encendida, sin embargo, ha ardido en oración literaria por todos los que recordamos haber crecido leyendo a Umbral con devoción y aprendiendo la fuerza de la escritura desatada, sin más asunto que la propia literatura.
Tenía una incapacidad metabólica para la novela, pero sus mejores columnas cumplían la norma de Francís Ponge: “El escritor no debe dar al lector una idea, sino una cosa”. Eran construcciones léxicas, como catedrales o vasos campaniformes.
Su columna se ha convertido ya en una estela funeraria, una lápida de piedra en la que no sería justo ni elegante hacer pintadas con un spray.
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