El Azkena Rock Festival de Vitoria, el último refugio del rock: “Hay un buen rollo especial”
El Azkena Rock Festival convierte cada inicio del verano a Vitoria en un punto de encuentro para miles de aficionados de rock llegados de distintos puntos de España y de Europa. Más allá de los conciertos, el festival se ha consolidado como un espacio de reencuentro, convivencia y música compartida entre generaciones.
Parece una postal llegada directamente de finales de los años sesenta. Grupos de amigos caminan bajo el sol, algunos cargando mochilas, otros con camisetas de sus bandas favoritas. Conversan, ríen y avanzan sin prisa hacia un mismo destino, como si el tiempo se hubiera detenido por unas horas. Esa misma escena se repite en los alrededores de Mendizabala cuando, alrededor de las 13:00 horas, los ‘azkeneros’ se dirigen a recoger la pulsera que les permitirá acceder al recinto del Azkena Rock Festival.
La vigesimocuarta edición del festival se celebra este fin de semanaa y reúne a algunas de las principales figuras del rock internacional. Durante tres jornadas, la ciudad se transforma en un punto de encuentro para miles de aficionados, con un cartel encabezado por nombres históricos como Alice Cooper o Social Distortion, junto a nuevas referencias como Starbenders o DeWolff.
En el parking de Mendizorroza reina la calma. Apenas se escucha ruido. A la sombra del portón trasero de un coche, Ángel descansa apoyado sobre el maletero abierto, refugiándose como puede de los 34 grados que castigan Vitoria. Lleva una gorra trucker bicolor de Route 66, gafas de aviador, camiseta azul marino de Wrangler y unos pantalones cortos vaqueros.
Junto a él están Dani y Miguel, amigos desde la EGB en San Sebastián de los Reyes (Madrid). Han viajado en coche hasta la capital vasca y llevan horas compartiendo recuerdos de la adolescencia, conciertos, reencuentros y, sobre todo, música. “Hay un buen rollo especial en el Azkena”, comenta Ángel. “Aquí se viene sobre todo a disfrutar de la música. Yo incluso he traído a mi hijo alguna vez”, añade.
Los tres amigos planean acercarse al centro antes de volver al recinto. El festival, de hecho, se extiende también fuera del recinto con conciertos gratuitos en la plaza de la Virgen Blanca. Este año, Bywater Call actúa el viernes a las 13:30, mientras que los australianos The Backyard Casanovas lo hacen el sábado a la misma hora. “Hay gente que ni siquiera compra la entrada. Viene al centro y luego se queda por los bares”, añade Ángel.
A pocos metros, otro habitual del Azkena espera junto a su hijo adolescente, apoyado también en la rutina ya aprendida de cada edición. “Llevo quince años viniendo”, cuenta. “Lo mejor es reencontrarte con gente de otros años”. Su hijo asiente, tranquilo: “El año pasado hice el festival completo y este repito”.
En otra esquina del parking, Nuria charla con Óscar y Raúl, todos llegados desde Madrid. “Muchos de los que venimos de fuera acabamos coincidiendo aquí”, explica. “Antes había camping y venía más gente internacional. Ahora ese espíritu se ha trasladado al parking”.
El esperado reencuentro
A las seis de la tarde en punto se abren las puertas de Mendizabala. Minutos antes, una marea de camisetas negras, sombreros vaqueros y gafas de sol se acercan al recinto. Algunos llegan tras trabajar; otros después de horas de carretera. El festival no solo mueve a miles de aficionados al rock, también activa una pequeña red logística que conecta Vitoria con distintos puntos del norte peninsular. La persona encargada de coordinar el servicio durante la jornada del jueves explica que han salido cuatro autobuses completos con destino al festival, procedentes de Donostia, Bilbao, Navarra y Burgos.
La movilidad también se percibe en las inmediaciones. Los taxis no dejan de entrar y salir constantemente. Durante un descanso, uno de los taxistas observa el trasiego con satisfacción. “A nivel de Vitoria, estos son de los tres o cuatro días que más movimiento generan en todo el año, incluso más que algunas jornadas de las fiestas de la ciudad”, asegura. “Y además viene gente que no suele dar problemas. Hay muy buen ambiente”, agrega. En la cola de entrada, José Luis y Esther, llegados desde Sevilla, viven su primera experiencia en el Azkena con ilusión. También están Mikel y Arturo, que lo resumen sin matices. “El Azkena, dentro del purismo, es el último que queda”. Una vez dentro, los reencuentros se multiplican. Raúl, Rubén y Txema vienen de Gipuzkoa y Navarra: “Llevamos veintidós años viniendo y al entrar hemos dicho: otro Azkena mas. Es una cita imprescindible”.
El ambiente se reparte entre los distintos escenarios y zonas. En la entrada principal, a la derecha, se encuentra el escenario La Salve, reservado para las jornadas centrales del festival. Más al fondo se levantan los escenarios God y Respect. Entre ellos, el público se mueve entre barras, zonas de descanso, puestos de comida y espacio de sombra que ayudan a combatir el calor. En ese mismo entramado aparece el espacio Balore, promocionado como uno de los ejes del compromiso del festival con la sostenibilidad y la convivencia.
Historias que cruzan fronteras
Susana y Philip, de origen eslovaco, se encuentran sentados, escuchando al cantautor y guitarrista estadounidense de blues y soul Robert Finley. Ambos viven en Brujas (en la Bélgica flamenca), aunque han pasado una parte importante de su vida en Canarias y hablan español con fluidez. Han llegado a Vitoria esa misma mañana desde Bruselas. “Hemos cogido el avión a las 12:30 y a las 14:00 ya estábamos aquí”, explica. Después, se desplazaron hasta el camping de Ibaia, haciendo autostop. “Vamos a pasar cuatro días en Vitoria y el domingo volvemos a Bruselas”.
Como amantes de la música punk y rock, llevan años acudiendo a conciertos y festivales por toda Europa. Sus rostros transmiten una complicidad serena. “Acudimos a muchos festivales de Polonia, Eslovaquia, Bélgica… De hecho, este fin de semana comienza el Graspop, uno de los festivales más importantes de Bélgica, pero hemos decidido venir a este festival”. Uno de las característica del festival, dicen, es la facilidad con la que la gente conecta. El ejemplo más claro lo representan ellos mismos, que planean encontrarse más tarde con las personas que conocieron en el camping.
Más allá de esta pareja que ha cruzado medio continente, en el festival es habitual encontrar cuadrillas formadas a lo largo de los años, entre conciertos, viajes y experiencias compartidas. En el epicentro del recinto, se encuentran Gorka y Belén, una pareja que forma parte de un grupo de amigos. Mientras de fondo suena el rock psicodélico, el blues, el rock y el rock sureño de la banda neerlandesa Dewolff, la cuadrilla charla con tranquilidad, como si el tiempo ralentizará entre concierto y concierto.
“Somos una cuadrilla variada. Venimos de Donostia, Bilbao… Hemos venido todos en coche”, comenta Gorka. El grupo ha optado por el bono cuadrilla que ofrece el festival, una promoción pensada para amigos que permite obtener una entrada adicional gratuita por cada cinco bonos adquiridos. Además, la pareja se aloja en una casa rural en Eskoriatza. “Nuestros amigos van y vienen, pero hemos quedado dentro del festival para ir todos juntos”. Sin embargo, durante la conversación, la pareja pone en valor algo que va más allá de la organización o la música: la autenticidad del festival. “Es mi primera edición”, señala Gorka. “No había podido venir antes por trabajo y estoy alucinando. Hay una energía, un respeto y una cordialidad, que me han sorprendido muchísimo”. Belén lo resume: “No es como otros festivales más de pose. Aquí la gente viene por la música”.
Gorka mira a su alrededor. Desde ese punto se observa una mezcla generacional en armonía: personas de mediana edad caminando con calma, jóvenes compartiendo espacio, gente que simplemente está, sin prisa. “Esto lo puede comprobar cualquiera”, añade. “¿Cuánta gente está mirando el móvil? En otros festivales quizá todo sería más de pose, pero el Azkena es auténtico”.
A medida de que la tarde, el recinto se llena cada vez más de personas que buscan música y reencuentros. Y entre ese flujo constante también aparecen escenas más íntimas, familiares. Janire e Ibon con sus hijos, menores de diez años, entre conciertos. Caminan despacio, atentos a la música que llega desde los escenario. Para ellos, el Azkena es también una forma de compartir una parte de su vida con los más pequeños. “Es una manera de disfrutar de la música en familia y de introducirles en el rock desde pequeños”, explican. “Ellos aguantan lo que quieren… y si no, se van con los abuelos”.
La noche compartida
Cuando cae la noche, muchos de los asistentes regresan a la zona de parking situada junto al recinto. Allí, familias, amigos, parejas y nuevos conocidos se reúnen para compartir comida, risas, música y conversación, mientras esperan el concierto principal de la jornada. Roberto, padre de familia, cena junto a su hijo, su cuñada y su mujer. Son de Vitoria y acuden cada año al festival. “Lo primero que hacemos es comprar la entrada del año siguiente”, cuenta. De hecho, ya la tienen. “Este año somos menos, normalmente venimos más gente”.
Al otro lado del aparcamiento, Ángel y su grupo de amigos comparten mesa con nuevos compañeros mientras escuchan música y comentan los conciertos del día. Entre ellos está Daniel, fotógrafo y artista, que observa el ambiente con calma. “Este es uno de los momentos más bonitos del Azkena”, explica. “Sentarse con los tuyos, pero también al lado de otros grupos que están viviendo lo mismo. Se crea un ambiente de camaradería muy especial”.
A pocos metros, una cuadrilla de cinco amigos de unos treinta años comparte otra mesa. Borja, uno de ellos, lleva seis ediciones viniendo al Azkena. “Es un festival de nicho, viene gente más mayor, pero a nosotros nos gusta mucho”. Para él, hay algo que define especialmente al festival: el ambiente. “Aquí hay gente con ciertos valores. En seis años no hemos tenido ni un problema. En otros festivales, cualquier tontería puede acabar en lío. Aquí no. Si pasa algo, se resuelve con naturalidad”.
Como muchos otros asistentes, Borja y sus amigos compraron las entradas en noviembre, mucho antes de conocer el cartel. Para ellos, el Azkena es una cita fija en el calendario. “Somos amigos desde el colegio, desde los dos años. Estas son nuestras vacaciones”, explica. Tras una pausa, lo resume en una frase: “Para nosotros, el Azkena es eso”.
Siempre quedará el Azkena
A las 23:30 de la noche, antes de que empiece el concierto, el público ya se concentra frente al escenario God. Entre ellos está Ángel. Cinco minutos después, comienzan a sonar los primeros acordes del cabeza de cartel. Pero la música no se detiene en Mendizabala. Mientras The Hives encienden el escenario principal, en Trashville la banda Les Robots realiza su prueba de sonido en una de las carpas más viscerales del festival. A pocos metros, en la carpa Red Hop, el DJ Joe Meats alarga la madrugada, prolongando la vida del recinto más allá del concierto principal.
Ángel y sus amigos lo resumen entre risas, como una idea que se repite año tras año: “Es el Azkena… es el último”. Silencio breve. Sonrisa. “El buen rollo que hay aquí no lo encuentras en otro festival”, añade Miguel. “De los años que venimos no hemos visto una pelea nunca”, opina Angel. Y tras una pausa, remata: “Es el último festival auténtico”.