Atrapados en la nostalgia
La RAE llama nostalgia a la pena de verse ausente de la patria, de deudos o de amigos. También ofrece una segunda interpretación que es la que mejor se acerca a la idea que pretendo transmitir: “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Tristeza, melancolía, dicha perdida…, todo parece remitir a un pasado del que se desea irremediablemente su retorno. Un tiempo anterior, olvidado en sus defectos y mitificado en sus virtudes. Así debían recordarlo ciertos energúmenos que han originado los sucesos lamentables en el pre y pospartido de la final del Mundial de fútbol ganado por la selección española.
Diversos altercados, protagonizados por una minoría de violentos, empeñados en imponer una única versión de forma de vida, han oscurecido lo que pretendía ser una fiesta deportiva. Bilbao, Vitoria, Donostia o Berriozar han adquirido protagonismo al ver cómo sus calles eran nuevamente objeto de disturbios brutales, de agresiones hacia personas que por su indumentaria o su ubicación frente a una pantalla pública mostraban intereses distintos a los de los manifestantes.
El objetivo de los agresores estaba claro, excluir de estos lugares cualquier atisbo de identificación con unos colores odiados desde su más tierna infancia, eliminar de la vía pública toda referencia a la simbología española, amedrentar a quien hubiera decidido mostrar interés por disfrutar de una noche de espectáculo futbolístico.
Con estos comportamientos reproducían imágenes de triste recuerdo para cualquier vasco con más de tres décadas de vida. La imposición por la fuerza, el desprecio en sus cánticos, el matonismo en sus gestos, todo nos obliga a volver la vista atrás, a esos años que creíamos olvidados de forma definitiva. No lo pueden permitir; la calle siempre deberá ser suya, sus proclamas, las únicas permitidas. Son incapaces de entender un presente que no les satisface y buscan un futuro inalcanzable. Son nostálgicos de un pasado al que se niegan a renunciar, en la confianza de que su violencia y forma de ver el mundo sea la que acabe imponiéndose.
Sin embargo, no han entendido que la sociedad vasca, al margen de los sentimientos identitarios de cada cual, hace tiempo que decidió girar hacia otro lado; hace años que —aunque sin demasiada autocrítica— confió en seguir avanzando en democracia, en el diálogo, en la confrontación pacífica de ideas. Y, para ello, desterró la violencia como método de persuasión, la imposición como mecánica política. Cada vez aparecen más personas dispuestas a frenar este tipo de actuaciones agresivas, aunque tenga que ser con un abanico como arma defensiva. Cada vez hay más clamor para criticar abiertamente a quien se arma de violencia. Cada vez el rechazo hacia estos nostálgicos es más visible.
Raúl Guerra Garrido, novelista que sufrió el rechazo violento del nacionalismo vasco radical, recordado recientemente en una exposición del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo titulada 'Narrar la herida. Las víctimas de ETA en la Literatura', valoraba seguir siendo uno mismo, aunque fuese lo más peligroso. Eran otros tiempos, donde el heroísmo de unos/as pocos/as en su enfrentamiento con el terror etarra produjo consecuencias letales que sirvieron para anestesiar durante muchas décadas a toda una sociedad como la vasca. Resistir era una temeridad, sólo al alcance de quienes pusieron sus ideales por delante de sus propias vidas. Ahora no se trata de resistir, sino de convencer con argumentos democráticos; se trata de demostrar que una convivencia en paz sólo se logra desde el respeto máximo a ideologías y creencias y no desde la imposición.
A ese mundo desquiciado, de silencios cómplices y miedos exacerbados, pretenden llevarnos unos indeseables nostálgicos, exultantes de violencia y raquíticos de razón. Habrá que decirles alto y claro que ese no es el camino para exponer sus razonamientos y que el convencimiento viene de la razón y no de la coacción. Y por si aún no bastasen tales argumentos, explicarles que la anomalía que rodeaba a Bill Murray, obligado un día tras otro a realizar los mismos actos, en la película 'Atrapado en el tiempo', fue consecuencia de una tormenta de nieve, de un extraño fenómeno meteorológico y no de un premeditado plan identitario para salvarnos a todos/as.
También lo deja perfectamente nítido Jeanne Moreau, la inolvidable Catherine objeto de disputa de 'Jules et Jim', de F. Truffaut: “La nostalgia es cuando deseas que las cosas permanezcan siempre igual”. Ni los deseos son axiomas indemostrables, ni Euskadi sigue en los años del plomo.