Euskadi ante la ola reaccionaria: hoy más que nunca la igualdad no se negocia
No hemos llegado aquí por generación espontánea. La realidad que hoy vivimos en Euskadi es el fruto del sudor y la resistencia de generaciones de mujeres que, en las fábricas textiles, en los caseríos y en las calles durante la Transición, exigieron lo que por derecho les correspondía. A ellas, a las que sufrieron el silencio y la invisibilidad, les debemos cada centímetro de libertad. Sin embargo, en pleno 2026, esa herencia está siendo atacada por una corriente que pretende convencernos de que la meta ya ha sido alcanzada y que el feminismo es, hoy, una herramienta de opresión. Nada más lejos de la realidad.
La extrema derecha y los sectores reaccionarios han instalado un relato peligroso: afirman que la igualdad legal ya es total y que cualquier política de género es un “privilegio”. Los datos en Euskadi desmienten esta falacia con una contundencia dolorosa. La brecha salarial en nuestra comunidad sigue estancada. Si la igualdad fuera real, no veríamos cómo la población vasca que está en riesgo de pobreza mayoritariamente tiene rostro femenino.
La trampa reside en la “parcialidad impuesta”. Mientras los discursos reaccionarios dicen que las mujeres eligen libremente trabajar menos horas, la realidad estructural nos dice que el 67,2% de las tareas de cuidados recae sobre nosotras. No es una elección; es una condena sistémica que expulsa a la mujer del mercado laboral pleno y la aboca a pensiones de miseria. Las mujeres mayores en Euskadi son hoy las víctimas de un sistema que utilizó su trabajo gratuito para sostener el bienestar social y ahora les devuelve una vejez precaria. ¿Dónde está la “igualdad real” para una mujer que sobrevive con una pensión mínima tras una vida de cuidados?
Si queremos un ejemplo que todo el mundo entienda, miremos al césped. El deporte, y específicamente el fútbol, es el escenario donde la brecha salarial se convierte en un abismo obsceno. En España, la brecha salarial en el fútbol profesional alcanza un asombroso 744%. Mientras el salario medio de un jugador de la Liga masculina ronda los 190.000 euros, sus homólogas femeninas apenas perciben unos 22.500 euros de media.
Mientras un jugador estrella en el fútbol masculino puede cobrar millones, las jugadoras de la Liga F luchan por un salario mínimo que apenas les permite la profesionalización real. Argumentar que “no generan lo mismo” es ignorar décadas de infrainversión y falta de visibilidad mediática. El fútbol femenino no es “menos”, ha sido históricamente “menos apoyado”. Utilizar el mercado para justificar la desigualdad es la herramienta favorita de quienes quieren perpetuar el patriarcado.
Uno de los puntos más oscuros de la actual ola reaccionaria es el victimismo masculino. Se está propagando la idea de que los hombres son “los nuevos perseguidos” por las leyes de igualdad. Este discurso, que cala peligrosamente en la juventud vasca, ignora la evidencia: en Euskadi, los puestos de toma de decisiones en el IBEX 35 y en la industria de alto valor siguen siendo abrumadoramente masculinos.
Las carreras de futuro -Ingeniería Informática, Inteligencia Artificial, Energías Renovables- presentan una presencia femenina que en muchos casos no alcanza el 25%. Mientras tanto, los sectores más precarios y físicamente agotadores, como la limpieza de hogares y la asistencia domiciliaria, están ocupados casi al 100% por mujeres, muchas de ellas migrantes. Decir que el hombre está discriminado en este contexto no es solo una mentira estadística; es un insulto a la inteligencia y una estrategia para frenar el reparto del poder.
Es alarmante observar cómo el discurso de odio de la derecha y la extrema derecha ha permeado en los centros educativos de Euskadi. Diversos observatorios juveniles alertan de que una parte de los varones jóvenes percibe el feminismo como un ataque personal. Estos discursos reaccionarios actúan como un virus que borra la empatía y la memoria histórica. Al banalizar la violencia de género y etiquetarla como “violencia doméstica”, están desprotegiendo a las víctimas y legitimando estructuras de control que creíamos superadas.
El odio no nace, se siembra. Y se siembra desde tribunas políticas que utilizan el algoritmo de las redes sociales para convencer a nuestros jóvenes de que la lucha por los derechos de la mujer les quita derechos a ellos. Es imperativo recordar que el feminismo no busca invertir la opresión, sino eliminarla.
No podemos permitir que el negacionismo se asiente en nuestras instituciones ni que el ruido reaccionario borre la memoria de quienes levantaron este país. Tenemos una deuda de honor con la genealogía de la resistencia vasca: con las conserveras de Bermeo que desafiaron al mar y al agotamiento, con las empacadoras de las rías y las obreras textiles de Bergara o Andoain que tejieron los primeros derechos laborales. Nuestra voz de hoy es el eco de las mujeres de la fábrica de camisas de Rekalde, de la fuerza bruta de las mineras de Bizkaia, del ingenio de las naiperas y las saqueras de Vitoria-Gasteiz, y de la entrega infinita de tantas y tantas mujeres del campo que sostuvieron la vida cuando todo lo demás fallaba.
A ellas, que trabajaron en la sombra para que hoy podamos ocupar la luz, les debemos la firmeza de no dar ni un paso atrás. Por ellas, que rompieron los candados; por nosotras, que sostenemos la lucha; y por las que vendrán, nuestras hijas y nietas, no podemos permitir que los discursos del odio y el reaccionismo calen en los principios ideológicos de los jóvenes. No es una cuestión de opinión, es una cuestión de supervivencia. Necesitamos asegurar un presente de justicia para nosotras y un futuro de libertad absoluta para las que nos siguen. Frente a su odio, nuestra memoria; frente a sus mentiras, nuestros datos. Por una Euskadi que no olvide, la lucha deber seguir hoy más latente que nunca.