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Opinión - 'La encerrona perfecta', por Rosa María Artal

Luchar contra el calor en los centros educativos no debería depender solo del aire acondicionado

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El calor extremo ya no es “un verano fuerte”. Es una crisis climática en aceleración rápida, impulsada por emisiones humanas, que está convirtiendo ciudades enteras en auténticas trampas térmicas y poniendo contra las cuerdas a infraestructuras críticas.

Los científicos advierten que eventos como estos —capaces de colapsar redes eléctricas y saturar hospitales— serían prácticamente imposibles sin el impacto del cambio climático provocado por el ser humano.

Las ciudades están acumulando calor como hornos urbanos, mientras carreteras, sistemas eléctricos y servicios de emergencia trabajan al límite. Y hay un detalle aún más alarmante: las noches ya no refrescan lo suficiente, lo que impide que el cuerpo humano se recupere del estrés térmico.

El escenario está cambiando rápido: lo que antes era un evento estacional ahora se perfila como una nueva normalidad persistente. Con océanos más calientes y niveles de humedad en aumento, las próximas olas de calor podrían ser todavía más intensas.

La agricultura, la construcción, el transporte, los servicios de emergencia, los docentes y alumnos en aulas que sobrepasan los 30 grados e incluso los 40 grados, y poblaciones vulnerables están entre los más expuestos a este futuro cada vez más extremo.

Una ola de calor que paraliza países enteros durante cinco días seguidos es una anomalía, pero será la norma si las emisiones globales no pisan el freno de inmediato, según la comunidad científica. La ciencia indica que el cambio climático ha hecho que las temperaturas extremas sostenidas y las sofocantes noches sin brisa sean hasta 100 veces más probables que en décadas pasadas, alterando por completo cómo debe ser la adaptación de nuestras ciudades y hogares.

Un reciente análisis de World Weather Attribution advierte que 385 de las 854 ciudades europeas analizadas (el 45%) ya han superado o romperán a corto plazo sus máximos históricos de estrés térmico, un índice que combina temperatura, humedad y viento. Esta alteración confirma el pronóstico del climatólogo Erich Fischer, de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich de la ETH Zúrich, quien explica que los récords climáticos ya no se baten por décimas, sino por márgenes excepcionales que destrozan las marcas, y utiliza una metáfora deportiva para ilustrar la magnitud del problema: es como si un atleta de salto de altura batiera el récord mundial por medio metro de golpe, en lugar de por un par de centímetros. Lo excepcional ha colonizado la normalidad.

Convendría recordar que la línea roja que durante milenos había mantenido las concentraciones de CO2 en la atmósfera por debajo de las 300 partes por millón (PPM) hoy está más que superada: las concentraciones han aumentado drásticamente en los últimos 100 años, alcanzando en mayo pasado las 432 ppm, según la NASA.

El adelanto del verano y sus olas de calor ha interferido de forma grave en el calendario escolar. En el Estado español en general, y, en particular en Euskadi, en el último mes del curso escolar, la temperatura en el interior de las aulas ha sobrepasado a menudo los valores del necesario confort que requiere el estudio de los niños y niñas y los jóvenes. Lo mismo ocurre al inicio del curso en septiembre, con veranos que se alargan. Está cambiando el calendario climático y esto interfiere en muchas actividades.

En estos días ante unas temperaturas que suben más y más, hemos visto que la venta de aparatos de aire acondicionado y las peticiones de instalación se han disparado en las distintas poblaciones de Euskadi. Está claro que el aire acondicionado puede ser necesario, especialmente durante episodios extremos o en espacios vulnerables. Sin embargo, se debería tener una mirada algo más larga. Las altas temperaturas han venido para quedarse.

Nazaret Ruiz Marín, profesora del Departamento de Máquinas y Motores Térmicos de la Universidad de Cádiz, en un artículo publicado en la revista The Conversation, afirma que convertirlo en la única solución tiene sus inconvenientes. Aumenta el consumo eléctrico, eleva los costes de funcionamiento y desplaza al exterior parte del calor que extrae de las aulas.

Este debate llega, además, en un momento clave para la edificación. La actualización del Código Técnico de la Edificación, ligada a la Directiva europea de eficiencia energética, busca avanzar hacia un parque inmobiliario de cero emisiones en 2050 y refuerza una idea básica: antes de climatizar más, hay que reducir la demanda energética de los edificios. En un sector que ya representa alrededor del 40 % del consumo energético mundial, adaptar los colegios al calor no puede consistir simplemente en consumir más electricidad.

Una estrategia eficaz frente al calor extremo comienza por algo tan básico como impedir que la vivienda, el aula u otra instalación, se sobrecaliente desde el principio. Esto se puede hacer con diseño pasivo: orientar bien el edificio, proteger las ventanas del sol, mejorar la ventilación, incorporar sombra y vegetación, e innovar en el uso de materiales.

Hace unos días, la consejera de Educación del Gobierno vasco, Begoña Pedrosa, anunció que su departamento trabaja en “un plan de confort térmico para los centros educativos” ante las olas de calor registradas en Euskadi como consecuencia del cambio climático. Este verano se pondrá en marcha un proyecto piloto en cuatro centros. Sin desdeñar, el interés de este proyecto, se me antoja que es totalmente insuficiente.

Tampoco se trata de climatizar todos los centros, por lo que decía anteriormente, Además, de que requeriría una inversión elevadísima. Pero existen recursos para ir avanzando en medidas de mitigación del calor que eviten que los niños y niñas y jóvenes estudien en hornos.

El calor extremo en las escuelas y demás centros educativos es un problema crítico de salud pública y equidad educativa. Los colegios necesitan un cambio de paradigma urgente: pasar de medidas de emergencia a intervenciones arquitectónicas estructurales que garanticen espacios seguros, protejan la salud infantil y de los jóvenes y mantengan la concentración.