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Polvo antes que pan

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Ella no es solo ella; es la suma geológica de tres mujeres que aprendieron a masticar polvo antes que pan. Lleva en los ojos el mismo color de la tierra que su abuela pisaba en Jaffa antes de que el mundo decidiera que su casa ya no era su casa. Y en las manos, esas manos sarmentosas y prematuramente viejas, sostiene el peso invisible de una llave que no abre nada porque la puerta fue demolida hace setenta años.

Pero ahora es distinto. Ahora el aire en Gaza no huele a salitre ni a especias quemadas, huele a una calcinación antigua, a un hedor repugnante que se adhiere a la piel y susurra que ahí abajo, entre el hormigón pulverizado que cruje como huesos secos, yacen el carnicero, el panadero, el niño que corría detrás de una pelota desinflada y la generación entera que no llegó a ser. Ella contempla el horizonte, ese mar que lame la costa con una indiferencia insultante, y lo que ve no es futuro: es una maqueta.

Le han contado, o ha visto en los papeles brillantes que caen del cielo como una nieve envenenada, que existe un plan. Dicen que habrá una Nueva Gaza. Una isla artificial, un vergel de cristal y acero, paseos marítimos de diseño y palmeras que no darán sombra porque serán de plástico o de hologramas. Una Gaza sin Gaza. Una tierra prometida para el turismo de la desmemoria, erigida sobre el mayor cementerio al aire libre del siglo. Quieren limpiar el rastro, barrer la historia como se barre la basura, y ella comprende que el verdadero genocidio es ese: no solo matar el cuerpo, sino convencer al mundo de que ahí nunca hubo vida. Que el dolor de su madre y el hambre de sus hijos son apenas un obstáculo logístico para la inversión inmobiliaria. Es la aniquilación, la pulcritud del delineante que traza líneas rectas sobre vidas torcidas, borrando el caos humano para instaurar el orden del dinero.

Al ver esto, una comprende que el genocidio es matar el cuerpo y la obsesión de unos pocos por reescribir la realidad. Observar cómo se limpian el hollín de la frente con un gesto de dignidad es algo que nos debería partir en dos.

Me observo las manos, examino mi entorno, y siento una náusea existencial que me recorre entera. Me siento cada vez más 'hippie', o algo parecido. No sé explicarlo ni tampoco etiquetarlo, y no me avergüenza decirlo. Cada vez más convencida de que la única revolución posible es la de la ternura, la de negarse a participar en este delirio colectivo donde el crecimiento económico vale más que el pan compartido y donde hemos confundido progreso con devastación. Es una especie de rebeldía íntima, anacrónica si se quiere, que me nace en las tripas al comprobar que hemos convertido el planeta en un tablero de Monopoly irrigado con sangre real.

Una siente que no puede ser. Que resulta imposible que hayamos aceptado este pecado capital continuo como sistema operativo de la existencia. No me cabe en la cabeza que siempre, invariablemente, frente a una persona tenga que erigirse una frontera. Que para mirar al otro a los ojos haya que sortear un muro, una valla con concertinas, un papel timbrado. ¿Qué clase de especie demente somos? Hemos parcelado el aire, hemos puesto precio al agua, hemos decidido que la dignidad humana cotiza en bolsa y depende de si posees un euro, un dólar o un nicho en propiedad.

Me pregunto en qué momento exacto nos extraviamos. En qué recodo de la evolución decidimos que era aceptable dejar morir a alguien porque nació diez metros más allá de una línea imaginaria trazada por un señor con bigote hace cien años. Cada vez creo menos en las grandes palabras, en las democracias de cartón piedra, en los organismos internacionales que redactan condenas “enérgicas” desde despachos climatizados mientras a los pueblos les llueven bombas fabricadas por sus propios socios comerciales.

Por eso, cada día me refugio más en lo pequeño. Es una fe extraña, contradictoria. Cada vez creo más en las personas, en la capacidad individual de la señora que comparte su sopa, en el médico que opera sin luz, en la mano que aprieta otra mano bajo los escombros. Y, simultáneamente, creo tan poco en nosotros. Me asomo al abismo de nuestra propia condición y veo a un animal asustado y codicioso, capaz de componer sinfonías y de diseñar cámaras de gas, capaz de amar con locura y de ignorar el exterminio si este ocurre lo suficientemente lejos de su zona de confort. Capaz de compartir una vida y acabar asesinando a su pareja.

Hay noches en que el viento arrastra arena hasta aquí. No lo puedo demostrar, pero lo sé. Es el mismo polvo que en Gaza se mastica. Y me pregunto si algún día, cuando todo esto sea una nota a pie de página en un libro de historia que nadie leerá, alguien abrirá la ventana y sentirá en la lengua ese sabor a tierra quemada, y sabrá que algo terrible pasó. Que fuimos nosotros.

Si nos queda algo de vergüenza, sabremos poner la oreja en el suelo y escuchar, sin la hipocresía de quien promete un paraíso de hormigón sobre los huesos calientes de sus muertos. No podemos aceptar que este sistema, que tritura carne para fabricar monedas, es lo único a lo que podemos aspirar.