Prepárense
Muchas personas han creído que estábamos viviendo la época más brillante de la historia, el momento en que la especie humana, en tanto que impulso progresivo, ha llegado al culmen. Sin embargo con el crecimiento de los partidos políticos medievales que fomentan diariamente la estupidez del género humano, parece que estamos, de nuevo, en condiciones de revivir la catástrofe desatada durante la primera mitad del siglo pasado. El optimismo que proporciona el progreso material, la divinización de la tecnología, nos han hecho creer que el salvajismo natural del hombre sería sustituido por una humanidad bondadosa, pacífica y solidaria, ignorando que nuestros bisabuelos presenciaron inventos mayores que los nuestros y nadie les libró de la barbarie, el salvajismo, las dictaduras más sanguinarias de la historia y el aburrimiento.
Los propietarios de los medios de comunicación, redes sociales incluidas, han promocionado a los líderes medievales, herederos de aquellos criminales que provocaron la catástrofe del siglo veinte, porque los medios necesitan la catástrofe. Necesitan fomentar el odio. Necesitan fomentar el racismo. Necesitan fomentar los más bajos instintos de la especie porque eso les permite rentabilizar su negocio dado que las malas noticias dan muchísima más plata que las buenas, hipnotizándonos, de paso, con las múltiples pantallas con las que nos han limitado el mundo. El mundo descosido. El mundo que al abrazarlo te recibe con una patada en las partes. El mundo de los fanáticos. El mundo de los estúpidos. El de los que lo solucionan todo repartiendo hostias.
Tradición, por cierto, muy arraigada en nuestro país, que, históricamente, tras el masculino reparto de hostias ha condenado a muchos españoles y españolas a comer el pan arrugado de los míseros y a beber el alcohol podrido y el café con leche aguado en las tristes tabernas del exilio. Los bárbaros están a las puertas. También el otoño. El tiempo de las setas. El tiempo de las castañas. El tiempo de los colores incendiados, dorados, calientes, que tras la telaraña azulada de la niebla matinal se desatan en los montes. El tiempo de leer los viejos libros, huir de las pantallas, recuperar las recetas consistentes de nuestros antepasados cuando en las cocinas la vida discurría entre pucheros, habladurías, sartenes, leche hirviendo, niños que entraban y salían en busca de la merienda y familiares que metían la cuchara en el puchero para determinar si al cocido nuestro de cada día le faltaba sal o pimienta y el tiempo de no castigarse demasiado por no haber llegado a ser quienes en nuestra juventud soñamos ser. Comienza un nuevo curso. Un curso electoral. Prepárense.