Urge más feminismo
El 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, es un día para reconocer el trabajo del Movimiento Feminista. Es imprescindible hablar de la influencia que la organización y las interpelaciones del movimiento han tenido en la lucha por los derechos para implicar a toda la sociedad. ¿Qué sería de nosotras sin las mujeres que se autoinculparon de haber abortado cuando había 11 mujeres de Basauri en riesgo de ser encarceladas por ello? ¿Dónde estaríamos si no hubiera habido una marcha de mujeres vascas exiliadas y aliadas antifascistas que se sentaron en Hendaia, frente a la muga impuesta, para denunciar los asesinatos de Txiki, Otaegi, Baena, Sánchez Bravo eta García Sanz? ¿Qué derechos no tendríamos hoy si 3.000 feministas no se hubieran juntado en 1977 en Leioa en las primeras Jornadas Feministas de Euskal Herria?
Gracias al feminismo en la clandestinidad y al desarrollo del Movimiento Feminista todos estos años gozamos de muchos derechos y seguimos luchando por muchos más. Pero, como ayer, hoy también nos encontramos con discursos que niegan la desigualdad estructural entre mujeres y hombres, cuestionan la propia existencia de la violencia machista y presentan el feminismo como amenaza. ¿Cómo se puede decir que el feminismo ha llegado demasiado lejos cuando padecemos la brecha salarial, la precarización de los sectores feminizados, la responsabilidad y el peso de los cuidados, los asesinatos machistas y las agresiones sexuales?
Pero va calando, igual que lo hizo allá por los 80, como muy bien recoge Susan Faludi en su libro ‘Backlash’. La autora nos demuestra cómo, una alianza perfecta entre fundamentalismos religiosos, partidos políticos de derecha y extrema derecha y una cooptación importante de la cultura popular fueron los ingredientes perfectos para el backlash (¿os suena de algo?). “La reacción antifeminista no se desencadenó porque las mujeres hubieran conseguido plena igualdad con los hombres, sino porque parecía posible que llegaran a conseguirla”. Y 35 años después releemos esta obra y pensamos que nos habla del ahora. La historia nos recuerda que las pérdidas de derechos no empiezan de forma abrupta, sino normalizando el discurso del odio, desinformando a la sociedad y cuestionando principios básicos como la igualdad y la dignidad humana.
Recordemos algunos datos. La brecha salarial y la precarización de los sectores feminizados sigue siendo una realidad en Euskal Herria. Según un informe publicado por el Instituto de la Mujer en febrero de 2025, la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 16,47% en la CAV y del 18,54% en Navarra. La brecha aumenta al 28,64% entre las personas menores de 20 años y al 25,57% entre las mayores de 65 años. Además, cabe destacar que mientras el 24,8% de las mujeres perciben ganancias iguales o inferiores al Salario Mínimo Interprofesional (SMI), entre los hombres este porcentaje no llega al 11%. Añadimos a esto que a las tareas de cuidado no se les da valor y muchas veces quedan fuera del mercado. Un dato significativo es el que aporta un informe de Emakunde de 2024: las mujeres vascas cogen el 87% de las excedencias para el cuidado de menores y el 72% para el cuidado de familiares. En cuanto al sector de cuidados, son conocidos los bajos salarios de las trabajadoras de las residencias de personas mayores y las malas condiciones laborales de las empleadas del hogar. La mayoría son mujeres, y muchas de ellas migrantes, especialmente en el caso de trabajadoras internas (residentes en la propia vivienda). Esta feminización del sector se cruza con formas de precariedad como el trabajo no regulado, las jornadas excesivas o los requisitos que incumplen la normativa. Los servicios de ayuda a las empleadas de hogar denuncian que en torno al 10,8% de las empleadas de hogar externas se encuentran en situación irregular, porcentaje que se eleva al 33,9% entre las trabajadoras internas.
Y frente a estos datos y al auge de los impulsores del backlash urgen respuestas integrales. Necesitamos más feminismo en todas partes, desde las instituciones hasta las calles. Cabe recalcar el efecto que tienen las movilizaciones como la Huelga Feminista General, que habló de una dinámica a corto, medio y largo plazo incorporando para ello una mesa para trabajar un Acuerdo de País que obligó a las diferentes instituciones a analizar y plantear su política en materia de cuidados. Es verdad que aún hoy los gobiernos vasco y navarro siguen dando la espalda a este movimiento y su solicitud de trabajo en común. Y sabemos quienes ganan así. Es nuestra responsabilidad poner los medios desde las instituciones para encauzar ese acuerdo de país, adaptarlo a la realidad de nuestro pueblo y llevarlo a cabo. Las estructuras que toman estas decisiones requieren de nuevos modelos de gobernanza colaborativa, gobernanza feminista.
Y no olvidemos que el 17 de Marzo tiene lugar otra Huelga General que afecta de manera específica a la precariedad vital que sufren de manera especial las mujeres. Una jornada de lucha por un salario mínimo propio, que ayudaría a mejorar muchos de los datos arriba mencionados. Otro ejemplo claro de la necesidad de colaboración entre el movimiento sindical y las instituciones. Habríamos avanzado mucho si, en vez de dar carpetazo a la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) de los mismos sindicatos que hoy llaman a la huelga, el Parlamento Vasco hubiera aprobado un espacio de trabajo conjunto que respondiese a esa ILP.
Ante estas necesidades evidentes y grandes retos, nuestro pueblo tiene el tejido sociocomunitario y la sabiduría para articular sectores amplios y diversos del país para compartir otra forma de hacer. Una forma que ponga pie en pared contra el fascismo e impulse políticas que repercutan positivamente en la vida de las personas. Porque al fascismo también se le combate con más derechos. Quieren una sociedad de mujeres sumisas y tendrán en frente a una diversidad de actrices que les demostrará que por aquí y por nuestras vidas y cuerpos no pasarán.