Opinión
La cultura de partido
Allá por julio de 2004 cumplí 18 años y una de las primeras decisiones que tomé fue afiliarme al PSOE. Fue una decisión que tomé con convicción, aunque el proceso era relativamente lento. Tras presentar la solicitud de militancia, me citaron a una asamblea de la agrupación, en la que debía comparecer con el aval de, al menos, dos militantes. Solo después de comprobar y acreditar que ese deseo era coherente con la ideología y los valores socialistas, te incorporabas a la agrupación con plenos derechos y plenas facultades: con voz y voto en las asambleas y con la posibilidad de aportar todo lo que consideraras oportuno al debate interno.
Allí había compañeros y compañeras de todas las edades. Unos, con más de 80 años habían sobrevivido a la clandestinidad; otros, de mediana edad, se habían incorporado al PSOE tras la Transición; y otros, como era mi caso, lo habíamos hecho con el cambio de milenio. No pretendo aburrirles con esta pequeña introducción, sino ilustrar de la mejor forma posible cómo ser militante del PSOE no se consideraba entonces un mero trámite administrativo —y mucho menos telemático—, sino algo verdaderamente serio.
Con 18 años y ese ímpetu propio de la edad, me lancé en la primera asamblea a la que asistí a preguntar por qué era tan rígido y complicado hacerse militante del partido. Añadí que pensaba que aquel procedimiento, tan antiguo, iba en contra de los tiempos e, incluso, que alejaba a la juventud de la participación política. De repente, uno de los militantes más veteranos de mi agrupación levantó la mano y, con una voz rotunda y recia, afirmó: “Esto es cultura de partido, y es mucho mejor que estemos pocos con las ideas claras que muchos con las ideas difusas y con poco compromiso”.
Tardé algún tiempo en entender aquello que el compañero afirmó, pero hoy lo comprendo perfectamente. Eso de la «cultura de partido» es difícil de definir y explicar, pero todos los que militamos en el PSOE desde hace ya unos cuantos años sabemos perfectamente lo que implica y lo que significa.
No pretendo con estas líneas establecer categorías de militancia ni parecer el abuelo Cebolleta, sino ilustrar lo mejor posible la idea de que ser del PSOE no es lo mismo que estar en el PSOE. Ser del PSOE y adquirir un compromiso desde esa cultura de partido significa asumir, desde el principio, que cualquier militante debe ser siempre ejemplar, ostente o no un cargo institucional o público. Y, si lo ostenta, con aún mayor exigencia.
Esa cultura de partido obliga también a defender siempre las instituciones democráticas que conforman el Estado. Todas las instituciones. También implica tener claro que los intereses generales de la organización están siempre por delante de los intereses particulares y que ambos se sitúan por debajo del interés general del país. Es lo que Ramón Rubial nos dejó marcado a fuego: “Primero España, luego el PSOE y, solo al final, nosotros”.
La cultura de partido nos obliga también a no hacer nunca daño a las siglas, a saber llegar a los puestos de responsabilidad y también a saber marcharnos cuando llegue el momento. A ser, en definitiva, solidarios y responsables con un proyecto compartido. Los militantes, todos los militantes, independientemente de la responsabilidad orgánica o institucional que tengamos en cada momento, estamos para servir al PSOE y no para servirnos del PSOE.
La cultura de partido es algo maravilloso. Es un patrimonio que las generaciones anteriores nos legaron; una ley consuetudinaria, no escrita, a la que, como militantes socialistas, hemos de recurrir siempre que tengamos dudas sobre qué decisiones tomar, cómo proceder cuando vienen mal dadas o, precisamente, cómo no proceder cuando intuimos que nuestra actuación puede generar un problema al conjunto de la organización.
La cultura de partido es ese poso, ese marco de responsabilidad que nos obliga y nos condiciona a todos, sin excepción. No perdamos nunca ese patrimonio de incalculable valor que tanto ha contribuido a que este partido haya sobrevivido a tantas zozobras a lo largo de su historia.