Sentir interés: la forma más humilde y radical de seguir aquí
Las lectoras de poesía sabemos que hay versos que te desarman no por su complejidad, sino por la brutal sencillez con la que ponen orden al caos que llevamos dentro. Escuchar a Jorge Sosa (Ciudad de México, 1981) en el Museo Pedrilla de la Diputación de Cáceres fue recibir un diagnóstico inesperado: su voz soltó una descarga que todavía vibra, un verso que un día él mismo leyó y que ayer nos compartió: «No buscaba la felicidad, sino sentir interés».
Fue un tajo a la tiranía de la felicidad. Sosa proponía el “interés”, como un acto de resistencia. Sentir interés es estar presente de manera activa, es mirar lo que nadie mira desde hace tiempo, es preferir el asombro de las emociones antes que la anestesia de lo perfecto. Y así se produjo por primera vez la sensación de estar en el sitio adecuado encontrando la verdad que no buscábamos.
Sosa es un poeta que se sitúa precisamente ahí: en la grieta de lo que sobrevive. A diferencia de quienes buscan la trascendencia en grandes abstracciones, Sosa es un poeta de la calle, un recolector de residuos que extrae belleza de lo que otros consideran vulgar. Su mirada se detiene en los viejos de los casinos, donde la luz de neón ilumina arrugas profundas como «heridas abiertas», comparando esos templos del azar con bibliotecas: lugares oscuros donde nadie nos ve ser lo que realmente somos.
Esa poética del residuo se despliega con maestría en sus libros publicados por Liliputienses, como 'Pony' y 'Yoghurt con ceniza'. En ellos, Sosa documenta quiénes somos a través de lo que consumimos y lo que perdemos: desde el sabor a sangre en las encías al pensar en una hamburguesa, hasta la melancolía de un primer cigarrillo fumado un martes de junio esperando un castigo divino que nunca llega. Su voz es la de un observador agudo que se retira del ruido —del fútbol, del éxito, de la visibilidad— para lavar los trastes en el anonimato mientras fuma y le dedica al insomnio las horas que necesita este.
Pero quizás su proyecto más conmovedor y conceptualmente brillante sea ‘It was a dark and stormy night’, editado por Pitzilein Books. Inspirándose en Snoopy, ese perro que intenta escribir una novela sobre su caseta, Sosa construye una ficción bilingüe que habita casi enteramente en las notas al pie de página. Allí, el traductor se convierte en el protagonista de una historia sobre la tristeza personal y la relación de ternura y desamparo entre un niño y su perro. Es un libro que trata, sencillamente, de «no estar bien», y de cómo esa fragilidad es, en última instancia, lo único real que poseemos.
Sosa no entiende la poesía como un ejercicio solitario, sino como una práctica colectiva y multimedia. Como miembro fundador del colectivo Los KFGC, ha explorado la «muerte del autor» utilizando sintetizadores modificados —como un Kaoscillator dentro de un control de Guitar Hero— para convertir el texto en una experiencia sónica y performativa. Ya sea a través de bots de Telegram como «Ola Sucia» o sistemas de tarot poético, su obra siempre busca el «contagio» y la interacción aleatoria, desafiando los límites del libro tradicional.
Escucharle en Cáceres fue confirmar que el mexicano es uno de los referentes más lúcidos de la experimentación literaria actual.
Este milagro de cercanía, lucidez y honestidad podría parecer un hecho aislado dentro de una actividad organizada para declamar unos poemas, pero sin duda fue de nuevo la reminiscencia de un sueño, de un milagro que ojalá hubiera sido el de los panes y peces en nuestra tierra: El ciclo Centrifugados, ese encuentro de literatura periférica y necesaria, ha vuelto a demostrar que Extremadura puede ser el centro de un mapa emocional que une ambas orillas del Atlántico a través de la palabra poética. Detrás de ese milagro que se resiste a desaparecer cruelmente está la figura del escritor y editor José María Cumbreño y sus Ediciones Liliputienses. Cumbreño ha hecho de la edición un acto de justicia poética, publicando voces que, como la de Sosa, se encargan de descarnar la palabra hasta llegar a su esencia. Bajo su respaldo, hemos visto cómo la literatura hispanoamericana regresa a casa, no para darnos lecciones magistrales, sino para hablarnos de tú a tú sobre el cansancio que nos azota una y otra vez y la belleza que lo sobrevive. Y es que aún estamos profundamente vivas. Sentimos interés. Que nadie nos lo ampute.
Centrifugados
Gracias a apuestas como la de Cumbreño, ayer respaldada por Ada Salas, y el espíritu de Centrifugados, estas voces nos ayudan a entender que, en un mundo caótico y decepcionante, el acto más íntimo puede ser, simplemente, reconocer nuestra propia herida intermitente bajo la luz de un atardecer casi veraniego y con el sonido de unos pájaros que se empeñaban en hacerse notar importándoles, sin embargo, absolutamente nada que alguien les escuchara.
Allí sucedió. Con algunas personas desconocidas compartiendo una experiencia que, estoy segura, ninguna olvidaremos; con otras conocidas, pero no lo suficiente como para atrevernos a decirles aquello de Ánuar Zúñiga: «Dios te ama porque no vive contigo». Y estaban también un puñado de seres a los que amas y te aman, los que dan sentido a nuestra trágica existencia.