A Coruña, epicentro del brutalismo gallego
Sus 119 metros de altura, 33 plantas, dominan la línea del cielo en A Coruña. Y en Galicia: la Torre Costa Rica o Hercón es el edificio más alto de la comunidad –el vigésimo séptimo del Estado– y uno de los ejemplos más singulares del brutalismo en la ciudad atlántica, estructura de hormigón levantada en los 70 por el arquitecto José Antonio Franco Taboada. Su silueta es una de las que recoge la muestra Coruña brutalista, organizada al amparo de la Semana de Arquitectura da Coruña en la sede municipal, y en la que hay colegios, iglesias, la estación de autobuses o torres de viviendas. Y, sobre todo, hormigón a la vista.
La huella brutalista no es difícil de detectar a simple vista. La arquitectura que los expertos adscriben a la etiqueta –imprecisa y discutida pero expresiva y útil– utiliza como elemento principal el hormigón armado: en las fachadas y en las estructuras, también en los prefabricados. Y no lo esconde. El término lo popularizó, en los años 50, un crítico inglés, Reyner Banham, a partir de béton brut, la palabra francesa para denominar el material. La célebre Unitè d'Habitation de Le Corbusier, en Marsella, levantada en 1952, es una de las obras pioneras del estilo.
Las razones de por qué A Coruña acabó por convertirse en el epicentro del brutalismo gallego son diversas. Las explica Antonio Ríos, coordinador de la Semana de Arquitectura da Coruña. “Durante los años 60, la ciudad experimenta un gran crecimiento. Se nota especialmente entre la calle Juan Flórez y la Avenida Fisterra [en la actualidad zonas céntricas]”, dice, “y se construyen muchos edificios en altura”. La geografía del municipio contribuyó a ello: una península que se adentra en el Atlántico y tiene suelo limitado. Por el mar. “El poco espacio aumenta la densidad”, añade Ríos. En esa área se encuentra la Torre Costa Rica. Pero también otra de las joyas del estilo en la ciudad: la Torre Trébol.
La diseñó el arquitecto Carlos Meijide y la componen tres volúmenes con forma de trébol y alturas distintas, la mayor de 90 metros. La terminó en 1975 y cuarenta años después, un colega, Fernando Agrasar la describía en el periódico local La Opinión como producto de una época “en la que se construía mucho pero en la que se buscaba arquitectura de calidad para el programa de vivienda, aunque estuviera al servicio de los privado”. Meijide también se encargó de una cooperativa de vivienda a poca distancia del Trébol que, en palabras de Antonio Ríos, reinterpretaba las tradicionales galerías gallegas, tan presentes en A Coruña.
Pero no solo rascacielos aparecen en Coruña brutalista. También el colegio de los jesuitas, Santa María do Mar, a la orilla de la ría de O Burgo, lo proyectó Miguel Fisac, uno de los grandes nombres del brutalismo español. Sus sucesivas renovaciones las firmó Andrés Fernández-Albalat, arquitecto conectado con el galleguismo. “Albalat tuvo muchas etapas, también una brutalista”, recuerda Ríos. A ella pertenece el edificio Ocaso, en la céntrica Praza de Pontevedra.
Hay además una iglesia realmente singular, la de San Xosé de Montealto, a la sombra del emblemático depósito de agua y con la Torre de Hércules y el Golfo Ártabro al fondo, obra de Jacobo Rodríguez-Losada Trulock e inaugurada en 1968. Hormigón armado y pizarra son los materiales principales. Y su fachada triangular representa la Santísima Trinidad. Las escuelas de arquitectura también sucumbieron a la tendencia brutalista. Tanto la Superior como la Técnica -ambas de de los arquitectos Juan Castañón Fariña, José María Laguna Martínez y Rodolfo Ucha Donate- presumen de hormigón armado visto y geometría cortante y voluminosa.
“Con el brutalismo, que no siempre se llamó así, ha sucedido lo mismo que antes con otros estilos arquitectónicos como el modernismo o el racionalismo”, aduce Antonio Ríos en busca de una explicación para su popularidad en los últimos años, “hubo un cambio de paradigma gracias, en parte, a que ya existe una distancia temporal crítica, unos 50 años o más”. A lo que añade un elemento no menor: su fotogenia. De hecho, algunos críticos hablan de “explosión de libros” sobre brutalismo pero no desde el pensamiento arquitectónico, sino desde las tendencias de diseño o estilo. Su rastro, en cualquier caso, se extiende por toda A Coruña.
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