La literatura gallega bajo la censura franquista: “Frecuentes blasfemias, burlas y sarcasmos contra el obispo y los clérigos”
“Ya en la introducción hay una alusión hiriente a la censura que le impide decir todo lo que quisiera”, escribe en mayo de 1971 el censor de Xente ao lonxe, “pero aun así su texto está lleno de pasajes escabrosos, de palabras oscenas [sic] y soeces con frecuentes blasfemias, de burlas y sarcasmos contra el obispo, los canónicos, los clérigos; de párrafos hirientes y heréticos con relación a los santos, los milagros y otras materias dogmáticas, y de reticentes críticas en materia social y política”. La fenomenal epopeya de Eduardo Blanco Amor, una novela de aprendizaje obrero en el Ourense de inicios del siglo XX, no se publicó. No se publicó por lo menos en aquella versión que la Editorial Galaxia había remitido a la censura. El autor reescribió algunos tramos y, en diciembre de 1971, recibió el plácet “pese a persistir algunas inconveniencias”. Llegó a las librerías al año siguiente. El original sin distorsionar no salió a la luz hasta 2014.
La peripecia de la obra de Blanco Amor -no solo Xente ao lonxe, también sufrió la emblemática A esmorga (1959)- bajo la lupa censora del franquismo es uno de los más significativos episodios que recoge el catedrático de la Universidade de Vigo Xosé Manuel Dasilva (Vilagarcía de Arousa, 1962) en Os libros censurados por Franco (en gallego, Galaxia, 2026). “Xente ao lonxe había recibido tres informes censores y los tres desfavorables”, explica Dasilva a elDiario.es, “entonces, Blanco Amor escribe a Meilán Gil, a quien conocía y tenía un cargo en el Gobierno franquista. Este media en el asunto. Aconsejado por los editores de Galaxia, el autor decide remodelar la narración. El mecanoescrito original en el que figuran las correcciones obligadas por la censura, pero también otras de carácter estético por voluntad propia, lo encontré muchos años después. Estaba en manos privadas. La edición restaurada es de 2014”. Las vicisitudes de A esmorga, tal vez la más importante novela gallega del XX, resultaron igualmente agitadas.
'A esmorga': “Burda novela corta, en gallego”
El primer intento de publicarla en Galicia fue inviable. “Burda novela corta, en gallego, en la que se narran las aventuras y desventuras de tres borrachos”, resumía el censor Miguel Piernavieja del Pozo, “en lenguaje a menudo soez, se mezclan los diálogos de estos tristes personajes con escenas de burdel y recuerdos de aventuras. No debe autorizarse”. Sus editores de Galaxia ya se lo habían advertido: no se daban las condiciones. El libro se publicó finalmente en 1959, pero en Buenos Aires. Hasta que, ya a comienzos de los 70 y cuando la célebre Ley Fraga había sustituido la censura previa por la perversa consulta voluntaria -las editoriales remitían motu propio los originales y recibían o no el visto bueno, de lo contrario se arriesgaban a un secuestro de la edición una vez esta se encontraba en la calle-, en Galaxia cambian de opinión y vuelven a someter la obra a la censura. “Lenguaje excesivo en su forma muy libre, sucio a veces, con expresiones, palabras y frases faltosas de elegancia y de toda delicadeza. Estimamos no es admisible la publicación”, dijo entonces la administración. Un segundo informe cargaba además contra la imagen de la Guardia Civil que transmitía este periplo existencialista por los barrios bajos ourensanos escrito con un asombroso dominio técnico, y exigía mutilar el texto.
Blanco Amor accedió, pero en vez de recortar, reescribe, y elimina los pasajes señalados por el censor. Esa es la versión que en 1970 Galaxia publicó en Galicia, la última revisada en vida por el autor -la testamentaria, según la filología- y la que se reeditó una y otra vez hasta 2011. Dasilva encontró entonces el expediente de la censura en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares (Madrid) y comprendió, contra la historia transmitida durante décadas, que los cambios y las diferencias entre la versión de 1959 publicada en Buenos aires y la de 1970 en Galicia no habían sido voluntarios, sino forzados. La versión “genuina” del libro salió de nuevo en 2011. “La noche anterior a consultar el expediente de A esmorga estaba inquieto por la emoción”, hace memoria Dasilva, “las cajas del Archivo General contienen todo tipo de información: administrativa, cartas, materiales textuales. Nunca sabías lo que ibas a encontrar”.
El gallego no es para la filosofía
Hacía entonces unos tres años que se había adentrado en el territorio de la censura franquista. “Quería saber qué había sucedido con la famosa traducción de Heidegger, Da esencia da verdade”, recuerda, “y en 2007 fui al Archivo General en Alcalá a buscar el expediente”. La historia de la versión en gallego -obra de Celestino Fernández de la Vega y Ramón Piñeiro- del texto, en realidad la transcripción de una conferencia, del controvertido filósofo alemán es una de las más rocambolescas de las que recoge Os libros censurados por Franco. Enviada en 1952 a la censura, esta la autorizó con un comentario quizás involuntariamente irónico del censor: “A vueltas de largas disquisiciones, a veces un tanto retóricas, sobre el tema, Heidegger contesta a la cuestión planteada diciendo que la esencia de la verdad es la verdad de la esencia”. Pero el permiso para su publicación no duró: lo suspendió el jefe de sección de Inspección de Libros, Joaquín Úbeda.
“El problema era que Piñeiro y De La Vega querían demostrar que el gallego era válido para cualquier tema, también para el pensamiento filosófico”, aduce Dasilva, “y eso no encajaba con la visión del Régimen sobre la lengua gallega”. Folclórica, en el menos malo de los casos. El director general de Prensa de la dictadura, el siniestro Juan Aparicio, había publicado un virulento artículo en el diario Pueblo que Dasilva cita en la introducción de su obra. “En Galicia, algún pedantón traduce la filosofía alemana con ritmo de gaita […] el escritor que escribe en la colección Grial de la Editorial Galaxia, Vigo […] es un escritor que tiene faltas de ortografía en su pluma y en su alma”, aseguraba. Sus inferiores en el escalafón tomaron nota. Da esencia da verdade, las reflexiones de un pensador conservador, no se publicaron en gallego hasta cuatro años más tarde. Aparicio había abandonado el cargo.
“Sostenedor intelectual de un separatismo gallego absurdo”
Aquella primera visita al archivo de Alcalá fue, contra el propio pronóstico del autor, el inicio de un trayecto investigador que culmina en Os libros censurados por Franco. “Tras el de Heidegger, comencé a consultar todos los expedientes relativos a la literatura gallega. Fui publicando trabajos en revistas y pensé ¿ahora qué hago? ¿Una historia de la censura? ¿Reúno mis ensayos?”, relata, “pero encontré inspiración en un libro de Quim Torra [sí, el que fue presidente de la Generalitat] y Jaume Clotet”. Se refiere a Les millors obres de la literatura catalana (comentades pel censor) (2010). En esa línea, el de Xosé Manuel Dasilva es un libro de divulgación, un breviario de consulta. Además de un prólogo de contexto, recopila, ordenados con un sistema de fichas, todos los informes censores sobre obras en gallego y añade un apartado de comentarios en las obras cuya publicación fue denegada que resume lo sucedido posteriormente con las mismas.
“Ya existían trabajos sólidos sobre la censura en la literatura castellana, también en la catalana o en la vasca. En Galicia apenas había nada”, señala, “solo un trabajo de Basilio Losada publicado en los años 80 aunque sin fuentes primarias”. Lo que Dasilva sintetiza en la introducción del libro es que la censura franquista tenía tres preocupaciones principales: la religión, la política y la moral. “Descripciones realmente impublicables en cualquier país, blasfemias, ofensas a la moral”, aseguraba uno de los lectores de Blanco Amor. Y que, en el caso gallego, la lengua era otro factor de represión. “El caso de Da esencia da verdade es emblemático”, considera. Los censores no tenían problemas, sin embargo, con la poesía más etérea.
“Ningún reparo ofrece para su posible autorización esta obra de composiciones poéticas en dialecto gallego entonadas con el dulce paisaje de la tierra”, decía uno en 1960 a respecto de De día a día, de Aquilino Iglesia Alvariño, dotado poeta rilkiano. Cabanillas, cuya extensa obra atravesó fases de agitación social, poesía religiosa o mitología en verso, era otra cosa. “Es un lírico de gran inspiración, pero también uno de los sostenedores intelectuales de un separatismo gallego anacrónico y absurdo. Su crítica social -pregona la rebelión violenta de los campesinos- es también un extremismo sin mucho sentido”. Al gran poeta político gallego del siglo XX, Celso Emilio Ferreiro, también lo habían calado. “Su obra refleja una ideología insidiosa, partidista y destructiva”, decía un informe firmado por María Dolores López Delgado, “y apunta hacia varios objetivos: defensa de la libertad e incitación a la subversión, ideas y sentimientos socialistas, ataques injuriosos a la Nación y a la política económica actual, ataques a entidades y personas políticas extranjeras”.
Sobre Ferrín: “Algunas poesías rezuman un tono comunista”
“Hay informes que son valiosos desde el punto de vista literario e histórico y hay informes que son ridículos”, entiende Xosé Manuel Dasilva. Según el investigador, los censores fueron, en una primera etapa, personas ilustradas y en una segunda, “muertos de hambre, gente que quería llegar a fin de mes y se prestaba, muchas veces pretenciosos”. A la edición de 1971 de Aires da miña terra e outros poemas, el clásico decimonónico de Curros Enríquez, uno de ellos afeaba: “Dedica numerosos poemas a atacar al papado como institución terrenal ávida de poder y riquezas […] sin embargo, el ataque no se para aquí, sino que se extiende a toda la Iglesia católica, al rito, los curas, las monjas y los santos, especialmente San Ignacio, que no parece ser santo de su devoción”. Ya en los estertores del tinglado represor, junio de 1976, uno de esos lectores tijera en mano se explayaba sobre Con pólvora e magnolias, libro decisivo de la poesía gallega contemporánea, obra de Xosé Luís Méndez Ferrín. “Conjunto de poesías arítimicas [sic] de distintas tonalidades cada una, pero predominando el tono nostálgico y algo nihilista, aunque algunas rezuman un tono comunista”, sostenía.
Más allá de la textualidad de los informes, entre peripatética, amenazante, grotesca e irrisoria -vista hoy-, Os libros censurados por Franco sirvió a Xosé Manuel Dasilva para reflexionar sobre cómo el franquismo condicionó el desarrollo de la literatura en gallego. Dos tipos de factores, los explícitos y los implícitos, limitaron el terreno, taponaron vías, cercaron posibilidades, prohibieron experimentos. “Quien estaba entonces en Galicia sabía lo que podía escribir y lo que no. Estos condicionantes implícitos provocaron que muchas obras quedasen en la imaginación de sus autores, potenciaron determinadas opciones estéticas, atenuaron otras”, opina. “Los explícitos retrasaron la publicación de libros como O silencio redimido, de Silvio Santiago”, puntualiza. Solo en 1976, muerto su autor y en el tramo último de la dictadura, pudo salir a la luz este relato en primera persona sobre los derrotados en la Guerra Civil.
Os libros censurados por Franco no pretende, en todo caso, forzar ninguna interpretación. “Huyo de la especulación. El trabajo es objetivo. Solo tiene un objetivo: que dejen de circular errores, mistificaciones y falsas leyendas”, concluye el autor.