El estreno de Aina Frau marcado por la matanza de Atocha: “Pensé que podían ametrallarnos desde un palco”
Aina Frau descubrió el teatro siendo niña, cuando sus abuelos la llevaban al Teatre Principal de Palma, y ese primer vínculo la llevó, con apenas 23 años, a un Madrid todavía bajo el franquismo, donde se formó en el Teatro Estudio de Madrid junto a Miguel Narros. A partir de entonces, han pasado más de cinco décadas de trayectoria: desde los años del antifranquismo —cuando incluso ensayar podía levantar sospechas— hasta una carrera consolidada junto a figuras como Núria Espert o Héctor Alterio, y dando vida a grandes autores como Bertolt Brecht, Miguel de Unamuno, Valle-Inclán o Federico García Lorca.
También ha trabajado en televisión, especialmente en series de los años 90 como Farmacia de guardia, Médico de familia, El comisario o Hospital Central. En cine participó en películas como El Lute II, de Vicente Aranda; Flores de otro mundo, de Icíar Bollaín; o El Bola, de Achero Mañas. Sin embargo, en su trayectoria destaca el hecho de haber vivido el teatro en tiempos convulsos, en paralelo a momentos clave de la historia reciente de España. Y, además de actriz, es una gran observadora del mundo. En las jornadas de elDiario.es en Illes Balears, ella misma se definió como una “actriz lenta, una esponja”, alguien que ha ido absorbiendo historias, personas y épocas.
¿Cómo recuerda aquellos inicios en el Madrid todavía franquista?
Bueno, lo de la escuela de Miguel Narros y William Layton… Íbamos a esa clase y, claro, tenías que preparar los ejercicios de improvisación con compañeros. Como éramos pobres, no teníamos dinero; a veces nos juntábamos en la calle Barquillo, en una plazoleta, para hablar y prepararlo. Esto sería el 68 o 69. Claro, vivía Franco y estábamos en plena dictadura. Nos juntábamos cinco o seis y venía la policía y nos decía “dispérsense”, y nos dispersábamos muertos de miedo. Así era.
En esos años también hubo precariedad. ¿Cómo la vivieron?
Cuando pasaban estas cosas nos íbamos a un bar —no me acuerdo cómo se llama, pero existe todavía en la calle Barquillo— y tomábamos un té para tres, y el re-té. Nos lo mezclábamos para pagar un té entre tres porque no teníamos para más.
Yo recuerdo que, cuando estaba allí, a los compañeros de clase les mandaban sus padres latas de sardinas o cosas así porque la Frau, que era yo, no tenía para comer. Pero también fue una época en que me volví muy mayor. Aprendí a vivir, aprendí a pelear, me metí en todos los fregados importantes y me hicieron persona. O sea, que está bien.
En otras ocasiones ha hablado de una conciencia social muy temprana. ¿De dónde nace?
Yo estuve en un colegio de alto standing de Mallorca. Incluso tenía una monja que era tía mía. Y allí aprendí una cosa: lo que no quería. Las monjas que tenían estudios eran las madres y cuando entraban en el convento daban dinero, antiguamente, ahora no lo sé. Las que no lo daban eran las que fregaban, hacían la comida, los trabajos duros. Eso a mí ya me llamó la atención.
Después hacían una cosa para mí espantosa: en algunas ocasiones te ponían con alumnas más pobres y te hacían coger un bollo y un chocolate y dárselo. Yo no lo hice nunca, por vergüenza absoluta. No entendía muy bien por qué era, y siempre me castigaron. Llegaron notas a mi casa diciendo que una niña de tan buena familia tenía tanto pecado de orgullo. Era lo contrario: me moría de vergüenza. No entendía por qué había que humillar de esa manera. Eso me ayudó, siendo hija de una familia burguesa, a cambiar mi manera de ser y de pensar.
Yo estuve en un colegio de alto standing de Mallorca. Incluso tenía una monja que era tía mía. Y allí aprendí una cosa: lo que no quería
Entrando en su trayectoria teatral, son 45 años sobre los escenarios. Ha interpretado obras como Divinas palabras, Doña Rosita la soltera, Yerma, Final de partida o Tres Medeas…
Tres Medeas en Mérida. Dos con Nuria Espert y otra con Julieta Serrano. Y luego hice otra vez Hipólito en Mérida también. O sea, cuatro veces en Mérida. Esto es un orgullo, porque pisar aquellas piedras que han pisado tantas gentes durante tantos años siempre me ha emocionado.
De todos esos papeles, ¿cuáles diría que la han marcado más como actriz?
Cuando me fui a hacer teatro, a ser actriz, lo hice con la idea de que el trabajo del actor era que el pueblo viera lo que es la sociedad sobre el escenario. Era una utopía: que la imagen de lo que pasa en el mundo estuviera en el escenario, como una forma de hacer conciencia.
No siempre es así, naturalmente. Pero hice una función, Slavs!, de Tony Kushner, en el momento en que la URSS desapareció. Y ahí sí sentí que lo que contábamos era la imagen de lo que estaba sucediendo en el mundo. También he hecho Lorca, Medea, Divinas palabras, Luces de Bohemia… han sido cosas muy importantes. Pero emocionalmente, tal vez, esa fue especial.
Cuando me fui a hacer teatro, a ser actriz, lo hice con la idea de que el trabajo del actor era que el pueblo viera lo que es la sociedad sobre el escenario. Era una utopía: que la imagen de lo que pasa en el mundo estuviera en el escenario, como una forma de hacer conciencia
Su trayectoria atraviesa distintos momentos políticos. Hubo uno especialmente duro: el atentado de los abogados de Atocha.
Estábamos ensayando Divinas palabras en el Teatro Monumental. Era la última noche de ensayo general y al día siguiente estrenábamos. Los mataron ese día. La calle estaba llena de “lecheras”. Se dudó si estrenábamos o no, porque Nuria salía desnuda. Ya gobernaba Suárez, pero teníamos miedo. El miedo es algo que durante muchos años me ha perseguido. Es un poder muy grande. Recuerdo pensar que podían ametrallarnos desde un palco. Ese miedo lo recuerdo perfectamente.
Al traerlo al presente, cuando hay quienes idealizan la dictadura, ¿cómo lo vive?
Me gustaría poder explicar lo que era aquello. No tener libertad para hablar. Tener amigos en la cárcel, torturados. Ojalá pudiera transmitir esa historieta de cuando nos dispersaban en la plazoleta. Es una tontería, pero era real. Y nos íbamos muertos de miedo. Ojalá alguien entendiera lo que significa poder hablar con libertad.
Finalmente, hubo un momento en que decide volver a Mallorca después de años de trabajo en Madrid.
Sí. Yo siempre he echado de menos el mar. Nací en Puerto Pollensa y llamaba a mis amigas diciendo cuánto lo echaba de menos. Ya tenía 64 o 65 años y decidí volver. Y sonó el teléfono. Era Esteban Ferrer: “¿te vienes tres meses a Madrid a hacer Toc Toc?”. Consulté con mi compañero y me fui tres meses… que fueron nueve años. Nueve años haciendo Toc Toc, casi siempre lleno. Y eso ha hecho que tenga una buena jubilación. Después de aquello, ya de vuelta a la isla, he hecho Desbarats, Mordedama, Tabla italiana… y me han dado un premio a mejor actriz, un trozo de cristal mallorquín precioso.
Y con el contexto internacional actual, ¿vuelve ese miedo?
Sí. Pensar que un loco puede apretar un botón y acabar con todo. Eso da mucho miedo.
Volviendo al teatro, hay una cuestión clave: mujeres, edad y teatro. Ha señalado que a partir de los 50 años escasean los papeles.
Haces de abuela. No se escribe para personas mayores, sobre todo mujeres. Sin embargo, a la misma edad los hombres siguen siendo galanes.
No se escribe para personas mayores, sobre todo mujeres. Sin embargo, a la misma edad los hombres siguen siendo galanes
¿Ha cambiado algo en los últimos años?
Muy poco. Hay excepciones, pero no es lo normal.
Para terminar, después de toda una vida en el teatro, ¿cómo le gustaría ser recordada?
Como una actriz seria. Lenta, pero constante. Muy feliz. He vivido de lo que quería. Y eso es un regalo.