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Análisis

Canadá plantea una ruptura mundial con EEUU: ¿es viable una 'doctrina Carney'?

23 de enero de 2026 23:30 h

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El primer ministro canadiense, Mark Carney, aprovechó su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos el 20 de enero para lanzar una advertencia a sus aliados occidentales: el orden internacional en el que llevamos décadas desarrollándonos ha muerto. El premier canadiense defendió que países como Canadá —las llamadas potencias medias, entre las que se encuentra España— deben reducir su dependencia de EEUU, diversificar alianzas y coordinarse entre sí para proteger su prosperidad y su seguridad en un entorno cada vez más imprevisible.

El mensaje de Carney se produce en un momento crítico para la relación entre EEUU y sus aliados. Tras su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha emprendido una guerra comercial con amigos y conocidos, ha puesto en cuestión los compromisos de seguridad que durante décadas se han dado por sentados y ha revivido una visión de las alianzas basada en el interés inmediato y transaccional.

Al tiempo en que esquivaba una ruptura explícita con Washington, el primer ministro canadiense insistía en la necesidad de reducir riesgos, diversificar dependencias y ganar margen de maniobra en un contexto en el que las reglas han perdido peso y la previsibilidad se ha erosionado, incluso entre socios tradicionales.

No estamos ante un cambio superficial, sino ante transformaciones profundas en las estructuras económicas, normativas y políticas del sistema internacional

El discurso de Carney plantea una cuestión de fondo: ¿se trata de un ajuste retórico ante la presión de Trump o es un intento real de adaptarse al cambio de época? Para José Antonio Sanahuja, catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, la respuesta es clara. “No estamos ante un cambio superficial, sino ante transformaciones profundas en las estructuras económicas, normativas y políticas del sistema internacional”, sostiene.

Una transformación estructural que no se entiende sin una lectura del artífice de esta situación, Donald Trump. Para el historiador Pablo Batalla, Carney acierta en un punto clave que Europa sigue resistiéndose a asumir. “Trump no actúa desde una ideología coherente ni desde un decálogo reconocible. Se mueve en una lógica de fuerza, de ganadores y perdedores”. No valora la afinidad ni premia la docilidad; respeta la capacidad de imponer condiciones y de plantar cara. “Es una sensibilidad darwinista, del mismo modo que Mussolini decía que los fascistas italianos no tenían programa, sino que su programa era la acción”.

Pero el discurso de Carney no es un fenómeno aislado. Para Jorge Tamames, analista internacional y profesor en ICADE, el diagnóstico que Carney planteó en Davos lleva tiempo presente en los documentos estratégicos europeos, aunque rara vez se expresa con esa claridad.

“Lo interesante es que lo diga Carney, alguien que ha sido gobernador del Banco de Inglaterra y del Banco Central canadiense, el epítome de la figura del tecnócrata globalista que sostuvo el orden neoliberal”, subraya el experto. Que una persona tan asociada a ese modelo admita que ya no funciona refuerza la idea de que el problema no es coyuntural.

Tamames insiste en que Trump responde a patrones reconocibles: retrocede ante resistencias firmes y presiona cuando detecta debilidad. “Contentarlo es pan para hoy y hambre para mañana”, advierte. Esa dinámica, añade, está teniendo un efecto paradójico en Europa: a corto plazo genera fricción, pero a medio plazo acelera movimientos que antes parecían impensables, desde una mayor coordinación política hasta avances discretos en autonomía estratégica.

“Sin pretenderlo”, concluye Tamames, “Trump está contribuyendo a cohesionar a la Unión Europea frente a un modelo de poder basado en la fuerza desnuda que choca con su propia razón de ser”.

La muerte de la globalización

La pregunta que atraviesa este debate es si la globalización ha llegado realmente a su fin. Para Bernardo Pérez Andreo, profesor titular de la Universidad de Murcia y autor de Un mundo en quiebra, lo que se ha agotado es una forma concreta de globalización, articulada en torno a Estados Unidos y sostenida por reglas que ya no se cumplen. “La globalización anterior está muerta”, afirma, aunque matiza que la interconexión mundial no desaparece.

El escenario que emerge, explica, está marcado por la competencia entre grandes polos de poder y por el regreso del Estado como actor central. En ese marco, la estrategia defendida por Carney, explica el investigador, se entiende como un intento de adaptación pragmática a un mundo más fragmentado, en el que la apertura económica deja de ser garantía de estabilidad y pasa a exigir mecanismos de protección, coordinación y control político.

El resultado, explica Pérez Andreo, no sería un regreso al aislamiento de los países: “Se trata de un tránsito hacia un mundo distinto, marcado por el peso creciente de los Estados, la competencia entre grandes bloques y una lógica más cruda de poder”.

Trump está contribuyendo a cohesionar a la Unión Europea frente a un modelo de poder basado en la fuerza desnuda que choca con su propia razón de ser

A partir de ahí, la propuesta de Carney deja de ser un mero ejercicio retórico para convertirse en un marco operativo. La coordinación entre potencias medianas no apunta a la construcción de un nuevo bloque cerrado ni a una ruptura del sistema de alianzas existente, sino a una forma más flexible de actuación conjunta que permita reducir vulnerabilidades y repartir riesgos.

En Davos, el primer ministro canadiense insistió en la necesidad de articular coaliciones variables en ámbitos concretos (comercio, energía, defensa o cadenas de suministro) capaces de funcionar incluso en ausencia de consensos amplios. Se trata de asumir la fragmentación del sistema internacional como punto de partida y utilizarla para ganar capacidad de negociación frente a actores que operan desde una lógica de poder sin contrapesos.

Venezuela y Groenlandia encienden las alarmas

Ese cambio de marco dejó de ser una hipótesis abstracta a partir de dos episodios recientes que actuaron como señal de alarma para muchos aliados de Washington. La operación de Estados Unidos en Venezuela y, sobre todo, la propuesta de hacerse con Groenlandia mostraron hasta qué punto la lógica de poder había pasado a imponerse sin justificarse detrás de matices.

Para José Antonio Sanahuja, ambos casos ilustran el núcleo del mensaje lanzado por Carney en Davos: la constatación de que el llamado “orden internacional basado en normas” ha dejado de operar como referencia efectiva; la evidencia de que la integración económica puede convertirse en un instrumento de presión; y la necesidad de que las potencias medianas abandonen la gestión aislada de su relación con Estados Unidos y empiecen a coordinarse para no negociar siempre desde posiciones de debilidad.

Fuentes diplomáticas consultadas subrayan que el giro defendido por Carney en Davos responde a un trabajo previo orientado a reducir la dependencia estructural de Canadá respecto a Estados Unidos. En las semanas anteriores al foro, el primer ministro realizó una gira que incluyó visitas a China y Qatar, con el objetivo de reforzar relaciones económicas y explorar nuevas vías de cooperación en sectores considerados estratégicos.

Al mismo tiempo, el acercamiento a la Unión Europea se ha intensificado desde la cumbre UE-Canadá celebrada en junio, tanto en el ámbito comercial como en el político. En ese marco, Canadá avanza en su incorporación al instrumento de defensa europeo SAFE y en una mayor participación en iniciativas comunitarias vinculadas a la industria, la defensa y la seguridad. La estrategia pasa por ampliar el abanico de socios, diversificar relaciones y ganar margen de maniobra en un entorno internacional cada vez más competitivo.

En Davos, el ministro de Exteriores turco, Hakan Fidan, apuntó en la misma dirección al señalar que potencias medianas como Canadá o Corea del Sur están buscando una cooperación más estrecha con Turquía ante el vacío y la incertidumbre generados por las grandes superpotencias.

Estas potencias intermedias se reúnen cada vez con mayor frecuencia para debatir cómo gestionar ese espacio de inestabilidad y qué pasos dar en ausencia de un garante claro del orden internacional, según Fidan. La cuestión central, ha subrayado, no es tanto construir nuevos bloques como explorar fórmulas de cooperación entre países con capacidades económicas y políticas comparables para sostener la estabilidad regional y global, especialmente en ámbitos clave como el comercio y las finanzas.

Ese despliegue diplomático y el mensaje lanzado en Davos también han tenido eco dentro de Canadá. El líder conservador Pierre Poilievre ha elogiado públicamente el discurso de Carney, calificándolo de “bien elaborado y elocuente”, y ha asumido la necesidad de reducir la dependencia de Estados Unidos y ampliar el abanico de socios internacionales.

A la vez, Pollievre también cuestiona la capacidad del Gobierno liberal para traducir esa estrategia en resultados concretos y ha expresado sus reservas ante un mayor acercamiento a China. La reacción de la oposición, más medida de lo habitual, refleja que la redefinición de la posición internacional de Canadá abre un debate central que atraviesa la escena política interna.

Trasladado al contexto europeo, el planteamiento de Carney conecta con debates que llevan tiempo abiertos en Bruselas, pero que rara vez se han formulado con tanta claridad política. La Unión Europea comparte el diagnóstico sobre el deterioro del orden internacional y la creciente imprevisibilidad de Washington, aunque sigue mostrando dificultades para convertir esa lectura en una estrategia común.

La fragmentación interna, las distintas percepciones de amenaza y la dependencia desigual de Estados Unidos en materia de seguridad limitan la capacidad europea para actuar de forma cohesionada. Aun así, la presión externa está empezando a generar movimientos que hasta hace poco parecían inviables: mayor coordinación industrial, avances en defensa común y una revisión más pragmática de las relaciones comerciales y estratégicas.

La fragmentación interna, las distintas percepciones de amenaza y la dependencia desigual de Estados Unidos en materia de seguridad limitan la capacidad europea para actuar de forma cohesionada

A pesar de que Trump ha afirmado con mucha insistencia que sus socios de la OTAN “les necesitan”, la realidad podría ser bien distinta. Actores políticos europeos como Úrsula von der Leyen o Kaja Kallas mantienen una línea de pensamiento fuertemente arraigada en la necesidad del paraguas estadounidense para mantener a raya a la Rusia de Putin, que mantiene su ofensiva por la conquista de Ucrania.

En los prácticamente cuatro años que está durando el conflicto, los rusos no han podido tomar, ni siquiera, la totalidad del Donbás, que era la zona que originalmente sirvió a Putin de casus belli para iniciar la invasión. Importante es, también, tener en cuenta que Trump las reticencias de Trump a la asistencia militar a los ucranianos, quienes ahora dependen de las compras de Europa para mantenerse en la guerra –aunque el apoyo en inteligencia se mantiene–.

El diario The Economist cifra entre un 0,2% y un 0,4% del PIB combinado de los países europeos el coste de mantener económica y militarmente a Ucrania, basándose en los datos del Kiel Institute for the World Economy. “No se trata de derrotar a Rusia, sino de evitar que conquiste Ucrania. Es una cosa muy distinta”; por esa razón, el mecanismo coercitivo que ejerce Washington sobre sus socios europeos no tendría peso si, según Sanahuja, Europa asume que “ya está sola” frente a la amenaza rusa, la capacidad de coerción estadounidense perderá buena parte de su eficacia.

La dificultad para convertir el diagnóstico en acción se refleja con claridad en el terreno comercial. La apuesta por diversificar alianzas y reducir dependencias estratégicas choca en Europa con resistencias internas persistentes.

El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, convertido estos años en una herramienta para ampliar márgenes de maniobra frente a Estados Unidos y China, más allá de su propósito original, volvió a encallar esta misma semana en el Parlamento Europeo, que decidió remitir el texto al Tribunal de Justicia de la Unión Europea para que evalúe su base jurídica. La votación, ajustada y transversal, evidenció hasta qué punto la fragmentación política europea complica la construcción de una estrategia exterior coherente incluso cuando el diagnóstico es compartido.

El atasco de Mercosur demuestra que la dificultad de la Unión Europea para sacar adelante un acuerdo que ella misma considera estratégico revela hasta qué punto el diagnóstico compartido sobre la necesidad de diversificar alianzas no se traduce en capacidad de acción. Las divisiones internas, la presión de intereses sectoriales y la fragilidad de los consensos parlamentarios convierten cada avance en una negociación defensiva, más orientada a limitar costes políticos internos que a ampliar márgenes de maniobra externos.

En un contexto de competencia entre grandes potencias, esa lentitud no es neutral: reduce la credibilidad europea como socio, limita su autonomía real y refuerza la percepción de que la Unión reacciona más de lo que decide.

Pragmatismo ante la nueva época

A la luz de estos elementos, la posibilidad de una “doctrina Carney” para la Unión Europea no remite tanto a un modelo exportable en bloque como a un marco de acción adaptable. El interés del planteamiento canadiense reside en asumir de forma explícita un cambio de época y ordenar una respuesta pragmática a partir de esa constatación.

En el caso europeo, una aproximación similar implicaría reconocer la pérdida de centralidad del vínculo transatlántico, avanzar en la diversificación de alianzas y dotar de contenido material a la autonomía estratégica mediante decisiones acumulativas en comercio, defensa y regulación.

Más que una doctrina formal, se trataría de una forma de operar coordinando a las potencias medias y aceptando la fragmentación del sistema internacional como punto de partida, utilizándola para ampliar márgenes de maniobra. El mayor reto de Europa ahora es descubrir hasta qué punto está dispuesta a asumir las implicaciones políticas de replicar el camino que marca Canadá.