Chalecos rojos: Túnez toma el relevo del amarillo francés en el aniversario de una revolución cuestionada

Túnez, el ejemplo exitoso de la llamada Primavera Árabe. Una transición democrática pacífica, gobiernos de coalición, una comisión de la verdad y la justicia sin precedentes... Aun así, el hermano mayor y triunfador de una ola de protestas que sacudió el mundo árabe no está contento y celebra el octavo aniversario de la revolución adoptando las protestas de los chalecos amarillos surgidas París. “Si ellos se ponen el amarillo, nosotros nos deberíamos poner el rojo, ya que todos nuestros indicadores están en rojo”, cuenta a eldiario.es Amina Mansour, activista que participa en la organización del grupo de protesta.

“Estoy muy orgullosa de la revolución, pero económicamente estábamos mejor antes”, confiesa Mansour. Túnez vive una grave crisis económica y política, y una activa e inconformista sociedad civil ha aprovechado la coyuntura en Francia para captar la atención internacional y lanzar un nuevo grupo que exige reformas y promete manifestaciones pacíficas. Además, hay convocada una huelga general para el 17 de enero. “Todos los indicadores son malos: la tasa de cambio; el desempleo: el nivel de pobreza; escasez de medicinas, leche, aceite y harina... todo con un Parlamento que ya no representa a nadie salvo a sus intereses. Es un fracaso total”, explica Mansour.

A diferencia de los chalecos amarillos, los chalecos rojos tunecinos sí están organizados y se han presentado al mundo en una rueda de prensa celebrada este viernes. De rojo, tras una barrera de micrófonos de cadenas nacionales e internacionales y con la bandera de Túnez de fondo, los portavoces anunciaron sus planes y sus demandas. En la pared, un póster que compara el precio de varias verduras y legumbres entre 2016 y 2018.

“Apoyo los chalecos rojos por su voluntad de cambiar Túnez, que desde la revolución no ha cambiado mucho, sino al contrario, ha sufrido una gran degradación”, cuenta Mohamed Ali Trabelsi, simpatizante del movimiento.

Los dirigentes del movimiento han denunciado el arresto este jueves de uno de los organizadores, Borhen Ajleni. Además, la policía ha requisado este viernes a un empresario 50.000 chalecos rojos y amarillos alegando que se trata de un control sobre la legalidad de la importación de estos productos. Entre sus peticiones hay un aumento del salario mínimo de 450 a 600 dinares, una reducción del precio de los productos de primera necesidad, aumento de las pensiones, limitar el precio del alquiler y acabar con la indigencia, entre otras muchos.

Un rescate del FMI y graves luchas políticas internas

Detrás de la aclamada transición tunecina hay un rescate internacional con sus respectivos recortes, una inflación del 7,5%, un desempleo del 15% (superior al 30% entre los jóvenes, más que en 2011, año de las revueltas), seis primeros ministros en ocho años y una actual lucha de poder que ha quebrado la coalición gobernante. No suficiente con ello, los dirigentes políticos se acusan ahora unos a otros de terroristas y golpistas y están llevando su batalla a los tribunales.

Túnez pidió el rescate económico al FMI en 2016 y desde entonces ha adoptado las célebres medidas de austeridad que el organismo exige como condición. Recortes en los subsidios al combustible, reducción de salarios públicos y aumento de los impuestos, entre otras. En su última revisión de la situación del país, el organismo reconoce que “el poder adquisitivo de los tunecinos se está erosionando”.

Mientras tanto, el primer ministro del país, Youssef Chahed, elegido como jefe de Gobierno de consenso por la coalición gobernante entre su propio partido, el nacionalista Nidaa Tounes, y los islamistas moderados, Ennahda, ha sido expulsado de su formación, provocando una crisis política por luchas internas de poder en el momento más inoportuno.

Los hombres fuertes de Nidaa Tounes, Beji Caid Essebsi, una figura importante del antiguo régimen que sirvió como ministro de Exteriores bajo la dictadura de Ben Ali y actual presidente del país, y su hijo, expulsaron en septiembre a Chahed del partido supuestamente por no cumplir las reformas económicas, pero algunos analistas sugieren que Chahed estaba preparando su candidatura a las elecciones presidenciales de 2019, desafiando así al clan Essebsi.

El presidente y su hijo intentaron expulsar a Chahed del poder, pero necesitaban los votos de su socio de coalición, los islamistas de Ennahda, cuyos diputados no estaban de acuerdo con la maniobra.

Tras la expulsión, el primer ministro ha formado su propio bloque parlamentario, Alianza Nacional, con muchos diputados desertores de la formación liderada por Essebsi. Como resultado, Nidaa Tounes ha perdido la mayoría parlamentaria en favor de los islamistas de Ennahda, con quien ha roto su coalición, y Alianza Nacional se ha situado como la tercera fuerza del Parlamento y se constituirá oficialmente como partido político a principios de 2019.

Batallas políticas en los tribunales

A las tensiones políticas se suman las judiciales. En 2013 fueron asesinados el abogado izquierdista Chokri Belaid y el político progresista Mohamed Brahmi. Los representantes legales de las víctimas culparon en octubre directamente a Ennahda de tener un “aparato secreto” utilizado para asesinatos políticos.

Essebsi no ha dudado en aprovechar la ocasión para sacar ventaja sobre su antiguo aliado islamista y se reunió con los equipos de defensa el pasado 26 de noviembre. El presidente y su partido, Nidaa Tounes se han hecho eco de las reivindicaciones de los abogados de Belaid y Brahmi, que el uno de diciembre anunciaron una demanda contra Ennahda por supuestos “vínculos terroristas”. Además Essebsi recibió a la viuda de Belaid y a su abogado en el palacio presidencial tres días después.

Este martes, un tribunal militar ha desestimado una demanda presentada por el secretario general de Nidaa Tounes, Slim Riahi, en la que acusaba a Chahed de orquestar un golpe de Estado contra el presidente Essebsi.

A todo esto se suma la indignación popular desencadenada tras la visita a túnez del príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, tras el asesinato del periodista Jamal Khassoghi. “El presidente de Túnez es un padre para mí”, afirmó Bin Salmán en relación a Essebsi. Las manifestaciones en las calles no debieron importar mucho a las autoridades y esta semana, Chahed ha realizado una visita oficial a la monarquía del Golfo.

La crispación popular ante los dos grandes partidos del país, Nidaa Tounes y Ennahda, quedó reflejada en las elecciones locales de mayo de este año, cuando el primer partido perdió dos terceras partes de su apoyo en comparación con las elecciones de 2014 y los islamistas perdieron la mitad. La huelga general del 17 de enero será otro buen indicador de la indignación nacional, pero los chalecos rojos ya han convocado su primera manifestación para este lunes, justo cuando se cumplen 8 años desde que un joven informático en paro se quemó a la bonzo, encendiendo la chispa de la llamada Primavera Árabe.