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Quizá no huela a azufre, pero la crueldad se respira en Naciones Unidas

Enviado especial a Nueva York —

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Hace un año, cada día que entraba en la sede de la ONU para cubrir la Asamblea General, tenía que atravesar una concentración propalestina. Este año no hay ninguna. Hace un año, se produjo una cascada de reconocimientos del Estado palestino y se convirtió en el asunto central de la Asamblea. Este año, la Administración Trump ha vuelto a negar el visado a las autoridades palestinas para intervenir, por lo que han tenido que hacerlo con un mensaje enviado en vídeo, pero ya no ha sido un escándalo.

Mientras las víctimas del genocidio hablan a través de un vídeo, el responsable de ese genocidio, Benjamín Netanyahu, se paseará esta semana por las calles de Nueva York sin temer ser detenido por las órdenes de La Haya, cuyo tribunal quiere destruir Washington.

El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, sí ha dicho que habría que detener a Netanyahu, pero no tiene competencias. Y el primer ministro israelí ha decidido que era buena idea amenazarle antes de aterrizar en la ciudad: “Voy a dirigirme a la ONU. Voy a decir la verdad sobre nuestros heroicos soldados... y voy a decir la verdad sobre usted [Mamdani]”.

El Grupo de La Haya, impulsado por Suráfrica –otro de los gobiernos más detestados por Donald Trump–, ha convocado un par de actos esta semana para seguir visibilizando el genocidio israelí. El lunes, con Bernie Sanders; y este viernes, con ministros de los países integrantes de la iniciativa.

Hace un año, en Nueva York estaba Gustavo Petro, que llegó a pedir una suerte de Brigadas Internacionales para defender a los palestinos, y llamó a los policías a no obedecer órdenes ilegales de la Administración Trump durante una gran manifestación propalestina en las calles de Nueva York, lo cual le valió la retirada del visado por parte de EEUU.

Este año no está Petro, ni nadie ha ido tan lejos en los discursos ni tampoco se prevé una manifestación masiva: el mundo ahora parece mirar hacia otro lado. Como ha dicho António Guterres, el secretario general de Naciones Unidas en la Asamblea General, “los mal llamados 'alto el fuego' no han sido más que 'menos fuego', y son los civiles quienes siguen pagando el precio. Ya basta. Los combates deben parar; la ayuda humanitaria tiene que fluir; y hay que restablecer por completo los derechos y las libertades de navegación de conformidad con el derecho internacional. No debemos perder de vista la devastadora situación que impera en el Territorio Palestino Ocupado. Han pasado casi tres años desde los abominables atentados terroristas perpetrados por Hamás el 7 de octubre. Lo que siguió fue una acometida contra la población palestina de Gaza cuyo grado de matanza y destrucción no vi nunca en todos mis años como secretario general”.

Mientras Guterres habla de “un grado de matanza y destrucción” nunca visto en la historia reciente del mundo, EEUU trabaja para acabar con el organismo que persigue esos crímenes contra la humanidad, la Corte Penal Internacional.

Naciones Unidas, ese instrumento multilateral para la resolución de los conflictos creado tras la Segunda Guerra Mundial, esta semana se convierte en una sucesión de monólogos, una multitud de actos y actividades paralelas y en los márgenes, que se solapan unas con otras, en las que este periodista se multiplica para poder llegar a contar una mínima parte que pueda interesar a los lectores, en este caso.

Y te quedas con la sensación de no haber terminado de explicar bien las cosas, el contexto en el que ocurren, el significado, las implicaciones. Trump ha llegado exhibiendo su fuerza, la coacción con la que logra acuerdos que muchas veces ni se cumplen, apretando para quedarse con Groenlandia, y consiguiendo expandir su presencia militar allí. Y amenazando, de nuevo, con “aniquilar” Irán, un país de 90 millones de habitantes.

¿Cómo alguien puede hablar de aniquilar un país de 90 millones de habitantes y quedarse tan tranquilo? ¿Y cómo pueden oírlo 200 países con total normalidad?

Quizá no huela a azufre, recordando lo que dijo Hugo Chávez una vez aquí hace exactamente 20 años, pero la crueldad de los poderosos se respira en cada rincón de Naciones Unidas. Trump se pasea exhibiendo su diplomacia de la fuerza.

Para Guterres, la cuestión fundamental es la siguiente: “¿Haremos algo para que el poder se rija por el derecho en vez de la fuerza? ¿Por la cooperación en vez de la coacción? ¿Por el sentido de responsabilidad hacia la juventud y las generaciones futuras en vez de la indiferencia ante su destino? Porque los retos decisivos de nuestra época no son ajenos a la cuestión del poder: son más bien manifestaciones de ese poder. Y serán esos retos los que determinen si nos dejamos arrastrar cada vez más hacia la división y la inestabilidad o si nos encaminamos hacia la cooperación, la justicia y la seguridad colectiva”.

Este lunes, la noche previa a la inauguración de la Asamblea General, me acerqué a la iglesia de Riverside, un símbolo progresista de Nueva York, que ha acogido discursos históricos de Martin Luther King (1967) y Nelson Mandela (1990). Allí se reunió más de un millar de personas para escuchar a oradores hablar sobre el genocidio en Palestina y la deriva autoritaria en EEUU.

Y Bernie Sanders, referente progresista de EEUU, afirmó: “Nos dirigimos rápidamente hacia una oligarquía mundial extremadamente peligrosa. Nunca antes en la historia de la humanidad tan pocas personas habían concentrado tanta riqueza y tanto poder. Nunca antes habíamos visto una concentración de la propiedad tan enorme, ni un nivel tan sin precedentes de codicia, arrogancia e irresponsabilidad por parte de la clase dirigente mundial. En muchos sentidos, hoy asistimos a un retorno a la ideología de los monarcas, reyes, reinas y zares del siglo XIX, quienes creían, y creían sinceramente, que Dios les había otorgado el derecho a gobernar”.