Violencia, sangre y esteroides: lo que el 'imperio bárbaro' de Trump quiere transmitir al mundo en el 250 aniversario de EEUU
“No hay belleza sino en la lucha”, decía el Manifiesto Futurista de Filippo Tommaso Marinetti, publicado en 1909 en Le Figaro y que se considera precursor del fascismo, que conquistó el poder en Italia de la mano de Benito Mussolini en 1922.
Y proseguía: “Ninguna obra de arte sin carácter agresivo puede ser considerada una obra maestra; queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer; queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”.
Aquel manifiesto que sembró las bases del fascismo en Europa hace un siglo representa a la perfección los valores que proyecta hacia el mundo este imperio bárbaro de Donald Trump durante la celebración del 250 aniversario de la independencia de EEUU.
La cara destrozada de Topuria, deformada por el estallido de los huesos propios, cegado por los golpes desde el segundo asalto, con un árbitro rehén del negocio, del festejo sangriento para mayor gloria del César Trump en el día de su 80 cumpleaños, que quiso mantenerlo en el octágono anteponiendo el grotesco espectáculo y el negocio por encima de una vida humana.
Ese es el legado de Trump, lo que proyecta al mundo, la glorificación de la violencia, de la lucha, de la guerra, como los futuristas que alumbraron el fascismo en Europa.
Y es el legado que abrazaba la multitud que se congregó el domingo por la tarde en el National Mall para ver en las pantallas gigantes el espectáculo salvaje. Incluso hubo quien llegó a pagar 400 dólares en la reventa por una de las 85.000 entradas que se sortearon para ver el espectáculo en el parque de la Ellipse, pegado al jardín sur de la Casa Blanca, donde estaban instaladas las gradas y el escenario. Vestidos con camisetas evocadoras del acontecimiento, siempre con barras y estrellas, casi siempre hombres en una exhibición de masculinidad colosal.
“Combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”, decía el Manifiesto Futurista, y es lo que se sentía en esa marea humana que se agolpaba a gritos para ver cómo dos hombres se destrozaban a puñetazos y así celebrar los 80 años de Trump y los 250 de independencia.
Mientras tanto, el centro de la ciudad permanecía cerrado, bloqueado por camiones, furgones policiales y autobuses militares de los cientos de soldados que habían sido convocados para asistir presencialmente al acto.
Y los que quisieran verlo en casa, tenían que estar abonados a Paramount +, la plataforma de David Ellison, hijo de Larry Ellison, dueño de Oracle y amigo y aliado de Trump.
La Casa Blanca, sede del Ejecutivo estadounidense, se convirtió en un circo romano el domingo por la noche, subcontratado a Dana White, presidente de la UFC (Ultimate Fighting Championship) y aliado de Trump: el presidente de EEUU ha apoyado a White y a su empresa durante décadas. Asimismo, Trump posee acciones de TKO Holdings, la empresa matriz de la UFC, según sus declaraciones financieras, y ha asistido con frecuencia a combates mientras realizaba campañas electorales.
Hasta tal punto fue subcontratado, que a Trump, quien afeó a Volodímir Zelenski haberse presentado en el Despacho Oval sin traje, le parecía sensacional que recorrieran los pasillos de la Casa Blanca, incluido su despacho, los luchadores en pantalón corto y chanclas, escoltados por el personal militar presidencial.
Y es que, efectivamente, la UFC no es más que un circo de gladiadores del siglo XXI que se destrozan la cara con artes marciales mixtas, montado por un empresario privado, amigo de Trump, en el que se presume de que el ring se llena de charcos de sangre, como si fuera un Club de la Lucha.
No en vano, EEUU ha rebautizado el Departamento de Defensa como Departamento de Guerra, y su responsable, Pete Hegseth, uno de los principales representantes del ardor guerrero estadounidense, es muy aficionado a las exhibiciones físicas.
EEUU decidió abrir los festejos del 250 aniversario con la velada violenta por el cumpleaños de Trump, unos festejos que culminarán el próximo 4 de julio, día de la fiesta nacional de EEUU, con un desfile militar en el que participará España.
En efecto, el buque escuela Juan Sebastián Elcano llegará a Nueva York para el 4 de julio, día de la fiesta nacional. Y para el desfile de ese día España participará, de forma inusitada, con dos helicópteros Tigre y un Cougar, cuatro aviones Harrier, dos aviones Eurofighter, dos F-18, un A400 y otro A330 Tanker.
España quiere reivindicar su papel en la independencia de EEUU, si bien todos los fastos del 250 aniversario giran indefectiblemente en torno a Trump, su agenda ultra y sus valores, que tanto recuerdan a la Europa de Entreguerras.
Un Gobierno, un país, un imperio, un bloque político tiene capacidad para decidir qué valores muestra al mundo, con qué quiere asociar su nombre: puede ser la filosofía, la cultura, la arquitectura, la democracia, los derechos humanos, la igualdad, la justicia social, la libertad, la fraternidad... Pero el imperialismo trumpista prefiere apostar por la apología de la violencia.
Una violencia que no es solo física. También es verbal.
Como cuando el luchador Josh Hokit, después de derrotar a su compatriota estadounidense Derrick Lewis, cogió el micrófono y atacó a Michelle Obama, esposa del expresidente Barack Obama. “Un saludo a Trump por tener las agallas de organizar algo así”, dijo Hokit, y añadió: “Michelle Obama es un hombre, ¿verdad, América?”.
No hubo reproches de quien tenía el micrófono en la mano, el popular podcaster ultra Joe Rogan. Tampoco del público. Y, por supuesto, tampoco de su anfitrión, el presidente de EEUU, Donald Trump.
A ninguno de los allí presentes les pareció digno de censura acusar a la exprimera dama de ser un hombre, en un insulto que suma el sexismo con la misoginia y el racismo.
Eso era dentro. Pero fuera sí hubo quien protestó contra los fastos, en medio de la marea humana trumpista, con un picnic con bocadillos, en recuerdo del hombre que lanzó un sándwich a un agente federal en Washington en plena redada del ICE y que acabó declarado inocente del cargo de agresión.
El lema del 250 aniversario es 'libertad', Freedom 250: 250 años de libertad e independencia, dicen los documentos oficiales. Lo cual también es una declaración de intenciones, en tanto que no reivindican los derechos humanos o de democracia. Y lo que no dicen es que esa libertad de 1776 era más que censitaria, en tanto que el esclavismo se prolongó un siglo más; la segregación sexual, 150 años más, y la segregación racial, otros 200 años.
EEUU no lleva vividos 250 años de libertad, salvo para algunos. Y en el EEUU actual hay millones de personas perseguidas por el ICE, sin libertad para ir a comprar antibióticos porque no tienen un seguro que les cubra la cita, que, si tienen una urgencia, prefieren pedir un Uber antes que una ambulancia o que pasan el día en bibliotecas públicas porque no tienen un techo bajo el que cobijarse.
Otros, sí. Otros tienen la libertad de pagar hasta 1,5 millones de dólares por ver la Casa Blanca convertida en un circo romano, de hacer turismo espacial, de comprar Warner para así tomar el control de la CNN y silenciar su voz crítica contra Trump, como ya ha pasado con la CBS, y de ser el primer billonario del mundo gracias, entre otras cosas, a los estratosféricos contratos públicos de los que se beneficia su empresa.