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Así devoró el monstruo del Brexit a seis primeros ministros en 10 años
Opinión - 'Ya van tres avisos', por Esther Palomera

ANÁLISIS

Así devoró el monstruo del Brexit a seis primeros ministros en 10 años

Oxford (Reino Unido) —
22 de junio de 2026 21:01 h

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El himno europeo sonaba este lunes en Downing Street mientras Keir Starmer anunciaba su dimisión. Los altavoces de un activista anti-Brexit amplificaban El himno de la alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven unas horas antes de que se cumpliera el décimo aniversario del 23 de junio que arrojó al Reino Unido a una década de caos, pobreza y descontento.

Desde el referéndum que sacó al Reino Unido de la Unión Europea en 2016, Starmer es el sexto primer ministro que sale delante de ese número 10 de Downing Street para anunciar que deja el puesto antes de tiempo. En este caso, dos años después de una victoria histórica para su partido en las generales.

El líder laborista se va por el derrumbe de su popularidad sin un solo motivo claro más allá del descontento general por el estado del país. Solo Jeremy Corbyn era más detestado al final de su mandato como líder del partido después de la peor derrota en unas generales desde 1935. Ahora, el 62% de la población dice que Starmer ha hecho bien en dimitir mientras el 19% opina lo contrario y el resto no lo sabe, según una encuesta de YouGov publicada horas después de su renuncia.

La mayoría de los británicos creen que Starmer es “un hombre decente”, pero no está hecho para ser primer ministro, según los datos de la encuestadora More in Common.

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El sucesor de Starmer, muy probablemente Andy Burnham, será el séptimo primer ministro del Reino Unido desde 2016. En los anteriores diez años, hubo tres. Y mirando hacia atrás, los años entre los dos siglos fueron tan estables políticamente que solo hubo tres primeros ministros en 28 años (Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair). No hay ninguna década en el último siglo con tal inestabilidad como la que arrancó en el Brexit para Downing Street. 

Infelices a su manera

Cada uno de los primeros ministros que ha pasado por el trance de dimitir antes de tiempo lo ha hecho por sus motivos particulares, pero el hilo del Brexit los une. 

David Cameron se fue canturreando después de perder el referéndum que se le ocurrió convocar para resolver la disputa interna de su partido sobre la Unión Europea; Theresa May, porque no conseguía aprobar ningún acuerdo de salida de la UE que convenciera a sus propios diputados; Boris Johnson, por las fiestas en pandemia en Downing Street y una trayectoria errática para un exalcalde propulsado por la promesa incumplida de “resolver” el Brexit; Liz Truss, por llevar casi al colapso a una economía debilitada y un Estado con gastos disparados fuera de la UE; Rishi Sunak, por liderar el Partido Conservador durante la peor derrota de su historia después de 14 años marcados por los recortes del gasto público, el empobrecimiento y el caos político. 

No todo lo que pasa en el Reino Unido pasa por el Brexit, pero es raro el problema en el que no se cruzan sus efectos.

En el caso de Starmer, el descontento ciudadano ante el declive del país y el poco cambio en estos dos años ha jugado un papel esencial. La causa inmediata de la dimisión de Starmer ha sido el temor de su grupo parlamentario a perder las elecciones de 2029 ante el avance de la extrema derecha de Nigel Farage, el artífice del Brexit, muy impopular de manera personal, pero con una minoría de apoyo que puede convertirse en suficiente para ser mayoritaria en el Parlamento por el sistema electoral británico. El laborismo ha perdido en las últimas elecciones locales en ciudades como Londres por la izquierda, y en el centro y norte de Inglaterra por la derecha.

Starmer ha sufrido por algunas de sus decisiones, en particular la retirada de unas ayudas universales para la factura eléctrica que tuvo que rectificar después, y el nombramiento de Peter Mandelson como embajador, pero ninguna tan sobresaliente como para llegar a la categoría de escándalo. 

La crisis que no cesa

Periodistas y comentaristas que trataban de escuchar la despedida de Starmer se quejaban del himno europeo del activista, Steve Bray, un viejo conocido que suele protestar junto a la sede del Gobierno. Incluso alguno, tal vez en broma, llamaba a su detención. En realidad, el todavía primer ministro está más de acuerdo con el que protesta que lo contrario. 

Cuando estaba en la oposición, Starmer hizo campaña contra el Brexit y después a favor de un nuevo referéndum sobre los términos radicales que pretendía (y logró) el Partido Conservador para la salida en la práctica de la UE.

Como primer ministro, ha reconstruido la relación con los líderes de las instituciones y los gobiernos europeos y ha puesto parches para aliviar en particular el daño económico del Brexit, que ha reducido el comercio, la inversión y las oportunidades de los británicos fuera de su país, y ha puesto en crisis servicios clave como el transporte y la sanidad por falta de personal.

Pero Starmer no se ha atrevido a plantear ni siquiera un regreso explícito al mercado único, en el que están países que no son miembros de la UE, como Islandia, Noruega o Suiza. La reincorporación al mercado único conlleva también aceptar la libertad de movimiento, es decir, la posibilidad de más estudiantes y trabajadores extranjeros, uno de los motivos del enfado continuo de la parte de la población.

Uno de los asuntos citados como causa de descontento ahora del país es la inmigración de cualquier tipo y no solo entre los votantes más a la derecha.

El Reino Unido tomó “el control” de sus fronteras y su política de inmigración y asilo como quería y, sobre todo en los primeros tras el Brexit, se han multiplicado las llegadas de migrantes de fuera de la UE mientras salían o no llegaban los europeos que podían trabajar y estudiar sin tener que pasar por el proceso de asilo. La tensión ha sido alimentada por la extrema derecha y la red X en particular, pero es real en zonas de Inglaterra especialmente empobrecidas del país.

Los errores de Starmer

Más allá del daño del Brexit y sus consecuencias, Starmer ha cometido sus propios errores, como el nombramiento efímero de Mandelson como embajador en Washington (lo tuvo que echar a los nueve meses por su relación con Jeffrey Epstein). Sus críticos se han quejado a menudo de una falta de “visión”, de sus titubeos o su aparente frialdad por su obsesión de ser pragmático.

Abogado especializado en derechos humanos y exfiscal, Starmer llegó tarde al Parlamento y su tendencia a la reflexión y la moderación a menudo ha ralentizado acciones de Gobierno. Sus dudas se han traducido en decisiones que luego ha tenido que rectificar. Y, entretanto, se le achaca a menudo que no sabe “contar una historia” para presentar sus argumentos ante los ciudadanos.

Pero incluso en sus titubeos, muchos de sus principales problemas han venido del estado de las cuentas y el escaso crecimiento del Reino Unido, en en un mundo más arduo que el de 2016 de bloques y proteccionismo, hostilidad de Estados Unidos y guerras, incluida una en suelo europeo.

La falta de recursos ha sido un obstáculo para cualquier medida de un primer ministro que lo fió todo al crecimiento económico que no termina de llegar. En un equilibrismo casi imposible, Starmer ha enfadado a grupos con visiones opuestas dentro del partido en cada decisión. 

Un ejemplo es el gasto en defensa: lo subió a costa de la ayuda a la cooperación y otros recortes, y este mes el ministro de Defensa dimitió por considerar que el presupuesto militar no es suficiente dado el pobre estado de las tropas británicas y sus recursos.

Los efectos a cámara lenta

El Reino Unido ha sufrido las consecuencias de crisis globales, como la pandemia, las guerras y la victoria de Trump, pero de manera específicamente peor por el Brexit.

El informe más completo sobre el impacto económico del Brexit, publicado en noviembre de 2025, estima que el Reino Unido ha perdido entre el 6% y el 8% de su PIB por su salida de la Unión Europea, mientras se ha reducido la inversión, el empleo y la productividad. El comercio se ha desplomado y no solo con la UE. “Estos grandes efectos negativos reflejan una combinación de gran incertidumbre, demanda reducida, desvío del tiempo de gestión, y mal uso de recursos por el proceso dilatado del Brexit”, explican los economistas autores del informe de la Oficina Nacional de la Investigación Económica (NBER, en sus siglas en inglés) de Estados Unidos.

El impacto se ha ido sintiendo a cámara lenta, en parte porque la salida oficial no fue hasta 2020 y las nuevas reglas se han ido desplegando desde entonces, en ocasiones con retrasos para intentar paliar sus daños. 

Los acuerdos que estaba cerrando el Gobierno de Starmer para la cumbre de la UE y el Reino Unido prevista para el 22 de julio en Bruselas siguen en el aire, después del nuevo retraso de la fecha. Antònio Costa, el presidente del Consejo Europeo, la había anunciado para ese día tras varias esperas por la inestabilidad en el Reino Unido y ahora se ha vuelto a posponer. Lo más temprano que Burnham podría asumir el cargo como primer ministro por su grupo parlamentario, si no hay ningún otro candidato, sería el 17 de julio, después de un proceso exprés del Partido Laborista. 

Las cosas fueron algo mejor

Starmer llegó al poder con la música de Things Can Only Get Better, el himno de los laboristas de Tony Blair en 1997 y que el activista anti-Brexit hizo sonar en Downing Street tras la victoria de Starmer y la dimisión de Sunak. “Sus éxitos serán los de todos”, dijo entonces Sunak sobre el nuevo primer ministro aunque fuera del partido rival.

Y las cosas fueron algo mejor, en algunos aspectos. El Gobierno laborista de Starmer ha empezado a nacionalizar las compañías de tren para mejorar el servicio 30 años después de las privatizaciones, ha creado una compañía pública dedicada a la energía renovable y ha intervenido para proteger a los inquilinos o construir más viviendas. Ha reducido las listas de espera de la sanidad pública y ha dirigido subvenciones para escuelas privadas hacia la escuela pública. 

Pero los cambios en los servicios públicos son lentos mientras la sensación de declive en casi todo el país fuera de Londres continúa, con ayuntamientos con pocos recursos para rellenar los agujeros hasta en las calles principales, a menudo llenas de agujeros y flanqueadas por tiendas cerradas. 

A la vez, la guerra de Gaza dividió al Partido Laborista y Starmer ha sido el blanco de las críticas de grupos con visiones opuestas. Su intento de relación con Donald Trump acabó con pocos resultados e insultos continuos del presidente de Estados Unidos cuando el primer ministro británico se negó a ayudarle en su guerra contra Irán. Starmer ha sido también uno de los políticos que más ha hecho por mantener el respaldo a Ucrania entre los gobiernos europeos frente a las embestidas de Trump. La crisis en la relación con Estados Unidos lo empujó más hacia la Unión Europea.

La confianza en los políticos

La percepción negativa de los políticos es muy notable en estos últimos diez años. La confianza en la política está más baja que nunca, en una clara curva descendente. Pero, examinando datos de confianza en los líderes de la encuestadora Ipsos entre 1977 y 2025, se puede ver cómo los niveles de popularidad de cualquier ocupante de Downing Street se han derrumbado desde 2016.

“La confianza en la política ha tocado fondo”, escribe Chris Clarke, encuestador que ha pasado años hablando con grupos de votantes. Los políticos se agarran a “la voluntad del pueblo”, un concepto ya elusivo respecto al Brexit en 2016 y ahora todavía más difícil de desentrañar. Pero uno de sus principales problemas es ahora cumplir con las promesas de mejoría tangible que no llegan de crisis en crisis. 

El problema no es que no escuchen al público, sino que sus deseos son a menudo contradictorios. “Muy lejos de desoír al público, los políticos están, de hecho, escuchándolo mucho. El problema es que en muchos de los asuntos más controvertidos no escuchan un coro unificado que elijan ignorar, sino una ruidosa pelea entre partes muy contundentes de la opinión pública”, escribe Clarke. 

Uno de los pocos asuntos donde hay una tendencia más clara es la Unión Europea, y el deseo mayoritario del máximo acercamiento e incluso de adhesión a la UE. Pero incluso en este asunto, es difícil saber cómo se comportaría la opinión pública si un primer ministro tomara la decisión de embarcarse de nuevo en una larga negociación para regresar a la UE. 

“Imagine que hay otro referéndum y que la mayoría está a favor de reincorporarse. Luego está el proceso de reincorporación. Lo que sucederá es que muchas de las personas que voten por la reincorporación estarán bastante insatisfechas. Es la naturaleza de ganar y perder. Si ganas, puedes sentirte decepcionado. Si pierdes, en cierto sentido no puedes decepcionarte, porque crees que todo habría salido bien si hubieras ganado”, explica a elDiario.es James Tilley, catedrático de Políticas de la Universidad de Oxford y autor de un libro publicado en marzo sobre el Brexit y cómo ha dividido al país.

El profesor argumenta que la división causada por el referéndum persiste en una parte sustancial de la población como identidad que va más allá de los partidos políticos y que sigue creando una brecha con la que es difícil lidiar.

También lo será para Andy Burnham, que ya es menos popular que cuando empezó la carrera para ser primer ministro hace un mes.

Unas horas después de la dimisión de Starmer, Burnham tomó posesión en el Parlamento en Londres como nuevo diputado por Makerfield, el distrito rural del norte de Inglaterra donde arrasó la semana pasada.

Mientras firmaba su acta después de hacer el juramento establecido en la Cámara de los Comunes, un diputado conservador gritó “¡él no es el mesías!”. Burnham levantó la mirada y replicó sonriendo, “un chico travieso”, siguiendo el chiste de La vida de Brian, el filme satírico de los Monty Python. Burnham, que es católico y sería el primer ministro británico de esta religión, tiene sin duda una tarea de proporciones bíblicas por delante.