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Todo lo que esconde el veto de Rusia al único partido contrario a la guerra en Ucrania

Albert Sort Creus

Moscú —
11 de agosto de 2026 22:05 h

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Tan inesperado fue que la Comisión Electoral de Rusia permitiera la participación de Yábloko en las elecciones legislativas del 20 de septiembre, pese a su programa contra la guerra y la represión, como previsible fue su veto este lunes a raíz de una demanda presentada ante el Tribunal Supremo por presuntos incumplimientos de la normativa sobre financiación extranjera y propiedad intelectual.

Lo que ocurrió durante los 11 días que separan ambas decisiones explica el cambio de actitud del Kremlin. Si la admisión del partido, con un apoyo históricamente muy bajo, debía servir para demostrar la marginalidad de las posiciones pacifistas y dividir el voto liberal, la reacción social ha obligado al poder ruso a dar marcha atrás. La oposición política pidió casi en bloque el voto por Yábloko, su popularidad se disparó en la red y las encuestas empezaron a darle opciones de entrar en el Parlamento ruso.

A toda prisa, Ródina, un partido de extrema derecha, acudió a la justicia exigiendo que se excluyera del proceso a la formación. Sus abogados desarrollaron argumentos incriminatorios tan inverosímiles como que, para la campaña, Yábloko había utilizado una foto de Hiroshima tomada por un fotógrafo del ejército de Estados Unidos sin permiso del autor.

La decisión del juez indignó a los cientos de jóvenes, muchos de ellos menores, que se concentraban a las puertas del Supremo, en una imagen poco habitual en un país donde las expresiones de disidencia son mínimas porque suelen ser duramente perseguidas. La respuesta de la policía fue obligarlos a dispersarse si no querían acabar en una oficina de reclutamiento. Mientras tanto, buena parte de la oposición asegura que esta reacción es la prueba fehaciente de que el régimen se ha asustado.

Miedo a las encuestas

La última vez que Yábloko (manzana en ruso) entró en el Parlamento, en 1999, faltaban pocos días para que Boris Yeltsin cediera la presidencia del país a Vladímir Putin. Desde entonces, el partido nunca ha vuelto a superar el 5% necesario para acceder a la Cámara. En las anteriores legislativas, las de 2021, la formación recibió el 1,34% de los votos y, tres años antes, en las presidenciales de 2018, su cofundador, Grigori Yavlinski, había conseguido el 1,05%.

Sus posiciones estrictamente liberaldemócratas los enfrentaron al grueso de la oposición, especialmente al sector liderado por Alexéi Navalni. Yábloko no veía con buenos ojos la articulación de un frente común contra Putin y consideraba que la movilización en las calles no era eficaz. Esto a menudo les valió críticas por un exceso de institucionalismo y un purismo poco táctico.

Aun así, el partido también ha sufrido la represión del Estado. Durante el último año, la justicia ha declarado a algunos de sus líderes agentes extranjeros y los ha dejado sin opciones de encabezar ninguna candidatura. De hecho, el presidente del partido, Nikolái Ribakov, tiene esta etiqueta y ha recibido sanciones por exhibir supuestos símbolos extremistas, por lo que ha quedado inhabilitado.

A pesar de todo, Yábloko mantiene algunos diputados en asambleas regionales y esta circunstancia es la que le había abierto las puertas a concurrir a las elecciones sin necesidad de recoger firmas, un trámite que tiende a usarse para eliminar cualquier propuesta pacifista. La sorpresa fue que la Comisión Electoral no adujera ningún error técnico para excluirlos de la pugna y que, incluso, el sorteo para determinar el orden de las candidaturas en la papeleta los situara en segunda posición, justo por detrás de Rusia Unida, el partido de Putin.

Esta ventana de oportunidad para la oposición generó rápidamente una ola de apoyo. Activistas y políticos exiliados que anteriormente habían recelado de Yábloko se apresuraron a pedir el voto por la formación. Fue el caso de la viuda de Navalni, Yulia Naválnaya, Ilyá Yashin o Vladímir Kara-Murzá.

El lema “¡Por la paz y la libertad! ¡Por una vida sin miedo!” también sedujo a muchos jóvenes que han alcanzado la mayoría de edad en plena guerra, temiendo ser reclutados y acabar en el frente, y que ven cómo día tras día se limitan sus derechos, se bloquea internet y se les hace casi imposible viajar a Europa.

Los memes de todo tipo, con el protagonismo nada sutil de una manzana, se han hecho virales en los últimos días en TikTok e Instagram, mientras marcas comerciales, algunas con sede en Rusia, también han recurrido al símbolo de la fruta en sus anuncios.

La gota que ha colmado el vaso a ojos de las autoridades ha sido la progresión de Yábloko en las encuestas. Según el medio opositor Viorstka, la formación alcanzó un 9,3% de intención de voto una semana antes de recibir el portazo. Una fuente cercana a la administración presidencial señala a elDiario.es que “cuando la valoración de un partido [antibelicista] supera el 5%, y esto ocurre un mes y medio antes de las elecciones, hay que echarlos. Y cuanto antes, mejor”.

El temor era que pudiera catalizar el voto contrario a la guerra o, más bien, la "coalición de los que están hartos" a la que apelaba Navalni

Otra publicación opositora, Meduza, cita a un estratega político del entorno de los tecnócratas del Kremlin que añade que en Moscú y San Petersburgo el apoyo al partido podía oscilar entre el 12% y el 14%.

Estas cifras pusieron en guardia a la oposición sistémica, los partidos que actualmente forman parte de la Duma, pero que no cuestionan ni el liderazgo de Putin ni su guerra. El socialdemócrata Serguéi Mirónov afirmó que la paz que promete Yábloko es “la rendición de nuestro país ante Occidente colectivo” y exigió que, por este motivo, se expulsara a la formación de la carrera electoral. Por su parte, el nacionalpopulista Leonid Slutski reclamó que se declarara a Yábloko una organización “indeseable”, una etiqueta que solo pueden recibir ONG extranjeras.

Una demanda sin fundamento, pero suficiente

El único diputado de Ródina, Alexéi Zhuravliov, que forma parte del grupo parlamentario de Slutski, fue el encargado de recoger el guante del Kremlin y llevar a Yábloko ante la Justicia. Los expertos consideran que su recurso era muy pobre. “La demanda estaba deficientemente preparada y era poco sólida”, apunta el politólogo Aleksandr Kinev.

De entrada, el partido de extrema derecha sostenía que los llamamientos de Yábloko a detener el conflicto eran ilegales porque, al pedir un alto el fuego sin que Rusia hubiera conquistado todas las regiones ucranianas anexionadas en la Constitución, estaba violando la integridad territorial de la Federación. También calificaba de extremistas y de incitación al odio contra el Gobierno las declaraciones de los políticos liberales contra la represión, la censura y la persecución del colectivo LGTBI.

Uno de los aspectos cruciales de la demanda eran las acusaciones de vulneración de la propiedad intelectual. Así, además de denunciar el uso inadecuado de una foto del Ejército estadounidense de 1945, los abogados de Ródina sostuvieron que el logotipo del partido estaba basado en un cartel de 1920 del artista soviético El Lissitzky y que habían utilizado para la campaña una imagen creada con ChatGPT sin el consentimiento de OpenAI.

La defensa de Yábloko pudo rebatir algunas de estas imputaciones como, por ejemplo, el hecho de no haber referenciado la autoría de una foto de su página web. Los abogados tuvieron que ampliar la imagen para demostrar que sí aparecía la firma del fotógrafo y aportaron la factura con la que le habían pagado.

Desde el momento en que Yábloko salió de la sombra y anunció que participaría en las elecciones con un programa antibélico, el interés entre los rusos se disparó y el Gobierno no anticipó un aumento tan pronunciado del interés o la catástrofe potencial que representaba

También se discutió una cita que había utilizado Yavlinski en una entrevista reciente. El cofundador del partido había parafraseado un verso de la canción Pust vsegdá búdet sólntse (Que siempre haga sol), de Arkadi Ostrovski, y Ródina entendía que esto constituía una vulneración de los derechos del compositor. Pero el heredero del músico, su hijo Mijail, dio permiso a Yábloko y les agradeció que recordaran las canciones de su padre.

La cuestión más delicada fueron las acusaciones de financiación. En una de las filigranas más desconcertantes, los abogados de extrema derecha advirtieron que Yábloko había superado el límite de presupuesto asignado al partido para la campaña. El motivo, según ellos, es que con la explosión mediática de la última semana, el coste de esta exposición habría superado con creces la cantidad permitida y que, además, se habría llevado a cabo a través de canales extranjeros prohibidos como YouTube o Instagram.

La realidad, sin embargo, es que la inmensa mayoría del contenido que ha estado circulando últimamente sobre el partido ha sido generado de manera orgánica. El propio Ribakov se quejaba ante los jueces: “A los jóvenes que están haciendo vídeos en apoyo nuestro y que han venido hoy al Tribunal Supremo no les pagamos nada. Nos apoyan simplemente porque quieren vivir en Rusia y no quieren que los maten.”

Finalmente, la Comisión Electoral contribuyó a la acusación y aportó un documento confidencial con supuestas pruebas de que Yábloko había recibido financiación del extranjero. “Nos financian ciudadanos rusos y respondemos ante los ciudadanos rusos”, replicó Ribakov. Según los abogados de Yábloko, estas donaciones extranjeras ascendían apenas a 16.900 rublos, unos 170 euros, procedentes de Georgia y Armenia, y fueron devueltas a sus remitentes.

Sea como fuere, el juez, con el visto bueno del fiscal, consideró suficientes estos argumentos para estimar la demanda y descalificar al partido liberal. Al mismo tiempo, ambos rechazaron las acusaciones de extremismo. Yábloko tiene hasta el sábado para recurrir el dictamen, pero las posibilidades de que sea readmitido en el proceso son mínimas.

El error de cálculo

Una de las preguntas que muchos ciudadanos se han estado haciendo desde el lunes es por qué inicialmente se autorizó la candidatura de Yábloko. Analistas como Dmitri Bavirin señalan que el régimen quería utilizarlos para canalizar una parte del voto insatisfecho sin opciones de entrar en la Duma, de manera que se fortaleciera Rusia Unida. Al mismo tiempo, “se creaba la ilusión” de pluralidad en las urnas y, lo más importante, “se demostraba claramente que la agenda liberal y capitulacionista no tiene apoyo en la sociedad”.

Viorstka apunta otra hipótesis complementaria: que los servicios de seguridad, que mantienen un enfrentamiento con los tecnócratas del Kremlin, quisieran debilitar al único partido liberal sistémico, Gente Nueva. Esta formación, impulsada en 2020 por el hombre fuerte del bloque político de la administración presidencial, Serguéi Kirienko, ha ganado peso en los últimos meses con una posición moderadamente beligerante respecto a los cortes de internet.

El diario añade que el juez del Supremo, Viacheslav Kirillov, es cercano a un rival de Kirienko dentro de la administración presidencial, Andréi Yarin, que goza del favor de los servicios secretos. Y sugiere que la mala gestión de esta crisis podría afectar a Kirienko y acabar concediendo más poder al FSB, el antiguo KGB.

La periodista Farida Rustámova cree que, con esta decisión judicial, las autoridades “demuestran que pueden permitirse actuar como quieran”. “Si queremos, os registraremos; si no, os aplastaremos como a un insecto”, escribe. Según Rustámova, “las autoridades están demostrando su fuerza para desmoralizar una vez más a las personas con mentalidad crítica y disipar incluso la más mínima idea de que pueden unirse y cambiar cualquier cosa”.

Mark Galeotti, experto en Rusia, ve inviable que el partido opositor hubiera amenazado a Rusia Unida o al Partido Comunista, el segundo grupo de la Duma. “El temor era que pudiera catalizar el voto contrario a la guerra o, más bien, la ”coalición de los que están hartos“ a la que apelaba Navalni”, indica.

Desde el exilio, Naválnaya publicó un vídeo el mismo lunes asegurando que en el Kremlin “se han asustado”. “Han visto lo que no querían de ninguna manera: que la gente empieza a unirse. Y la cuestión ni siquiera es el apoyo a Yábloko, sino que millones de rusos están empezando a tener la oportunidad de decir lo que realmente piensan sobre Putin y sobre la guerra”, dijo la activista.

Mientras tanto, Vladímir Kara-Murzá se fijó en los cientos de adolescentes que se concentraron a las puertas del tribunal. “Estos chicos y chicas jóvenes, que cantaban, coreaban, reían en la cara de los policías son el mañana de Rusia, mientras que el viejo dictador cobarde en el búnker ahora ya es eternamente el ayer”, escribió.

Este apoyo a Yábloko por parte de los políticos rusos en el extranjero ha sido objeto de críticas entre los círculos opositores. El politólogo Kinev opina que la propaganda “excesiva y provocadoramente ostentosa” de la oposición democrática “ha dejado al partido sin ninguna posibilidad”. De hecho, desde Yábloko se desmarcaron de ella por miedo a que los acusaran de recibir financiación extranjera o vinculada al terrorismo, como en el caso de Naválnaya. No sirvió de nada.

En cambio, el periodista Anton Barbashin no comparte este punto de vista. “Resulta que no fueron los emigrados los que marcaron la diferencia, sino los rusos dentro de la propia Rusia”, dice. Destaca que “desde el momento en que Yábloko salió de la sombra y anunció que participaría en las elecciones con un programa antibélico, el interés entre los rusos se disparó” y subraya que la administración presidencial “no anticipó un aumento tan pronunciado del interés o la catástrofe potencial que representaba” para los resultados que se ha fijado obtener para Rusia Unida. “Molestar a Putin es un riesgo demasiado grande”, remata el analista.